Humo

Joaquín Robles Linares, Recientes No hay comentarios en Humo 23

Maravillado recorrió sus salas, era la primera vez que el  laureado físico visitaba América del Sur, aún se conserva la foto.  Albert Einstein se encuentra parado en medio de personalidades cariocas de los años veinte, destaca su rostro agradable y casi risueño,  enfundado en un traje claro destacando su mirada interesada e infantil, todos con cuellos de pajarita, saco y corbata.

El Nobel aparece con las manos entrelazadas a su espalda,  el dorso ligeramente encorvado, observando de frente a la cámara, pelo gris y bigote negro.  Al año siguiente, otra celebridad de la ciencia también lo visitó, en este caso mujer y también premio Nobel, Marie Curie aparece sentada y sin ver a la cámara, a su lado la bióloga Berta Lutz; Curie con un gesto esquivo,  su mirada buscando otro horizonte, reflejando esa apasionada curiosidad del científico, al igual que en la foto con Einstein, detrás, el Museo Nacional de Brasil.

Hoy no son más que una evocación, casi 20 millones de objetos han desaparecido,  un incendio rabioso borró casi en su totalidad la memoria material que albergaba  el recinto, hoy el mundo entero lo lamenta, los periódicos reseñan la catástrofe, infinidad de voces sollozan y claman;  en el pueblo brasileño las muestras de dolor e impotencia son más que evidentes, la nación sudamericana se encuentra sumida en una abismal crisis política y económica,  después de esto lo que viene es todavía más grave, la ruina moral.

Durante décadas los presupuestos asignados a la institución fueron cada vez menores, y en esa figura recurrente en la que caen los gobiernos  de nuestros países para evadir responsabilidades, endosando sus obligaciones a otros y simulando una falsa nobleza, creando la vana ilusión  de que el Estado ha actuado en el beneficio de la cultura; la antigua mansión imperial brasileña cambió de manos.

El gobierno brasileño mañosamente  habían pasado la institución al amparo de la Universidad Federal de Brasil, cómo si las universidades de no tuvieran problemas entre educar y sobrevivir, cómo si los estados no tuvieran el deber insustituible de preservar, cómo si los países no tuvieran la tarea indispensable de cuidar la memoria de una nación.

Los apremios del museo se fueron acrecentando, salas  cerradas por falta de mantenimiento, furibundas termitas atacaban por todas partes con  una voracidad insaciable; insectos y fauna nociva tenían una presencia alarmante por todo el inmueble,  la falta de limpieza era perturbadora, las advertencias en relación a la conservación y el riesgo que se corría  eran una constante.

Los políticos de la  actualidad brasileña se ausentaron del   espacio, intuyendo el fundado temor de un reclamo inadecuado e insolente, demanda estridente que pusiera en evidencia el disimulo y la soberbia de los  funcionarios que dominan de las finanzas, sumando a esto el descuido y la incultura de una generación de políticos que se sumieron en la mediocridad.

Paradójicamente, en un lugar donde se resalta y se le rinde tributo al pasado el futuro se adelantó,  un fuego iracundo acabó con todo. Se dice que fue un corto circuito, otros aseguran que fue un globo aerostático en llamas que se posó en el centenario techo de madera, sin embargo, creo que eso fue secundario, lo que acabó con el museo y su acervo fue la ignorancia y la apatía de un gobierno y sus ciudadanos.

Nos queda la mirada de Einstein y Curie, recorriendo absortos  las salas perdidas, entre el humo y la cenizas de un museo olvidado.

 

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