Octavio Paz a la distancia

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El jueves 11 de octubre de 1990, atribuyeron el premio Nobel de literatura al mexicano Octavio Paz por su “obra apasionada, abierta sobre vastos horizontes, impregnada de sensual inteligencia e íntegro humanismo. Octavio Paz se encontraba en Nueva York, cuando recibió la noticia; declaró: “Mi primera reacción fue de gran sorpresa porque no lo tenía previsto, no lo esperaba, y también de gran alegría, por la significación del premio. Me alegro por la literatura mexicana, porque un escritor no es un individuo aislado, pertenece a una comunidad, a una tradición. Y, claro, me alegro por mí país, por la literatura hispanoamericana, por la literatura latinoamericana”.

El año anterior, el premio había sido atribuido al español Camilo José Cela y, en 1982, a Gabriel García Márquez; el nombre de Paz había sido mencionado varias veces y su coronación completaba una serie de excelentes decisiones: desde 1980, los premiados habían sido, sucesivamente, Czeslaw Milosz, Elías Canetti, “Gabo”, William Golding, Jaroslav Seifert, Claude Simon, Wole Soyinka, Joseph Brodsky y Cela. A los 76 años, Octavio Paz era el primer mexicano distinguido por el Nobel. El rey Juan Carlos le habló personalmente por teléfono para manifestarle su alegría y su orgullo; puede que lo haya hecho también el presidente francés, Francois Mitterand, quién le había entregado el año anterior el glorioso premio Tocqueville.

La gloria que compartía Octavio con su amada y amorosa Marijo (Marie José Tramini) no se apaga. Por algo, nos recordaba Adolfo Castañón, hace un año, cuando se nos fue Marijo, por algo Octavio la había llamado “Esplendor” en su Mono Gramático. Hermosa pareja. Recuerdo una foto de ellos en la India, cuales hermosos venados. Poeta, artista plástica, ella se divertía al llenar el renglón “ocupación” de las formas migratorias con la palabra “musa”. Sí, fue musa, y no solamente la musa de Paz.

A muchos grandes artistas la gloria no les da la paz, la inmunidad contra las críticas. Sabemos por testimonios directos que Voltaire, “el Rey Voltaire, admirado por toda Europa, adulado por los monarcas, colmado de honores, se enfermaba, le daba calentura y tenía que meterse a la cama cuando se enteraba del comentario negativo o malévolo de un oscuro plumífero. Octavio Paz, con sus premios, el internacional de poesía en 1963, el Cervantes en 1981, el Premio de la Paz en 1984, el Tocqueville, el Nobel, no dejó de sufrir. Ciertamente, nunca le faltaron críticas, algunas honestas, ataques bajos, calumnias envidiosas. Eso no le hacía lo que el viento a Juárez, sufría de verdad.

Es que, además de ser un ciudadano de la conflictiva república de las letras, fue un combatiente político implicado en la vida de México, de América latina, del mundo. En nuestro México de la “dictadura perfecta”, no dejó de ser una conciencia moral. A la hora del Nobel, pudo afirmar sin mentir: “Persisto en pensar y decir lo mismo. La libertad es esencial, es un valor fundamental que uno no puede esquivar. Es un acto de fe, hay que saber defenderla, la solidaridad nos obliga a hacerlo. Por eso el joven Paz se solidarizó con la República española, por eso fue uno de los primeros intelectuales de América Latina a romper con el comunismo estalinista y soviético; no se entusiasmó con la victoria de Fidel Castro y estas dos tomas de posición le valieron la hostilidad abierta de una izquierda que era su patria cultural.

Embajador de México en la India, presentó su renuncia para protestar contra la masacre de la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Eso le valió cierto acercamiento con cierta izquierda, pero la desconfianza que manifestó contra la guerrilla en México, luego contra la llegada al poder de los sandinistas en Nicaragua, le salió caro. Picado de los gallos, aborrecido de las gallinas, el dicho popular se aplicaba muy bien a Octavio Paz y eso explica su fragilidad frente a cualquier crítica. Decía: “Toda dictadura, sea de un hombre, sea de un partido desemboca en dos formas esenciales de esquizofrenia: el monólogo o el mausoleo. México y Moscú están llenos de monumentos a la Revolución. Luchó hasta el final para el triunfo de la libertad.

Jean Meyer, historiador

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