La Turquía de Orhan Pamuk

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Comparo una entrevista que se le hizo, a finales de octubre de 1989, en Estambul, mucho antes de que recibiera el Nobel de Literatura (2006), con la entrevista realizada por David Gardner, hace poco (“Turkey’s Tragedian”, Financial Times del 9 de septiembre 2017). En 1989, Turquía estaba saliendo, lentamente, de la dictadura de los generales autores del golpe de 1980; Orhan Pamuk compartía las esperanzas de todos: los arrestos arbitrarios, la tortura, el terror, la liquidación física empezaban a ser cosa del pasado, la libertad de expresión crecía a expensas de la censura y autocensura. Unos pocos días después de aquella entrevista, la caída del Muro de Berlín iba a consolidar todas las esperanzas: con el final de la guerra fría, los generales dejaban de ser indispensables, dejaban de ser “nuestros hijos de…”: en la OTAN.
Pamuk tenía 37 años, había publicado ya “Cerdet Bey y sus hijos”, una saga de familia al estilo de los “Buddenbrook” de Thomas Mann y bajo la influencia de Proust (cito a Pamuk); y también La Casa del silencio” y el fabuloso “Castillo blanco”. Pamuk, como muchos turcos, miraba con esperanza hacía Europa, una Unión Europea que bien podría, algún día, recibir en su seno a una Turquía democrática.
Unos años después, en 2004, participé en una mesa redonda sobre la candidatura de Turquía a la Unión Europea; frente a un francés, colega y amigo, opuesto a tal entrada, me manifesté a favor del ingreso de Turquía, para ayudar, argumentaba yo, al gobierno islámico moderado y demócrata de Recep Tayyip Erdogan, que luchaba paso a paso para acabar con el poder detrás el trono: los militares. Recordaba una larga historia común, más allá de los conflictos militares, la presencia otomana en los Balcanes, llamados “Turquía de Europa”, hasta 1914; eso supondría un enriquecimiento mutuo, y la consolidación de la democracia.
El desmantelamiento exitoso del poder militar, guardián del régimen desde el establecimiento de la república en 1923, por el militar Atatürk, me confirmó en mis ideas, tanto más cuando progresistas y liberales de la élite intelectual turca apoyaban, de manera crítica, la llegada al poder del AKP, Partido de la Justicia y Democracia, de Erdogan. En 2009 las iniciativas del gobierno para resolver de manera pacífica el conflicto con los kurdos (un conflicto armado que había costado 40,000 vidas desde 1980), dieron más esperanzas todavía con el “Proyecto de Unidad Nacional y Hermandad” (vean el último número de Istor, el 70, dedicado al Kurdistán).
Luego, las cosas se echaron a perder con un Erdogan decidido a perpetuarse en el poder, cueste lo que cueste. El extraño golpe de Estado militar que fracasó en el verano de 2016 aceleró la evolución hacia el despotismo. El Estado ha liberado los presos comunes porque no cabían los 50,000 presos políticos, y Orhan Pamuk dice que se siente culpable porque no está en la cárcel: “No es algo mío, todos mis amigos intelectuales sienten lo mismo… La posición geográfica de Turquía es a la vez una posición filosófica” (entre Oriente y Occidente, aclaro yo) “influenciada por dos civilizaciones; los partidos políticos afirman que una civilización es buena y la otra mala. Nos encontramos en un gran momento, mal momento de la historia turca: Quizá el 50% de la población quiere acabar con el otro 50% y eso está relacionado con el modo de vivir, la cultura, los textos, la religión”.
Pamuk ha sido inculpado varias veces por haber pronunciado la palabra prohibida, “genocidio”, a propósito del exterminio de los armenios (1915-1922) y haber denunciado las masacres posteriores contra los kurdos. Lo salvó el premio Nobel. Condenó el putsch fracasado de 2016, pero subraya que le sirve al gobierno para callar toda disidencia. Habla de los presos políticos, en particular de Ahmet Sik, encarcelado hace diez años por un libro que señalaba la complicidad entre el partido de Erdogan y la “Corporación”, ese “Opus Dei musulmán” dirigido por el clérigo Fethullah Gülen, ahora autoexiliado en los EEUU; ahora lo han vuelto a encarcelar como cómplice de un Gülen acusado de haber fomentado el putsch: “Nuestro Estado lo puso en la cárcel por ser gülenista, cuando todo el mundo sabe que es por haber criticado valientemente a Erdogan.” En diciembre empezaron los grandes procesos contra cientos de universitarios acusados de “terrorismo” por haber pedido nuevas negociaciones de paz con los kurdos.

Jean Meyer, investigador del CIDE
Jean.meyer@cide.edu

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