La juventud no es futuro, es presente y con graves problemas

Oscar H. Paco Barrera, Recientes No hay comentarios en La juventud no es futuro, es presente y con graves problemas 77

Hoy escuchaba en un programa de radio el análisis que la pareja de conductores hacían con respecto al comportamiento de  nuestra juventud ¿Qué pasa con nuestra juventud? Expreso al cierre de la charla la conductora. Se quedó grabada la expresión en mi cerebro y durante algunos minutos reflexione al respecto. Hace unos años, en el sexenio Boursista, me tocó dentro de la secretaria de desarrollo social, conducir un programa orientado hacia las juventudes entre los 14 y los 22 años que llamamos “Jóvenes a su Encuentro”. Recorrimos el estado, particularmente los centros de estudios de bachillerato y fue una aleccionadora etapa. Allí entendí que no son los jóvenes el problema, al fin y al cabo como todo proceso, son productos mal acabados por una generación de padres sin las suficientes capacidades para serlo.

Es muy común escuchar los comparativos entre los jóvenes de hoy y los de ayer. Esto viene desde hace por lo menos veinte años y permanece la afirmación del “antes” sin remediar el ahora. La línea del antes, yo la ubico hasta los nacidos en los 60´s del siglo pasado. En el hogar imponía una autoridad máxima, el padre de familia y una intermedia, la madre. Debo aclarar que los grados máximos de estudio oscilaban sobre el segundo de secundaria, de tal forma que nuestros padres se encontraban entre las líneas de sexto de primaria y algunos apenas si terminaban la secundaria. El trato en la mayoría de los hogares era de usted hacia los padres y de usted para toda persona mayor que se cruzara en nuestro camino.

El medio de comunicación masivo era la radiodifusora. Las voces que entraban a nuestras casas eran sujetas de sanción por las autoridades del ramo. La expresión de los locutores era fina, puntual, exacta; sin términos medios o falsas interpretaciones y provenían de una difícil etapa de exámenes y pruebas sobre sus capacidades intelectuales y de dicción; eran famosos los mentados trámites para ser locutores.

La televisión no era parte del día a día, nos convocaba al deporte, las noticias y uno que otro programa cómico-musical; además de que no en todos los hogares había el aparato. La modalidad de periódicos, revistas e impresos—revistillas como lágrimas y risas, memin pingüin, Tawa, Supermán, Chanoc; Batman y Robin; El llanero solitario, etc—obligaban a la lectura. Yo leía del material de mi padre que eran las revistas Jueves de Excélsior y Siempre y el de mi madre las novelas de Corín Tellado y Selecciones de Reader Digest. Entre la raza rifaban el Policía, Alarma y Alerta y entre los deportistas, el Esto, Súper Hit y  Ring Mundial. Todos, niños, adultos, maduros y ancianos leíamos para estar enterados.

Un buen día, la televisión entro en las recamaras y las cocinas; fue adueñándose poco a poco de energías y nuevas costumbres. Los padres jóvenes encontramos cómodo entregar las voluntades de nuestros hijos a la televisión. Sábado y  domingo las caricaturas y el resto de la semana las telenovelas—academias de besos y caricias—y los programas cómicos de doble sentido. Nuestros hijos nos tutearon sin encontrar mayor obstáculo—mi única hija, me habla de usted y me gusta—las fiestecitas que nosotros tuvimos en la adolescencia y juventud eran vigiladas  por los padres de familia, con los negritos como música—eran aquellos acetatos de 5 o 6 canciones por cada lado, tamaño pizza—y refrescos. Las fiestas de nuestros hijos han sido libres y con cerveza, cigarrillos y bebidas más fuertes; con la encomienda: “¡nada más una, mucho cuidado”!

Una frase muy común entre los padres de mi generación, padres ahora de la más nueva; era querer darles a nuestros hijos lo que no tuvimos y empezamos por comprarles autos, aunque viejitos, pero traían carro. Muchas familias se lamentan ahora de la ausencia de alguno de los jóvenes que en su imprudencia natural de los pocos años, ocasionaron lamentables accidentes y se anticiparon en el final de sus días. Otros más, han quedado de muchos modos marcados por el mismo destino pero para cargar el resto de sus días con secuelas físicas o mentales por conducir o ir de pasajeros en una noche de bebidas.

Allí en ese punto se marcó la línea divisoria entre una generación y otra. Los padres perdimos la comunicación natural con los hijos y quisimos experimentar diciendo que éramos amigos. El respeto entre amigos es distinto al respeto entre padres e hijos y no lo entendimos. Quisimos ser iguales y no es cierto, no es posible. Ninguno que se diga buen padre quiere que sus hijos cometan los mismos errores que aquel consumó.  Nadie quiere para sus hijos que transiten en los mismos caminos pedregosos que alguna vez el otro transitó.

¿Qué pasa con los padres de estos jóvenes? Esa es mi pregunta contraria al que pasa con nuestra juventud. Los niveles de escolaridad son cada vez más altos afortunadamente, pero el conocimiento y propiedad de valores cada vez son más escasos desgraciadamente. Como recapitulamos en la vida de los miles de padres de familia que esperan que el gobierno y sus escuelas, además de educar a sus hijos les inyecten valores cuyo origen está en el hogar, en la familia, en el ejemplo ¿Cómo hacemos en ellos hoy que son adultos lo que debimos hacer en su niñez, adolescencia y juventud?

Si quieres cambiar a México leí en alguna parte, empieza el cambio contigo ¿Cómo le decimos al padre o madre de familia que sale en la mañana y regresa en la noche de su trabajo, que no está educando bien a sus hijos; si su prioridad es darles de comer? En verdad muy complicado, pero no imposible. La raíz está en la educación y en sus planes para hacerla efectiva. Bien vale la pena echarse un clavado sus sistemas y cambiar paradigmas, al fin y al cabo que romperlos no es malo, si son para nuevos rumbos.

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