Gobierno y deporte

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en Gobierno y deporte 88

Coincido con quienes piensan que ningún Presidente de la República Mexicana asume al poder con la intención específica de romperle la madre a los ciudadanos de este país. Aceptar lo contrario es adoptar un juicio catatrofista a ultranza, y caer -por voluntad propia y también por falta de razonamiento sereno- en una situación de pesimismo y catastrofismo absolutamente inaceptable, especialmente en aquellos que ejercemos el oficio de comunicador en cualquiera de sus modalidades. Se puede reconocer entonces que, al menos en teoría, los Mandatarios de la nación llegan cargados de buenas intenciones y con los mejores propósitos de llevar a cabo las acciones que resuelvan, siquiera parcialmente, los numerosos problemas que ya se han vuelto crónicos para el pueblo de México. Pero obviamente una cosa es la teoría y otra la realidad.

Hace un par de días, en medio de la dolorosa debacle de la delegación que México envió a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, alguien preguntó en Twitter si la situación deplorable en que se encuentra el deporte mexicano es un reflejo de la crítica situación en que se encuentra el gobierno. Supongo que millones de mexicanos responderían que sí, que una situación es consecuencia de la otra, y de ahí a pensar que los deportistas mexicanos hayan ido a Brasil a perder solo media un paso insignificante. Es absurdo sin embargo pensar que los atletas se presenten en una justa de esta dimensión con el propósito de mostrar sus deficiencias ante el resto de los países del mundo. Aunque sea microscópica, pero todos y todas llevan en su corazón la esperanza de obtener el triunfo, y tal vez una medalla.

Acepto que específicamente en los casos de los gobiernos y los deportistas mexicanos los hechos y las evidencias pudieran hablar por sí solas en forma contundente en cuanto aceptar sin mucho problema lo negativo sobre lo positivo, sin dejar siquiera el menor resquicio a la duda razonable. Sin embargo, yo diría que en este asunto que aparentemente no admite discusión, hay mucho más de lo que a simple vista percibe el ojo, o la mente del ciudadano suspicaz, predispuesta fuertemente por la dura golpiza de las medidasdolorosas adoptadas en forma cíclica por parte de los gobiernos para atenuar sus problemas sobre todo financieros, y la casi absoluta falta de medallas por parte de los deportistas en estos Juegos Olímpicos 2016. No es posible caer en una simplicidad ramplona, negándonos a ver los demás factores que influyen en la pésima calificación que reciben por sus actuaciones tanto los gobernantes como los deportistas mexicanos.

Para algunos puede ser razonable suponer que en un país cuyo nivel de pobreza rebasa el 50% de su población, la inversión en el ramo del deporte no tiene por qué ser prioritaria. Sin embargo, un vistazo a lo que sucede en otros países más pobres y menos populosos que México nos ubica frente a una realidad distinta. Sin presumir de ser un experto en el tema, me atrevo a decir que en materia de deporte no todo es cuestión de dinero, por más importancia que pueda tener. Me parece evidente que la totalidad del sistema deportivo nacional padece múltiples y muy profundas fallas y deficiencias estructurales que determinan la permamente ausencia de resultados. Salvo esporádicos triunfos en disciplinas específicas, el general el deporte mexicano y los gobiernos -con todo y las frustrantes alternancias- siguen arrastrando miserablemente la cobija.

En este sentido es posible que pueda compararse lo que nos ha estado ocurriendo en Río 2016 -donde hemos ido de desencanto en desencanto y de frustración en frustración- con lo que le está sucediendo al gobierno de Enrique Peña Nieto, que en una reciente encuesta de popularidad y aceptación acaba de caer a menos de 4% de calificación, lo cual en el medallero político lo ubica a los ojos de los jueces ciudadanos fuera de competencia por incompetente, faltando todavía dos años para concluir el sexenio y los Juegos Olímpicos, por lo que es posible esperar todavía más reveses y peores resultados, tanto en lo político como en lo deportivo.

Para ningún mexicano es un secreto que tanto a nivel federal como a nivel estatal y aún municipal, a lo largo y ancho del país, los puestos directivos en el campo del deporte se han convertido en nidos de sanguijuelas vividoras que disfrutran de las suculentas prebendas que se obtienen en los cargos que se otorgan no a los hombres y mujeres que más y mejor conocen el deporte en todas sus ramificaciones, sino a los compadres, alos amigos de los amigos, y a los favoritos del gobierno en turno, sin importar el partido del cual provenga. Esto a nivel del deporte de alto rendimiento, y lo mismo puede decirse del deporte en otros niveles inferiores, que son el semillero que surte a los centros de entrenamiento de los deportistas que posteriormente acudirán a las justas internacionales en busca de fogueo y experiencia. Sin semilla buena, no puede haber cosecha que valga la pena. Y ahí la llevamos, y así vamos, arrastrando nuestras miserias deportivas y políticas, con más pena que gloria.

En el pasado lejano y reciente muchos países han utilizado el deporte como vehículo propagandístico, y algunos lo siguen haciendo en la actualidad. Durante el período de la guerra fría, tanto la URSS como los Estados Unidos se trenzaron en una batalla sin cuartel por la hegemonía deportiva, como una forma de demostrar que su sistema político-económico (el capitalismo o el socialismo) era el mejor. La lucha fue feroz y durante varios Juegos Olímpicos tanto uno como otro país dominaron en diferentes ramas, si bien los Estados Unidos se llevaron siempre a su casa la mayor cantidad de medallas.

También en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, en el umbral de la II Guerra Mundial, y ya con Alemania bajo el control de Adolfo Hitler, se utilizó el deporte como herramienta de propaganda política.Existen varias leyendas muy extendidas sobre los J. O. de Berlín. Una de ellas afirma que Adolfo Hitlersupuestamente habría intentado utilizar los juegos para demostrar sus teorías sobre la presunta superioridad de la raza aria. Otra se refiere a uno de los atletas más populares de aquellos juegos, que lo fue Jesse Owens, ganador de las pruebas de 100m, 200m, 4×100m y salto de longitud. En este mito se afirma que Hitler rehusó dar la mano a Owens. La verdad es que Hitler solo felicitó personalmente a los dos primeros ganadores de los juegos, y no repitió las felicitaciones con nadie más. El propio Jesse Owens afirma en sus memorias que recibió una felicitación oficial por escrito del gobierno alemán, y que sin embargo el presidente Franklin D. Roosevelt no invitó al atleta a las celebraciones en la Casa Blanca, puesto que estaba inmerso en las elecciones y necesitaba el voto del sur estadounidense fuertemente racista. Otra parte de la leyenda es que aquellos juegos fueron un momento de humillación para el régimen nazi, porque algunos atletas negros consiguieron un gran número de medallas. En realidad, la competencia no constituyó una humillación para laAlemania de Hitler, ya que el país anfitrión logró recoger más medallas que los demás países y, según se dijo, Hitler se mostró satisfecho con el resultado.

No imagino la actitud que Hitler asumiría en estos tiempos en que los deportistas de raza negra son más de la mitad de los que acuden a los juegos olímpicos cada 4 años, y se llevan decenas de medallas de oro, plata y bronce. En ellos, en sus facultades, habilidades y destrezas, recae el mérito indiscutible del desarrollo que existe en muchas de las disciplinas. Las medallas no se ganan por genética, ni por el pigmento de la piel, sino como resultado del talento, el esfuerzo y el duro entrenamiento durante largas y extenuantes horas, todos los días, durante años.

Y así pues, sucesivamente en diferentes oportunidades la política ha aparecido en los Juegos Olímpicos,como cuando en medio de las luchas raciales en EU los atletas negros que en México ’68 levantaban el puño izquierdo al recibir sus medallas en señal de protestay posteriormente cuando el boicot de los Estados Unidos a los Juegos Olímpicos de Moscú, etcétera, etcétera. Los gobiernos de diferentes partes del mundofrecuentemente han utilizado el enorme escaparate que son los Juegos Olímpicos para enviar mensajes políticos al resto del mundo.

El único gobierno que muy pocas veces ha logrado enviar su mensaje al mundo es el nuestro. Desde la lejana época de Humberto Mariles en equitación, posteriormente con el sargento Pedraza, Ernesto Canto y otros en caminata, el “Tibio” Muñoz en natación, los y las clavadistas, y la selección de fútbol que obtuvo oro en Londres, y pare usted de contar. Han sido decenas de años de frustraciones y múltiples olimpiadas con resultados amargos, de “ya meritos”, de “derrotas honrosas” y de pretextos y disculpas, que nos han dejado en el ánimo nacional un espeso sedimento de derrota que, de diversas maneras y con diversas intensidades,se refleja en la mentalidad de la mayoría de nuestros deportistas.

Nuestro México, entre gobiernos que van de mal en peor y resultados deprimentes en deporte, y sin visos de mejorar, camina como la legendaria Chencha: un pasito pa‘delante y otro para atrás, lo cual significa que no nos movemos del mismo punto, aunque haya mega optimistas que a eso le llaman avanzar.

Agradeceré su comentario a continuación, o envíelo a oscar.romd@casadelasideas.com

En Twitter soy @ChapoRomo

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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