Turquía: ¿A dónde vas?

Jean Meyer, Recientes No hay comentarios en Turquía: ¿A dónde vas? 31

En un mundo tan problemático, era alentador ver este gran país avanzar hacia lo que parecía ser una democracia islámica, un posible modelo para las otras naciones musulmanas, demostrando que no hay incompatibilidad entre democracia e Islam. Una Turquía estable, democrática, económicamente dinámica, conservando los aspectos positivos de la herencia de Mustafa Kemal Atatürk −por ejemplo, la emancipación total de la mujer que tuvo el derecho de voto veinte o treinta años antes que la francesa y la mexicana, y también la laica separación entre Estado y religión−, eliminando sus aspectos autoritarios y la pesada tutela del ejército, era algo muy prometedor. Especialmente en una zona tan conflictiva y peligrosa como el Medio Oriente: la nueva política exterior del impulsivo Recep Tayyip Erdogan, hacía Siria, Egipto, África del Norte (o sea el antiguo imperio otomano), sin revisar la tradicional alianza con Israel, correspondía a lo que podemos llamar el aprendizaje de la potencia y despertaba muchas esperanzas.

Por desgracia parece que el poder enloquece o por lo menos hace perder los estribos. Al poder desde hace diez años, Erdogan, jefe del partido AKP, una coalición islamo-conservadora, ha manifestado su voluntad de quedarse en el poder por lo menos hasta 2023, para organizar los festejos del centenario de la república turca, la que fundó Atatürk. La paradoja es que, después de desmantelar la tutela que los generales ejercían sobre el estado, algo positivo desde luego, Erdogan empezó a desmantelar el legado positivo de Mustafa Kemal.

¿Cuál mejor símbolo de este retroceso que el proyecto suyo de re-islamizar en Estambul Santa Sofía? Haghia Sophía, la gran basílica bizantina, vieja de quince siglos, fue convertida en mezquita en 1453, cuando los turcos tomaron Constantinopla, y transformada en museo, en 1934, por Atatürk quién dijo que quería “ofrecerla a la humanidad”. Así fue, si uno piensa que recibe más de tres millones de visitas al año, lo que hace de Santa Sofía el sitio más admirado de Estambul. Hace ochenta años dejó de ser un lugar de culto (sin embargo, el llamado al rezo musulman sigue), algo que los medios islamistas y los nostálgicos del imperio nunca han perdonado. Erdogan quiere repetir simbólicamente la conquista realizada por Mehmet II, quizá para consolidar un poder fuertemente cuarteado, atacado a la izquierda por una juventud y una clase media que no acepta el autoritarismo creciente, a la derecha por el sector islamista escandalizado por la corrupción. Erdogan transformó ya en mezquitas dos iglesias bizantinas, igualmente llamadas Santa Sofía: en Trabzón, en el noreste, y en Iznik al poniente.

Ciertamente no le va tan bien al hombre fuerte, y en gran parte por su culpa. No soporta la menor crítica, ve complots por todas partes, cuando se acerca el final de su tercer periodo consecutivo como primer ministro. La necesidad de devolver Santa Sofía al Islam, 561 años después del conquistador, revela, diría el psicólogo, una profunda inseguridad; el dirigente actual y sus colaboradores han de dudar de la solidez de su propia conquista, la que hicieron del poder.

A Erdogan empezaron a llamarlo “el sultán”, para denunciar la deriva cada día más autoritaria de lo que, poco a poco, deja de ser la república para transformarse en su régimen. La ruptura con la cofradía conservadora islámica Gülen, que controla una impresionante red de escuelas y fundaciones, le salió muy cara. Desde el pasado mes de diciembre se destapó la cloaca de la corrupción que mina el partido AKP. La reacción de Erdogan fue atacar a los jueces como cómplices de un complot internacional, y dinamitar los contrapesos democráticos. Su última jugada, el 21 de marzo, fue bloquear Twitter para protegerse. Puede que su victoria de la semana pasada en las elecciones municipales sea su canto del cisne.

jean.meyer@cide.edu

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