Una “cuestión” sin fin

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Se trata de lo que el siglo XIX llamó “la Cuestión de Oriente”, a saber, el porvenir del inmenso imperio otomano. Todas las potencias europeas estuvieron metidas en ese juego complicado que afectaba a los numerosos cristianos sujetos del Califa, tanto en la “Turquía de Europa” (los Balcanes, de Bosnia-Herzegovina hasta Bulgaria y Grecia, pasando por Serbia, Macedonia y Albania),como en el Medio Oriente y África del Norte. Guerra tras guerra, guerras locales como guerras generalizadas (la de Crimea en 1853-1856, la guerra mundial de 1914-1918), fueron royendo al imperio antes de acabar con él en 1918. Viena y San Petersburgo querían sacar al turco de Europa, y se enemistaron en cuanto al reparto, lo que, vía Belgrado llevó a la explosión de Agosto 14; Londres quería conservar al Imperio para usarlo de contrapeso frente a Rusia; Francia tenía un juego complicado, debido a  una historia multisecular de buenas relaciones con la Sublime Puerta, también llamada “Diván” (Diwan), de intereses materiales y de protección de los cristianos en Siria (que incluía Líbano y Palestina); el imperio alemán entró de manera tardía, pero espectacular, en ese Gran Juego y consiguió, en 1914, la entrada de los turcos a su lado en la primera guerra mundial.

De las ruinas del imperio surgieron la Turquía moderna, una Turquía turca que eliminó a sus armenios y griegos y tolera muy mal a los kurdos, y muchos estados árabes, desde la vecina Siria hasta las lejanas Arabia y Libia. De 1918 hasta la fecha, las complicaciones, los conflictos y las guerras no han cesado, en la prolongación de esa “Cuestión de Oriente” que se antoja interminable. Después de la segunda guerra mundial, las potencias tutelares tradicionales, Inglaterra y Francia, se retiraron; Washington y Moscú tomaron el relevo, en el marco de la guerra fría, marco complicado por la creación del estado de Israel y la no creación de un estado palestino previsto a la hora de la partición (1947-1948).

El conflicto entre Israel y los Estados árabes culminó el 5 de octubre de 1973 con la ofensiva relámpago de los ejércitos egipcio y sirio, ahora llamada “Guerra de Kipur”; era la cuarta guerra israel-árabe desde 1948. Duró tres semanas y cuando terminó todo el equilibrio regional había cambiado y la economía mundial se encontraba con un barril de petróleo cuyo precio había aumentado 600%. El triángulo estratégico anterior Tel Aviv-Damasco-El Cairo dejaba lugar al nuevo, Teherán-Bagdad-Riad. Un cambio ventajoso para Israel, con la ruina del frente unido árabe y una paz separada con Egipto, en 1979.

1979 fue también el año de la revolución en Irán, con la caída del Shah, aliado y los EEUU, y, después de una guerra civil, la derrota de los progresistas y el triunfo de los islamistas. Washington, en su intento de acabar con la república de los ayatolas, lanzó al Irak de Saddam Hussein contra Irán: una terrible guerra que duró de 1980 a 1988, militarizó toda la región y consagró, un tiempo, la supremacía de Bagdad. Mientras, Siria e Israel aprovecharon el conflicto para liquidar a la OLP palestina y controlar Líbano. Estados Unidos, como en el caso de la guerra entre Moscú y los afganos, había creado un Golem: Saddam Hussein, confiado en la aprobación americana, anexó a Kuwait el 2 de agosto de 1990; así controlaba el 45% de las reservas mundiales de petróleo. Contra Irán, Washington había usado Irak; contra Irak, empezó a usar Arabia saudita.

La primera guerra del Golfo (1990-1991), aprobada por la ONU, devolvió a Kuwait a su monarca, sin destruir el Irak de Saddam Hussein. Tuvo como “daño colateral” enorme, la ruptura entre Osama Bin Laden y los EEUU, el inicio de la yihad islámica, el Once de Septiembre y las consecuentes guerras de Afganistán (que no termina) y segunda guerra del Golfo, con la destrucción de Saddam Hussain y de Irak, en marzo de 2003. Elefante en cristalería, EEUU no ha entendido la complejidad de la “Cuestión de Oriente” y ha logrado la entrada de Rusia, Irán y Turquía en ese Gran Juego más peligroso que nunca.

Jean Meyer, historiador.

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