Jesuita, Papa, Francisco

Jean Meyer, Recientes No hay comentarios en Jesuita, Papa, Francisco 23

Esas tres palabras forman un oxymoron, es decir algo imposible, como la alianza del fuego y del agua. No era una ley, sino un dicho que correspondía a una práctica: un jesuita no puede ser Papa, porque la Compañía es el ejército que protege al Papa, su guardia personal. Ya tenemos a un jesuita en la sucesión de Pedro. Jorge Mario Bergoglio, además de ser el primer jesuita Papa, y el primer latinoamericano Papa, tomó el nombre de Francisco, en referencia al poverello de Asís: ningún Papa jamás se llamó así. Una gran première ¿no? Tanto más grande que, hasta el concilio de Vaticano II, franciscanos y jesuitas, siguieron caminos muy diferentes. Francisco se había casado con la pobreza, y si bien Ignacio de Loyola lo admiraba mucho, sus herederos optaron por una estrategia muy diferente: educar a la élite, confesar a los dirigentes, en la esperanza (vana) de cristianizar a la sociedad desde arriba. Insisto, después del concilio, la Compañía hizo su autocrítica y se fue con los pobres, de modo que el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio se ganó el título de “obispo de Cartolandia” y se volvió una piedra en el zapato de los Kirchner.

Pasó más de un año desde que Benedicto XVI hizo su revolución, al abdicar y abrir el paso a Francisco. No hay ninguna ruptura de fondo con Benedicto, por lo tanto se vale preguntar, con Eugenio Scalfari, fundador del diario italiano La Repubblica, “¿El Papa Francisco encarna la primacia de una Iglesia pobre y pastoral sobre una Iglesia institucional y mundana?” Se ha topado en seguida con la resistencia del aparato romano y de grupos conservadores influyentes en todo el mundo católico. Pueden perdonarle que haya lavado los pies, en Jueves Santo, a unos presos que, contra la tradición, ni eran todos hombres, ni eran todos católicos: entre los presos, había varias jóvenes mujeres y una de ellas era musulmana.

Les duele más la reforma, todavía por venir, de la Curia y les preocupa que, al mes de tomar posesión, haya creado una comisión de ocho cardenales para reformar a la iglesia, y dos meses después, comisiones para las reformas de las estructuras económicas y bancarias del Vaticano.

Su método de gobierno se inspira claramente de la tradición jesuita: el consejo de los ocho cardenales repite la “consulta”, ese grupo de compañeros que rodea al Padre provincial para ayudarle a tomar decisiones después de libres discusiones. Cuando Francisco invita la Iglesia a salir de sus muros, precisa que no se trata de llenarla adentro de los muros, sino de tumbar las murallas para ir a las fronteras. Otra tradición de la Compañía, a veces olvidada, pero que nos remite al gran Mateo Ricci quien se hizo chino con los chinos, a nuestro José de Ortega  que se hizo cora con los coras. “Aíndiate, hijito”, le dijo la Virgen de Guadalupe.

En nuestra época de arrogancia, cuando todos buscan el estrellato, ese hombre habla quedito, no pretende tener la contestación a todas las preguntas, a todos los problemas. Habla de todas las situaciones, de la homosexualidad, del aborto, del divorcio, más recientemente del celibato sacerdotal. Se definió a sí mismo como “pecador”: “no es una figura de estilo, un género literario, soy pecador”, pero también como “listo”, como un zorro abusado. Por ejemplo, sabe adonde va en el caso de la reforma (por venir) de la Curia y de las finanzas vaticanas, y sabe como logarlo, sorteando las enormes dificultades del caso.

Ese principio de pontificado inquieta a los conservadores. Francisco representa algo nuevo que despierta muchas esperanzas, adentro y afuera de la Iglesia romana. “Con Francisco la unidad es más fácil”, dijo Joannis Zizioulas, Metropolitano de Pergamo. “La sinodalidad de la Iglesia es un dato esencial también para el Obispo de Roma.”

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