El padre Lemercier que conmocionó a la iglesia católica estuvo en Sonora

Jorge Murillo Chísem, Recientes No hay comentarios en El padre Lemercier que conmocionó a la iglesia católica estuvo en Sonora 169

José Gregorio Lemercier (Nacido en Bélgica 1912- y fallecido en México 1987) fue un monje benedictino belga que fundó un monasterio en el estado mexicano de Morelos desde donde pretendió introducir reformas a la liturgia católica previamente al Concilio Vaticano II y fue ampliamente conocido (1960 – 1966) por intentar aplicar el psicoanálisis a su grupo de monjes por lo que por orden de las autoridades eclesiásticas el convento fue cerrado y los monjes renunciaron a la vida religiosa incluido Lemercier quien continúo intentando como laico seguir introduciendo el psicoanálisis a la fe católica hasta su fallecimiento en Cuernavaca en 1987.

Todo empezó al ingresar Lemercier en la región flamenca de Bélgica, a la Abadía benedictina de Mont César donde terminó sus estudios de Teología y se ordenó sacerdote en 1938.

Estando en el Monasterio Benedictino conoció al belga Thomas Chardome y al mexicano Ignacio Romero Vargas Yturbide con quienes proyectó viajar a México y fundar un monasterio de la misma orden religiosa.

Obtuvo Lemercier el permiso de sus superiores, pero sus planes fueron interrumpidos por la invasión nazi a su País con motivo de la Segunda Guerra Mundial. Se convirtió entonces en capellán del ejército belga pero fue hecho prisionero y luego liberado en 1941.

En 1942 viajó a Estados Unidos y se reúnió con sus compañeros benedictinos Chardome y Romero Vargas en la abadía de Concepción, Missouri, donde revivieron el proyecto de fundar un monasterio en México.

Con esta idea llegaron a Sonora en 1944 y los jóvenes benedictinos se entrevistaron con el Obispo don Juan Navarrete y Guerrero, quien les dio permiso para instalarse en la parroquia de San Fernando de Guaymas, aprovechando que su hermano sacerdote Francisco Navarrete, estaba en el lugar.

Eran jóvenes inteligentes, preparados y pronto se ganaron la confianza y buena voluntad de los guaymenses, lugar donde empezaron hacer planes para edificar su Monasterio.

Bautizaron a muchos porteños – el que esto escribe fue bautizado por Chardome – en la Iglesia de San Fernando y recordando aquella situación, algunos familiares comentaban  que el padre Francisco Navarrete se alertó de las atrevidas ideas revolucionarias con las que pretendían hacer cambios a la liturgia de la iglesia católica y como era de esperarse pronto llegaron a oídos del señor Obispo don Juan Navarrete.

Habiendo desacuerdos entre ellos, Chardome se separó de sus compañeros pero Lemercier y Romero Vargas decidieron mejor llevar el proyecto a la ciudad de México.

Entre 1945 y 1949 intentaron los dos religiosos fundar el monasterio en el Estado de Morelos, y finalmente también se separaron. Sin embargo, Gregorio Lemercier obtuvo el permiso de la Santa Sede para fundar su Monasterio benedictino en Santa María de la Resurrección de Ahuacatitlán, contando también con el apoyo del distinguido obispo de Cuernavaca don Sergio Méndez Arceo en 1952.  

Estando yo de visita en el Monasterio en mayo de 1960 para saludar a mi hermano Guillermo, (hermano Mateo que cumplía sus votos trinales de la Orden) ya no me dejó continuar mi paseo turístico solitario, pues tenía yo entonces 16 años de edad, y quedé ahí 10 meses hospedado para continuar mis estudios de secundaria en la ciudad de Cuernavaca, gracias a la amable tutoría que me ofreció Lemercier y grande   mi sorpresa al enterarme por él su experiencia en Guaymas, Sonora.

El edificio monástico reflejaba sencillez y austeridad, y sus talleres (Ora et labora) locución latina que expresa la vocación y la vida monástica benedictina de alabanza a Dios junto con el trabajo manual diario. El Monasterio tenía a su disposición 20 hectáreas de terreno, limitado solo por los grandes barrancos de sus alrededores. En ellos tenían sembradíos de hortalizas, ganado lechero y crianza de abejas para miel en su numerosas colmenas.

En sus amplios talleres elaboraban artículos religiosos como numerosos rosarios de buena madera que exportaban a Canadá, así como trabajos artesanales de platería ya que su proveedor Taxco, Guerrero, lo tenían cerca.

Pero sobre todo llamaron la atención en la liturgia de sus oficios en español (combinada inteligentemente con el latín obligatorio) convirtió así al convento en un centro de renovación de la vida monástica y del culto al que acudían en peregrinación sacerdotes, religiosas y cristianos deseosos de una espiritualidad renovada. Lemercier se apoyó fundamentalmente en los elogios que en 1953 Thomas Merton dio en el texto The SilentLife,.mencionando al monasterio como ejemplo para toda América Latina y le anima a seguir adelante.

Aunque en la reforma litúrgica estos 64 monjes al principio, la mayoría mexicanos benedictinos, se adelantaron una década al Concilio, con la misa en español y el sacerdote oficiando de frente a la congregación, este aspecto fue opacado cuando decidió implantar el psicoanálisis en sus monjes.

Lemercier relata en su libro Diálogo con Cristo la forma en que fue llegando gradualmente a convencerse de la necesidad de una herramienta que le permitiera enfrentar los problemas existentes en su monasterio: vocaciones religiosas sólo aparentes, neurosis, homosexualidad, etc.,

La respuesta la encontró en el psicoanálisis. En enero de 1961, él mismo se somet a esta terapia psicoanalítica y pronto su ejemplo fue seguido por la mayoría de los monjes.

Pero la difusión de estos esfuerzos, bien al principio, acabó condenada. En octubre de 1965, la entonces Congregación Suprema del Santo Oficio del Vaticano ordenó a Lemercier dejar el monasterio y durante meses la prensa nacional e internacional siguió el debate entre Lemercier y la Congregación en Roma.

El Concilio no solamente no conced al psicoanálisis la atención pedida, sino que además la Curia Vaticana prohíb al abad, el 8 de octubre de 1965, reincorporarse al monasterio de Cuernavaca. El Obispo Méndez Arceo intervino ante el Papa Paulo VI y logróque éste nombrara una comisión para estudiar el caso.

Después de casi dos años, en mayo de 1967, la comisión dictaminó que el abad pueda volver al convento siempre y cuando deje de sostener la necesidad del psicoanálisis para determinar la autenticidad de la vida religiosa y que la terapia psicoanalítica sea abandonada en el monasterio. La respuesta fue clara: El abad y 21 de los 24 monjes que quedaban, decidieron abandonar la vida religiosa para continuar con la experiencia de la comunidad en psicoanálisis.

Dos años después se ratificó la sentencia. Lemercier renunció a los votos, fundo el Centro Emaús en Cuernavaca para continuar desarrollando el Psicoanálisis, y se casó con la sonorense de 50 años de edad, Graciela Rumayor y ya reducido al estado laico, murió a fines de 1987.

Fray Gabriel Chávez de la Mora, sacerdote benedictino y arquitecto coautor de la Basílica de Guadalupe fue discípulo de Lemercier, a quien recuerda como “mi padre Prior, el maestro y el fundador” del monasterio morelense, cree que la historia valorará “muy positivamente” la aplicación del psicoanálisis, niega que supráctica monacal “haya sido un fracaso” y afirma que la prensa nacional provocó un “escándalo” en aquel entonces y sepregunta:

“¿Cuántos sacerdotes o ministros religiosos acuden hoy en día a esta ayuda técnica y científica, sin ningún problema?”

 

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