¡Pobre Obama!

Jean Meyer, Recientes No hay comentarios en ¡Pobre Obama! 28

Picado por los gallos de ambos partidos y aborrecido por las gallinas, Obama tendrá la culpa de “haber perdido” a Irak, Afganistán Siria. La historia es por definición el campo de lo imprevisible, que no se puede programar, explosivo que cae como un rayo y cancela toda predicción. La última sorpresa es la cabalgata de aquellos jihadistas, más radicales que Al Qaeda, que sueñan con un califato y que se han apoderado de buena parte del territorio de Siria y de Irak. Es cuando el tristemente célebre Dick Cheney, el maldito consejero del entonces presidente Bush Jr, se atreve a acusar al presidente Obama de ser el “hombre que traicionó nuestra patria y dilapidó nuestra libertad”.

¿Y por qué? Porque “las acciones de Obama, antes y después de las recientes conquistas de los jihadistas en Irak, han amenazado la seguridad de los EE UU”. El colmo de la impudencia, si uno piensa que Cheney es uno de los principales responsables, sino el responsable, de las catastróficas invasiones de Afganistán e Irak. Y ahora resulta que él sabe lo que hay que hacer, él tiene las soluciones: no hay más que… Y entre los demócratas, los hay para tener el mismo discurso y proponer la solución en tono de “elemental, mi querido Watson”. Bombardear, bombardear, bombardear a los unos, armar a los otros, quitar al presidente aquel, poner al otro…

No entienden nada. Para ellos todo es simple. Como después de la terrible destrucción de las torres gemelas. Muy simple destruir primero Afganistán, después a Irak. “No, no, Usted está muy equivocado, nunca fue nuestra intención, se trataba de castigar a Bin Laden”. Y recuerdo yo que fue Obama quien lo castigó, pero a ver que más dicen: “y de acabar con el criminal Sadam Hussein y sus armas de destrucción masiva”. Las cuales nunca existieron. Lo único que lograron fue romper la coexistencia mal que bien mantenida entre esos hermanos enemigos de siempre, shiitas y sunitas, y con esto volver probable lo peor en el Medio Oriente. Y dejar una herencia envenenada a Obama.

¿Lento, Obama, timorato, Obama? No lo creo. Es un hombre sabio que se da cuenta que se encuentra, que su país, que el mundo se encuentra frente a una aporía, palabra griega que significa que uno no sabe por dónde empezar; es cuando, en griego, aporía se vuelve apeiria y el embarazo infinito. “Muy sencillo, gritan los enemigos de Obama, tiros y troyanos, gallos y gallinas, no hay más que…”. No es cierto, el enredo es complicadísimo y, en estos casos, la espada de Alejandro para cortar el nudo gordiano no sirve de nada. Empeora las cosas.

En los Himnos homéricos, que no son de Homero, hay una a Ares, el dios de la guerra para los griegos, que reza así: Haz descender desde allá arriba tu poder marcial, que pueda yo reducir este engañoso apuro de mi espíritu, y refrenar esa estridente voz en mi corazón que me provoca a entrar en el horripilante estrépito de la batalla. Tú, feliz dios, déjame perdurar en las seguras leyes de paz, y así escapar al combate contra el enemigo y al hado de una muerte violenta.

Escuchamos hoy de nuevo “esa estridente voz”, la de Dick Cheney y de muchos, voz que con “engañoso apuro” quiere que EEUU entre de nuevo a la batalla. Y entendemos cómo empiezan las guerras por culpa de las gentes que apuran y, conscientemente o no, engañan. Obama no se dejó embarcar en una guerra en Siria, y se lo reprochan. Putin decidió que era un cobarde, sin entender que Obama tiene templanza, limitación, prudencia, como los presidentes Truman, demócrata, y Eisenhower, republicano; nos dicen que rara vez se encuentran esas tres virtudes en el carácter norteamericano. La premura es la que empuja a actuar antes de pensar y permite que la acción determine el pensamiento. Desastroso.

 jean.meyer@cide.edu

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