Fracasos nacionales

Joaquín Robles Linares, Recientes No hay comentarios en Fracasos nacionales 35

Vivimos en un país donde la urgencia se transforma en forma de vida, y esta premura convive placenteramente con la más desesperante pachorra, nación en la cual los propósitos más nobles e imprescindibles, se estrellan contra la ineludible realidad.

País en el que la verborrea insustancial sustituye a la reflexión ilustrada, donde las decisiones trascendentales se intentan trasladar a una multitud desinformada, ahondando el siniestro nacional, y como si fuera el más disparatado delirio del teatro del absurdo, la responsabilidad se evade sin ninguna consecuencia.

Todos aquellos que hemos pasado por alguna instrucción profesional, nos han adiestrado a tomar de decisiones, equilibrar riesgos y resultados, desde un profesional de la medicina hasta un ingeniero, pasando por un dramaturgo o un músico profesional.

Me hubiera gustado escuchar la respuesta de Carlos Fuentes, si en aquellos años de novel escritor, le hubieran propuesto que su novela Aura, se hubiese sometido a la aprobación de la asamblea social, para ver si seguía una ruta editorial o se le devolvía el texto.

O a Octavio Paz, con su Laberinto de la Soledad, que se hubiera pedido la opinión a mano alzada a una muchedumbre con niveles escasos de preparación, para que fuera editado o se le regresara, y así, mejor se dedicara a otra actividad.

Lo seguro es que el premio Nobel mexicano, o en el caso hipotético de Fuentes, ni en sus más febriles episodios literarios imaginaron que tal cosa pudiese suceder.

En cualquier tema tenemos que afrontar la responsabilidad de decidir, de tomar partido o estar del lado de una determinación, sea ésta incómoda o que afronte riesgos, las consecuencias son siempre para aquel que las toma, pero con una salvedad, se le podrá acusar de todo, de haberse equivocado o no haber sido certero, pero nunca de medroso.

La actividad política actual lleva el riego de la desaprobación instantánea, magnificada por la infinidad de voces mediáticas o cibernéticas, después la ira irracional de las redes sociales, esto es una aberración actual; una especie de secuestro virtual por el peligro latente de ser linchado o sacrificado en la plaza pública.

Vivimos la tiranía de la opinión y la vociferante, anónima e inquisidora venganza de las llamadas Redes Sociales, ejemplo moderno de alienación y desinformación masiva.

El político actual tiene que superar esta condición, no se puede gobernar para ser siempre popular o simpático, ni tomar las decisiones en función del humor social, o apuntalarse en una encuesta y estudios de opinión eternamente.

La realidad y la vida misma son mucho más complejas que la vida virtual que da Facebook o Twitter, e infinitamente más complicadas que un estudio estadístico para medir la aprobación.

Ejercicio siempre limitado a un número representativo, sin embargo lo más importante, estas prácticas nunca calculan el impacto futuro de una acción de gobierno, viven la inmediatez, no es lo mismo vender jabones que poner en práctica Políticas Públicas.

Si hay corrupción con el NAIM que se castigue sin miramientos, todos vamos a apoyar los correctivos, pero que no se cancele una oportunidad estatal por el simple halago a las masas. Si algo hay de criticable en esta generación que nos trajo la democracia mexicana, es su falta de grandeza, nunca reconocer aciertos, pero también tristemente jamás enmendar errores.

En política, el arribo al fracaso siempre pasa por el éxito.

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