Sólo un instante…

María Emma Freaner Figueroa, Recientes 1 comentario en Sólo un instante… 95

Lo miré solo un instante… y se me encogió el corazón. Un despojo de la vida tirado sobre la banqueta. La cabeza recargada en una pared, envuelto en unas ropas de talla tan grande que aparentaban no contener nada dentro. Sobresalía únicamente su cara, tan enflaquecida que parecía ser solo piel sobre el hueso.

Era casi un niño. En sus grandes ojos había una mirada fija y vacía que reflejaba tristeza y resignación, como la de alguien que ya nada espera de la vida. Mi corazón de madre se estremeció y mil veces me he reprochado el no haber tenido la valentía de escapar al tráfico que me obligaba a seguir manejando, y regresar para auxiliarlo.

Se veía tan débil que dudé hubiera llegado a ese lugar solo, pensé que alguien quizá lo había arrojado allí. ¿Dónde están sus padres? Me dije ¿Qué le sucedió a esta criatura para acabar en esta forma? Un hogar deshecho, malas compañías, drogas, o es uno de esas víctimas del tráfico de personas que son usadas y desechadas cuando las han envilecido tanto que ya no les sirven para nada.

Lo miré solo un instante… y mi conciencia me recrimina aún. En ese momento fui uno de aquellos viajeros -de que nos habla el evangelio- que no supieron ser prójimos, y pasaron de largo sin detenerse a prestar auxilio al hombre herido que encontraron por el camino.

Experimenté sentimientos encontrados. Di gracias a Dios por mis hijos, ya adultos, que lograron crecer y hacerse hombres sin perderse en el trayecto. Después recé por mis nietos, y terminé pidiendo perdón por ser tan egoísta de solo pensar en los míos. Una voz dentro de mí me cuestionaba: ¿Y todos los demás? ¿Qué no se nos encargó que nos amáramos los unos a los otros como el Señor nos ama? ¿Qué no somos nosotros instrumentos de Dios, para que su ayuda y consuelo llegue a los que lo necesitan?

No sé cuántos de los que pasamos junto a ese muchacho abandonado, destruido, aniquilado, realmente lo vimos. Nos hemos acostumbrado tanto a ver alcohólicos y drogadictos tirados por las calles, indigentes, niños, jóvenes, ancianos, menesterosos y enfermos mentales deambulando sin rumbo, que ya nos parecen parte normal del paisaje de la ciudad deshumanizada, y los contemplamos sin verlos.

Lo miré solo un instante… y la escena quedó grabada en mi memoria para siempre. De tal manera que han pasado días, y sin embargo su recuerdo sigue torturándome. Vuelve a mi mente una y otra vez como un reproche ardiente a la insensibilidad que mostramos -que mostré- frente a la desgracia humana. De tanto verla en los medios en forma de guerras, terremotos, tsunamis, hambrunas, asesinatos, secuestros, etcétera, nos hemos hecho inmunes a ella. Vivimos en una especie de negación hacia la degeneración que nos rodea. Mientras no nos toque directamente, la dejamos ser para no tener que hacer, para no comprometernos a luchar por los cambios tan necesarios… para no comprometernos a nada ni con nadie.

Todo mundo es culpable… menos nosotros. Culpamos al mal gobierno, a las instituciones educativas que no cumplen, a la falta de oportunidades, a las iglesias, a los partidos políticos, y etcétera, de todas las carencias que padecemos, cuando la realidad es que estamos como estamos porque no hemos sabido unirnos y luchar exigiendo como ciudadanos que se nos oiga y se nos tome en cuenta. Porque hemos ido negociando los valores trascendentales por otros más cómodos, más acordes con los tiempos que estamos viviendo… porque no hemos sabido amar lo suficiente para acabar con el egoísmo que nos está matando.

Lo miré solo un instante… y me sentí, y aún me siento impotente ante una realidad que me golpea cada día y me muestra un entorno que ya nos rebasó y que nos está aplastando el alma. Recordé los años en que, unida a otras animosas mujeres, podía participar activamente en la lucha por la superación de la familia a través de la mujer; cuando sentía que estaba haciendo algo por mejorar la sociedad. Pero me ganaron los años, y hoy ya no tengo ni la salud ni la energía para emprender o cumplir con los programas que realmente se necesitan para recuperar lo perdido. Mi cuerpo quizá ha abandonado la lucha… pero no mi mente.

Veo con tristeza que cada vez son más las mujeres que se cansan de luchar, ya no dentro de la sociedad, sino dentro de sus propias familias, y abandonan las trincheras de sus hogares en busca de su superación personal y una mejoría económica que sienten indispensable para ser felices y sentirse realizadas. Aspiraciones muy legítimas, por supuesto, solo que implican el olvidarse de que formar hijos es una tarea de resistencia, de aguante, de infinito amor y congruencia entre lo que se pregona y lo que se vive.

Lo miré solo un instante… y me pregunté: ¿Señor, por qué yo, si yo ya nada puedo hacer? ¿Por qué me envías este mensaje? Si siempre que manejo mi auto voy viendo solo el camino y cuidándome de los demás coches ¿qué me hizo en ese instante voltear hacia un lado y verlo?…

Y como sé que nada sucede nada más porque sí, y como sé que todo tiene un por qué y un para qué, pienso que lo único que tengo a mi alcance es este medio que puedo utilizar para tratar de mover conciencias… una sola, tan siquiera. Y quise compartir esta experiencia para que, junto conmigo, mire usted solo un instante con los ojos de su alma lo que sucede a su alrededor, y tal vez con suerte renazca con fuerza en usted y en otros el deseo de luchar por un mundo mejor.

 En Twitter @mefreaner

1 Comment

  1. Ana maria vega 09/08/2017 at 6:20 pm

    Hi, this is a comment.
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