Francisco Madero, nuestro hermano

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Madero, mártir de la democracia, fue víctima de los antimaderistas y de los maderistas también, porque fue calumniado, ridiculizado, incomprendido. Porque, si bien fue hombre de su época, al mismo tiempo anunciaba el porvenir y es lo que me empuja a llamarlo “nuestro hermano”. Anunció nuestra época de inquietudes metafísicas de crisis de las Iglesias, de cierta ruina o decadencia de los credos establecidos e institucionales. Hoy en día, todos nos convertimos en consumidores, deambulando en un supermercado espiritual, buscando lo que necesitamos, que creemos necesitar. Quien necesita rituales, busca rituales, quien necesita esoterismo o misterio, ángeles y mesías, busca esoterismo y misterio, encuentra ángeles y mesías; quien necesita de grandes muchedumbres, va a la Villa y a Chalma, al Zócalo y al Azteca, a peregrinaciones, conciertos de rock, encuentros de fútbol.

Buscamos también del lado de las filosofías orientales, muchos católicos practican tranquilamente yoga, o se vuelven vegetarianos o contemplativos al estilo oriental, hacen retiro a la India, a la Amazonia, en Australia, buscan alguna técnica de respiración en el Islám. En ese sentido, Madero fue futurista, más cercano al principio del siglo XXI que del siglo XX. Lo tildaron de loco porque era vegetariano, abstemio, no violento: un Gandhi antes de Gandhi, un hombre que no iba a las corridas de toros, leía los libros sagrados de la India y planeaba sentarse en la ribera del río Ganges, al terminar su mandato presidencial.

Su filiación espírita no lo distinguía de sus contemporáneos; en ese sentido, era un hombre de su tiempo. En la segunda mitad del siglo XIX y a principios del siglo XX, el espiritismo fue muy popular; respondía a la necesidad de buscar el contacto con los difuntos, nuestros seres queridos, o difuntos históricos de hace mucho tiempo. Víctor Hugo hacía girar mesas y entraba en contacto con su amada hija, trágicamente ahogada. Eso venía de Francia, no era cosa del subdesarrollo o de la provincia, era la vanguardia de la época y tuvo su apogeo a la hora de la revolución mexicana. Creo que no hubo, quizá con la sola excepción del general Obregón, un solo general, un solo político revolucionario, que no haya sido practicante del espiritismo. Plutarco Elías Calles, entre otros, como bien lo documentó Gutierre Tibón. Madero escribe bajo dictado de su hermano difunto, se entrevista con Benito Juárez.

Volviendo al tema de la religión, Madero es muy moderno en su búsqueda individual; no reniega de su formación, ni de su familia, ni de su educación con los jesuitas. Criado como católico tradicional, se aleja de la Iglesia por su pesimismo, rigorismo, puritanismo, ese puritanismo muy de la época, que no es propio del catolicismo, que encontramos en los protestantismos y hasta con Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis. Al alejarse de la Iglesia católica, sin entrar en alguna otra, nunca renegó de Cristo y de los Evangelios. Tiene algo de Tolstoi, sin los tormentos y sufrimientos de aquel titán. Como una abeja, Francisco encuentra su miel en todas las flores, en Tolstoi, en los libros sagrados de la India, en las Florecillas de otro Francisco, el pequeño pobre de Asís, su modelo en la vida cotidiana.

Le perdonan a Tolstoi, una gloria mundial, pero a Francisco, siendo hijo de una de las familias más ricas del país, pretenden ajustar su vida de cada día con sus creencias y convicciones morales. Durante años, duerme en un catre; sí es vegetariano, es que no se le hace normal comer demasiado y comer alimentos que no alcanzan los peones de su hacienda. Sabemos, por su correspondencia y los libros de cuentas de la hacienda, que Madero se preocupaba mucho por la vida material de sus trabajadores. Encuentro mucha congruencia entre sus convicciones y su vida. En ese sentido, lo considero un hermano mayor que nos enseña muchas cosas y nos da el buen ejemplo.

Tenemos de Madero una visión deformada, incompleta que no corresponde a la realidad histórica. No es cierto que perdió por “ingenuo, inocente, bienaventurado”. Pero eso es otra historia.

Jean.meyer@cide.edu

 

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