¡Terrícolas, uníos!

Jean Meyer, Recientes No hay comentarios en ¡Terrícolas, uníos! 33

Cuando Sozhenitsyn recibió el premio Nobel de literatura, en 1974, profetizó: Sobre nuestra exigua Tierra, ya no existen los asuntos internos. La salvación de la humanidad no puede venir sino de una sola cosa: que todo el mundo sea concernido por todo. Tenía razón y por eso la tragedia de Gaza y la conflagración en el Este de Ucrania son asuntos nuestros.

El mundo actual es peligroso como bien lo dice Ian Bremmer, “con Estados Unidos distraído, cada vez más reacio a asumir riesgos y menos dispuesto a ejercer de líder mundial, y sin ningún otro país deseoso de ocupar ese hueco.” (El País,19 de julio). Hay muchos incendios y zonas calientes susceptibles de incendiarse en Asia y África. La globalización tiene una extraordinaria capacidad para producir riqueza e intercambios, pero también para engendrar o agravar crisis. Hay una gran variedad de guerras regionales, fácilmente agravadas si las grandes potencias decidiesen inmiscuirse. El optimista contestará que la prudencia prevaleció a lo largo de la guerra fría, entre 1945 y 1989, y que puede progresar el aprendizaje de la negociación y de la disuasión, y, por ende, el compromiso razonable.

Por desgracia, julio de 2014, en Gaza y en Donetsk, le da la razón a los pesimistas. La nueva guerra de Gaza por un lado, la destrucción del Boeing de Malaysian Airlines por un misil de fabricación rusa, muy posiblemente disparado por los separatistas prorrusos, significan que la tragedia es la regla. Cito otro texto de Alexander Solzhenitsyn: Cada momento de nuestra historia no es sino un punto en su eje. Si queremos explorar direcciones posibles y seguras para salir de la terrible desgracia que es nuestra, actualmente, debemos recordar los numerosos fracasos de nuestra historia anterior, los cuales nos acorralaron a la presente situación. (1994) El peso de la historia es una loza mortal. La tragedia de Gaza empezó en 1918, si no es que antes, cuando se derrumbó el imperio otomano, aliado de Berlín y Viena en la Guerra Mundial. Franceses e ingleses, que se repartieron entonces el Medio Oriente, tienen una gran responsabilidad de la situación presente en toda la región; los ingleses, más que los franceses, en la tragedia israelí palestina; los franceses más que los ingleses en la permanente crisis libanesa.

La tragedia ucraniana tiene raíces muy antiguas. Sin remontar a la conquista mongol del siglo XIII o a la Confederación lituano polaca que englobaba  Ucrania y que Moscú combatió hasta desaparecerla en 1795, hay que saber que a la hora de la Revolución rusa, Ucrania ganó una breve independencia antes de ser reconquistada por el Ejército Rojo. Bien dijo Lenin: “Sin Ucrania, Rusia pierde su cabeza”. El presidente Putin, que se encuentra ya en su 14º año de poder, hizo suyo ese dicho, sin darse cuenta que hoy en día, con Ucrania, Rusia pierde la cabeza. Después de sus brutales éxitos militares en Chechenia y Georgia y la anexión de Crimea, Putin lanzó una operación paramilitar para desestabilizar a Ucrania y a su gobierno. La anexión de facto de Crimea había resultado contraproducente al empujar Ucrania hacia Europa. Desde la caída de su vasallo, el presidente  ucranio Yanukovich, Putin no podía manipular a Kiev. Chantaje energético, grandes maniobras militares en la frontera no fueron suficientes; se pasó a la etapa siguiente: preparar la secesión de las provincias fronterizas con Rusia, bajo la dirección de tres especialistas rusos, proporcionar armas cada vez más gruesas, hasta tanques y misiles capaces de tumbar un avión a 10 000 metros de altura. El 17 de julio le salió el tiro por la culata al presidente ruso, con los 295 muertos del avión malasio. ¿Logrará el Dr Frankenstein del Kremlin controlar a su criatura antes de que sea demasiado tarde.

jean.meyer@cide.edu

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