Reyes y el sol

Joaquín Robles Linares, Recientes No hay comentarios en Reyes y el sol 19

Sus trabajos son de una erudición asombrosa,  con esa feliz dualidad de los grandes, combina en sus textos la amenidad bulliciosa con la elegancia de lo bien escrito. La luminosidad de su obra es fulgurante, como si escribiera con el sol como pluma.

Alfonso Reyes Ochoa llega al centenario de  su publicación más citada: Visión de Anáhuac,  no es mi pretensión reseñarla, tampoco presumir con falsa erudición  su vastísimo quehacer literario,  el objetivo de este texto  es recordar al Alfonso Reyes que transitó por la sofisticada clase político- militar porfiriana, para de ahí llegar abruptamente a la debacle nacional y personal,   después  contra todo pronóstico, emerger como un escritor prolífico e ilustrado.

En Días Aciagos, texto sobrecogedor, nos hace un recorrido personal desde 1911 hasta 1913, ciclo estrujante en la vida del escritor y de México, relata con una carga emocional abrumadora,  los años  previos y posteriores  a la muerte en el Zócalo de la Ciudad de México  de su padre, el general Bernardo Reyes.  Ser entrañable que lo acompañará por siempre, causa   interminable de lamentos y cavilaciones.

Aquel hombre jovial y bajo de estatura, hijo del hombre más prestigiado después de Díaz,  rebasado en lo político y familiar por  su hermano Rodolfo,  éste, abogado eminente,  torbellino vertiginoso y  hombre de carácter,  convencido anti maderista, aliado incondicional  y participe de las maniobras y aventuras políticas de su padre.

Alfonso, menor en  edad y alejado de los intereses inmediatos de su hermano,  distante de la atención del padre y ajeno por completo al vibrante mundo  político y militar, vive con angustia  el paso de los meses de incertidumbre y caos en el país, el estallido de la Revolución vino a trastocar su vida, al final, envuelto por las circunstancias  familiares, observa consternado el final de  los sucesos de la Decena Trágica.

Después del asesinato de su padre fue llamado a Popotla por Victoriano Huerta, en una narración en pocas líneas pero muy intensas, expone su  rechazo  a la oferta del general golpista para ser su Secretario Particular: “ése no es mi destino”, le contesta inmutable al militar y presidente de facto.

  Huerta, con frases inacabadas y con un  talante malhumoriento le contesta: “así no se puede”, sin acabar la locución, murmurando algunas palabras inentendibles, lo cual  era su costumbre según narra Reyes. Después de este desagradable encuentro,  busca con desesperación salir del país que lo asfixiaba, su futuro inmediato en México estaba agotado, en el relato se descubre una antipatía evidente hacia Huerta y  a todo lo que emanaba  política.

Logra  colocarse como Segundo Secretario de la Legación mexicana en París, le apremiaba  adentrarse en otros ambientes,  salir de aquel México caótico y desbaratado por una Revolución que lo sorprendió y le arrebató sorpresivamente a su padre, además de  su posición  desahogada y favorecida.

   El trabajo en Francia sería burocrático y aburrido como explicaba en sus escritos, pero  sostén de su pequeña familia;  en 1914 el presidente Carranza   cesaría a todo el cuerpo diplomático en funciones, Alfonso  de nueva cuenta había sido vapuleado por la Revolución, lo había dejado sin trabajo e ingresos, en un país que no era el suyo y sin ninguna posibilidad de regresar, en México ya no había nada para él.

La primera guerra mundial había estallado  en Europa y Alfonso decide trasladarse a España, la posición de Francia en el conflicto lo hizo meditar su permanencia en París,   decide  cambiar su residencia a España, además en España se encontraban asilados algunos mexicanos expulsados por el conflicto revolucionario, entre ellos su hermano Rodolfo.

Alfonso Reyes nunca dejó de escribir, ni siquiera  en los momentos más críticos de su existencia, sin trabajo y abandonado a su suerte en Europa  se transformó en una  máquina de textos y escritos, en un celoso estudioso que se  adentraba con profundidad en la creación y el trabajo intelectual.

Durante seis años, sobre la  base de un esfuerzo personal admirable, llega  a introducirse en el selecto grupo de intelectuales  españoles de inicios del siglo XX, llegando a ser parte central de aquellos empeños.

  Después de esos seis años de vértigo, donde su pluma era su sustento, basta leer: Cartones de Madrid, para darse una idea por el momento que pasaba,  a la par de sus compromisos laborales seguiría como creador infatigable, es en estos años (1917)  cuando  publica Visión de Anáhuac.

  Llegaría  a incursionar  en  campos novedosos  que llegaban con el siglo, junto a otro grande de la literatura mexicana exiliado en España, Martín Luis Guzmán, compartirían columna para un diario madrileño bajo el seudónimo de Fósforo, se aventuraban en algo que iniciaba, la crítica sobre Cine.

 En un juego veleidoso, la misma Revolución lo reintegraría al Servicio Exterior, su amigo de los años del Ateneo de la Juventud José Vasconcelos, lo regresaría a la diplomacia  de la  cual ya no saldría hasta jubilarse,   alcanzaría con los años el rango de Embajador y se convertiría en un  leal funcionario del régimen, algo que lo alejaría por siempre de su hermano Rodolfo.

 Con los años intenta remediar literariamente esas erupciones emocionales que lo incendiaban,  dos obras brotan de su sufrimiento, la  primera  un poema: Ifigenia Cruel, obra  que va escribiendo con ardor  hasta que la culmina, el texto  viene a ser una especie de ajuste entre el pasado y la vida de aquellos años, ya como  embajador  y defensor del México revolucionario, ironías del destino.

La otra será: Oración del 9 de Febrero, obra que rescata  Daniel Cosío Villegas después de la muerte de don Alfonso  en 1959, en esta  rememora con  amor y fascinación a su padre, su vida y posterior sacrificio, algo a lo que Reyes nunca dejaría de acudir en esta relación filial  marcada por la memoria y la admiración.

Alfonso Reyes a la par de su actuación como diplomático se convertirá en un puente para los artistas mexicanos y latinoamericanos,  lo mismo será  para los europeos, su actuación como representante del gobierno mexicano lo llevará a defender a la Revolución ante  diferentes países, explicará y calmará la intranquilidad de distintos gobiernos por las  sublevaciones, revueltas y asesinatos y, por si fuera poco, el atentado fatal de un presidente electo: Álvaro obregón.

Después hará lo mismo con el  desgastante conflicto religioso, y ya entrados los años del Cardenismo defenderá devotamente la expropiación petrolera y sus consecuencias, mientras tanto no dejaba de escribir ni de tener una influencia literaria continental, un ejemplo palpable fue su relación con Borges y Victoria Ocampo.

Con los años Reyes llega de regreso a México, el país ya no se parecía en nada al México del que prácticamente había huido en 1913, en todos estos años volvía esporádicamente  para  después retornar a destinos distintos como diplomático.

Con el paso de los años Alfonso Reyes se fue alejando de México hasta ser prácticamente ajeno a la vida del país,  ni siquiera tenía una casa propia, sus numerosos libros, tesoro que acumuló durante décadas, los conservaba apilados en cajas en la modesta casa de su suegra.

 Ya en 1939 en México de forma definitiva,  alejado de su actividad diplomática y con una residencia permanente, Reyes logra  levantar una austera casa que atiborra de libros,  al paso del tiempo  la convierte  en una biblioteca con camas y cocina,  ésta será  el lugar    más frecuentado por los escritores e intelectuales de la época.

Por invitación del presidente Cárdenas toma la presidencia de la Casa de España en México en 1939,  después esta entidad se transformará en el Colegio de México, durante  los siguientes veinte años presidirá la institución.  Para entonces, Reyes será un referente indiscutible en la vida cultural del país.

 Lejos quedaban los días de niño privilegiado y joven favorecido,  la nube de polvo mortal que había provocado el estallido revolucionario se había disipado,  el hijo del general Bernardo Reyes tenía un lugar notable en el mundo literario y cultural,  ganado meritoriamente  con tinta y papel, sin disparar un tiro a diferencia de muchos.

 Alfonso reyes es sin duda uno de los escritoras más grandes que ha dado este país, leer sus obras es adentrarse en la vida tumultuosa de un mexicano excepcional, viajar por los tiempos y ver a través de su mirada  un siglo singular de la historia de México.

No cabe duda: de niño, a mí me seguía el sol.

Inicio del poema: El sol de Monterrey, Alfonso reyes.

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