Ocho Décadas

María Emma Freaner Figueroa, Recientes No hay comentarios en Ocho Décadas 62

Ya he vivido ochenta años siendo testigo de los cambios en el mundo, y en nuestra manera de ser y hacer… “Soñé a lo largo de mi vida muchas cosas. Ahora sé que sólo salvaré mi vida amando; que los únicos trozos de mi alma que habrán estado verdaderamente vivos serán aquellos que invertí en querer y ayudar a alguien… ¡Y he tardado cincuenta y tantos años en descubrirlo! Durante muchos años pensé que mi “fruto” sería dejar muchos libros escritos, muchos premios conseguidos. Ahora sé que mis únicas líneas dignas de contar fueron las que sirvieron a alguien para algo, para ser feliz, para entender mejor el mundo, para enfrentar la vida con mayor coraje. Al fin de tantas vueltas y revueltas, termino comprendiendo lo que ya sabía cuando apenas sabía andar”.

Encontré ese escrito de Luis Martín Descalzo y en él vi reflejadas muchas de mis inquietudes. Ahora que estoy empezando a vivir la última década de mi vida siento que  ha llegado la hora de revisar mi vida sinceramente. Evaluar lo bueno y lo malo que me ha tocado vivir, lo que dejaré y lo que me voy a llevar. Recordar en qué contribuí para mejorar este mundo en cada década que me tocó vivir, qué testimonio de vida dejaré a mi familia y prepararme para las cuentas que tendré que entregar cuando el Señor me llame, ya que la que empieza es la última década que me tocará vivir.

Nací en Nacozari de García, en 1938, en un mundo completamente diferente al de hoy. Sin tecnología ni avances médicos, en una época en que se ponderaba la unión familiar, el respeto a los mayores, la virtud, la moderación en el expresarse, en el actuar y en el vestir, el mantenerse virgen hasta el matrimonio y muchos otros valores que se fueron perdiendo con los años.

En aquel entonces se exigía una obediencia absoluta a la autoridad paterna y materna. No se nos concedía el derecho a tomar nuestras decisiones, nuestros padres las tomaban por nosotros, ellos nos decían qué ropa comprar, a dónde podíamos asistir y con qué amigas nos podíamos juntar, y con cuáles no era conveniente.

Asistir a la secundaria y convivir con estudiantes de todos los barrios del pueblo me abrió los ojos ante la injusticia de aquellas costumbres. Mis compañeros eran iguales o mejores que yo, la única diferencia era la familia, la colonia donde habían nacido y quizá su situación económica. Creo que en ese momento empecé a mostrar mi rebeldía contra las situaciones que se me imponían.

Mi primera decisión propia fue ponerme de novia a los quince años con un muchacho de Hermosillo  completamente desconocido, solo nueve meses mayor que yo, lo que causó escándalo en el pueblo cuando llegó a visitarme por vez primera, un 7 de noviembre de 1953.

La segunda fue rechazar la ciudadanía americana, a la que tenía derecho por haber nacido mis padres en ese país. Para eso me habían mandado a vivir a Los Ángeles, California, donde después de vivir dos años trabajando ocho horas diarias y  asistiendo a una escuela para adultos, de siete a nueve de la noche para mejorar mi inglés, me di cuenta que jamás podría dejar de ser mexicana.  Cuando me regresé, ya mi familia radicaba en esta ciudad de Hermosillo.

Después de un largo noviazgo, en contacto mediante cartas frecuentes, y viéndonos solo cuando él tenía vacaciones, me casé con Oscar y nos fuimos a vivir a la Ciudad de México, donde residimos durante ocho años, allá lejos de nuestras familias, con apenas lo necesario para vivir pero con total independencia, empezamos a formar la nuestra. Años de gran formación personal y de pareja que nos ayudó a lograr un matrimonio sólido y a toda prueba, como el que logramos formar, teniendo como base el respeto, apoyándonos en todos nuestros proyectos y dejando ser al otro. Atrás habíamos dejado los antiguos modelos, los compromisos sociales y las críticas, éramos libres y empezamos a poner nuestras propias reglas. No éramos nadie en aquella enorme comunidad, y solo nos teníamos el uno al otro, nos visitaban amigos estudiantes de Sonora en el D.F., y cuando César y Olivia Palafox Celaya se cambiaron al mismo al edificio donde vivíamos, me hermané con Olivia, y siempre nos ayudábamos cuando necesitábamos apoyo.

Época de aprender a ser esposa, ama de casa y madre. Aprendí a moverme en la gran ciudad y fui  capaz de resolver sola los problemas y las emergencias médicas de los hijos cuando Oscar, por su trabajo supervisando obras, era ilocalizable. Fui feliz, siéndome como una hormiga dentro de un gran hormiguero.

Las experiencias vividas en esos años son incontables y me dieron una gran seguridad en mí misma. Después de muchas penurias nuestra economía mejoró, aprendí a manejar y me compraron mi primer carro. Un tiempo después pudimos dejar de vivir en departamentos y compramos una hermosa casa de cuatro recámaras que a mí parecía un palacio. Solo que no tuve mucho tiempo para disfrutarla, pues ocho meses después se presentó la oportunidad de regresarnos a esta ciudad… y lo hicimos.

Me dolió regresarme, las experiencias vividas me habían cambiado y me costó mucho trabajo volver de nuevo a las costumbres y tradiciones de esta ciudad. Acostumbrados a vivir y resolver solos nuestros problemas, sin interferencias familiares, levanté a nuestro derredor un muro virtual para que nadie se inmiscuyera en nuestras decisiones.

Llegamos con Óscar de siete años y Carlos de casi tres. Compramos nuestra pequeña casa que fue creciendo con las necesidades de la familia, misma en la seguimos viviendo. En ese entonces nuestra colonia estaba en la orilla de la ciudad y era o colindaba con el barrio de “La Mosca”. A los pocos meses nació Leonel y yo trate de criar a mis hijos con los valores familiares heredados, pero dándoles la liberad que a mí me hubiera gustado tener. Fueron felices jugando en la calle de tierra (todavía no había pavimento) bañándose cuando llovía en las aguas chocolatosas que corrían como río frente a la casa, aprendieron a tirar piedras y pronto fueron amigos de los demás niños del barrio con los que jugaban en los  terrenos baldíos.

Nuestros hijos estudiaron el Colegio Regis, y ahí tuvimos nuestra primera experiencia de servicio a los demás. Inició con los hermanos Lasallistas, cuando nos invitaron a presidir la Asociación de Padres de Familia del Colegio. Poco después el Arzobispo don Carlos Quintero Arce nos pidió que encabezáramos al grupo de personas que integframos el primer Consejo Parroquial de Catedral. Trabajamos con el apoyo del Padre Teodoro Pino. Al terminar nuestro período, Oscar empezó a apoyar en el economato al P. Sixto Torúa, a escribir en el periódico “En Marcha” de la diócesis, y fue invitado por el señor José Alberto Healy para escribir en el periódico El Imparcial.

Poco a poco fue cambiando el tono de sus artículos, cosa que molestó a los partidos, a mucha gente y sobre todo a los políticos, nos afectó económicamente y en muchas de nuestras relaciones sociales. Empezaron las críticas y las represalias, pero en ningún momento dejó de sentir el apoyo de nuestra familia. Tiempos en que aprendimos a vivir entre críticas y amenazas, con teléfonos intervenidos por los partidos políticos en turno.

Por mi parte, junto con otras señoras nos unimos a la Asociación Mexicana para la Superación de la Familia y fundamos el Regional Hermosillo. Salir de mi pequeño entorno, ver con mis propios ojos y ser consciente de las necesidades de las mujeres que han tenido menos oportunidades en la vida me hizo enamorarme de este apostolado. Abrimos nuestros centros de formación en la periferia de la ciudad e impartimos temas sobre familia, evangelización, administración de tiempo y esfuerzo, prevención de la salud  y manualidades productivas. Semanalmente asistí a compartir vida y conocimientos con mis participantes. Esta fue una de la mejores  experiencias que me ha toco vivir.

¿Que iba a enseñar? ¡No! iba a aprender las grandes lecciones de vida que recibí de personas humildes, muchas de ellas con poca escolaridad y grandes necesidades económicas, pero con unas experiencias de vida que me asombraron y enriquecieron. ¿Que buscaba la superación de sus familias? La mía fue la primera que se benefició, compartiendo mis experiencias  y  apoyándome en todo momento para que pudiera viajar a las reuniones Nacionales dos veces al año, donde tuve la oportunidad de convivir con personas de diferentes estados del país y conocer sus realidades, no las que publicaban los medios, sino las que realmente vivían.

Por seis años fui miembro del Equipo Nacional. Los primeros tres inicié la Coordinación de Talleres y Manualidades y los segundo tres, cuando Hermosillo encabezó al Equipo Nacional como vice-coordinadora nacional. Me retiré después de casi 20 años debido a una enfermedad que me imposibilitó para seguir cumpliendo como las participantes se merecían.

Vivir una enfermedad degenerativa desde principios del siglo me hizo sensible al dolor ajeno, ese que sufren muchas personas que a veces no tienen quien las cuide, ni medios para hacerlo. Descubrí que mi esposo era el enfermero perfecto que me cuidaba y atendía como si fuera una niña pequeña. Después de casi dos años del primer ataque de Artritis Reumatoide lograron controlar mi enfermedad, y he vivido desde entonces medicada. Volví a tener una vida casi normal, aunque ahora empiezo a sentir los impedimentos de la edad.

La primera Navidad ya enferma estaba totalmente incapacitada, sentada en mi sillón reposet veía la casa decorada, la cena lista, el árbol lleno de regalos para los nietos y sentí que era la más feliz de mi vida. Los esfuerzos dedicados a mi familia habían dado fruto. Nada faltó, nuestros hijos cerraron filas y junto con mi esposo se encargaron de preparar una Navidad especial y me sentí orgullosa de todos ellos, me di cuenta que siempre tendríamos su apoyo y que nunca estaríamos solos. Volaron del nido y nos quedamos como al inicio de nuestro matrimonio, pero a cambio nos regalaron siete nietos que son nuestro orgullo y esperanza. Y aquí seguimos, dando gracias a Dios y felices de haber podido llegar juntos a nuestra octava década, queriéndonos y acompañándonos como al principio de nuestro matrimonio.

En Twitter @mefreaner

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