Templos en venta

Jean Meyer, Recientes No hay comentarios en Templos en venta 23

Trataré de explicar porque un país muy, muy cristiano, demasiado cristiano, decía algunas malas lenguas, ha pasado de un extremo a otro en una o dos generaciones. Hablo de Canadá, un país que me es caro por razones profesionales mis estudios históricos, y personales, culturales y familiares. Conocí en 1970 un Quebec marcado por el grito del general De Gaulle “¡Viva el Quebec libre!”, y profundamente católico. Aparentemente muy católico, con una práctica religiosa impresionante, comparable a la mexicana en la misma época, superior a la mexicana. Pero ya había empezado la famosa “Revolución tranquila”, y todo cambió rápidamente tanto en la “hermosa provincia” (Quebec), como en el resto del país. Revolución pacífica, cultural afectando costumbres y conductas. Afectando tanto a la Iglesia católica como a las protestantes, tanto a los anglófonos como a los francófonos.

Unas cifras: en 1950, la práctica religiosacanadiense, medida por la asistencia a un oficio religioso el domingo, era superior a la estadounidense, de por sí muy alta. Arriba del 60% en promedio nacional. En 2000: 25%, en 2011, 15%. El derrumbe es general, en todas las provincias, y en el caso de Quebec es más precipitado todavía, quizá por el control absoluto ejercido por una Iglesia católica identificada a la defensa de la identidad. Con el surgimiento del movimiento nacionalista y separatista del Partido Quebequense, perdió ese papel; pero no es la única explicación; las Iglesias protestantes no se portan mejor.

Estadísticas nacionales: en el censo de 1961, 96% de los canadienses se declaran cristianos; en el último disponible, el de 2011, 67%. En 1961, 1% declara no tener religión; en 2011: 25%. Con la novedad de la inmigración asiática (India, Pakistán, China, Medio Oriente), en 2011, hay 8% que declaran adherir a religiones no cristianas. En 1961, las grandes Iglesias cristianas agrupaban 90% de la población, en 2011, 55%. El pluralismo religioso acompaña el declive del Canadá cristiano.

El fenómeno empezó con los jóvenes afines de los años 1960. ¿Algo que ver con la revolución sexual inducida por la píldora? Posiblemente si uno piensa que, en Quebec, la generación anterior, nacida entre 1915 y 1930, tenía todavía familias muy numerosas, a la mexicana, de 8 a 12 hijos; mientras que ellos tuvieron dos, cuando mucho. La frecuentación de los templos sigue la misma curva descendiente: en 1960, la mayoría de los adolescentes (de 15 a 20 años) iban a misa el domingo, en 1986 el 25%, hoy, el 1.5%. El caso de Quebec es exagerado en su paso de un catolicismo unánime a una desafección radical. En el resto de Canadá, los católicos practican más, posiblemente porque su Iglesia, minoritaria, nunca fue tan clerical y autoritaria.

El fenómeno afecta por parejo a las grandes Iglesias protestantes y los únicos que se salvan son los evangélicos. Al grado de que el especialista en estudios religiosos, John Stackhouse, puede contar la anécdota siguiente. Ocurre en Vancouver: él está sentado en una iglesia, donde va a empezar un recital de piano. Hay una pintura de la crucifixión. Detrás de él se sientan dos muchachas con su padre y una pregunta: “¿Quién es ese tipo ensangrentado?”. Asombrado por la pregunta, se queda más asombrado aún, cuando el padre reflexiona un buen rato, antes de contestar: “Bueno, creo que debe ser Jesús. Comenta: “Cuando yo tenía la edad de esas niñas, una generación antes, en mi prepa de Ontario, la jornada escolar empezaba con el Padre Nuestro y una lectura de las Escrituras. Sentado en esa iglesia rentada para un concierto, me pregunto qué había pasado con el Canadá cristiano.

La “Revolución tranquila” pasó por ahí y se llevó al Canadá cristiano, de modo que hoy, en todo este inmenso país, las comunidades no saben qué hacer con tantos templos. No hay feligreses para usarlos y, por lo mismo, no hay dinero para mantenerlos. Muchos, muchísimos quedan cerrados, esperando compradores. Los hay, transformados en bibliotecas, galerías de arte, restaurantes… Por algo el filósofo canadiense, Charles Taylor, publicó en 2007 su gran libro Una Era secular.

Jean Meyer, historiador

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