El reto de ser madre

María Emma Freaner Figueroa, Recientes No hay comentarios en El reto de ser madre 35

Como madre solo necesité nueve meses para gestar cada hijo en la carne. Invertí años y años de desvelos, preocupaciones y dedicación para formar su espíritu. Caminé a su lado hasta que se hicieron hombres. Sufrí cuando tuve que dejarlos volar en busca de su destino, y el resto del tiempo he vivido y vivo añorando su compañía. Sin embargo, puedo asegurar que ser madre es la experiencia más maravillosa que he vivido.

Poco a poco me he ido desprendiendo de aquellas pequeñas cosas que en su momento tuvieron gran importancia por su significado. Les regalé a mis hijos los álbumes de trabajo que hacían en el kínder y las medallas que ganaron jugando futbol con los equipos del colegio. Ellos por su cuenta, al abandonar el hogar paterno, ya se habían llevado sus respectivos recuerdos como diplomas, libros, discos, algunas fotos y los anuarios del colegio.

Tiré a la basura los brazaletes de identificación que en el hospital les pusieron al nacer, ricitos de sus cabellos, un sobre con los dientes de leche que se les cayeron al mudar, así como dibujos, tarjetas del 10 de Mayo hechas con sus manitas, cartas a Santa, etcétera. Sólo me he quedado con algunas fotos y muchos recuerdos de lo que fue para mí -criada en una familia donde predominaban las mujeres- ser parte de otra integrada solo por varones.

Los niños empezaron a llegar alegrando el hogar. Cada uno con diferente carácter y capacidad de manipulación. Fueron pasando de tiernos bebés a pequeños tiranos que competían por las atenciones de sus padres y trataban de lograr lo que querían con llanto, berrinches, sonrisas y gracias. Pronto supieron qué les surtía mejor efecto. Era un reto tratar de estar un paso adelante de ellos. A veces ganábamos nosotros, las más de las veces ellos. Su capacidad de aliarse siempre fue asombrosa.

Debido a las diferentes edades, las exigencias de disciplina también eran diferentes. Empezaron a crecer y tres niños se volvieron legión al unírseles primos y amigos que corrían y jugaban en parvada, los más pequeños en la casa y los mayores en los muchos baldíos entonces había en el barrio. En estas ocasiones tenía que multiplicarme para cuidar a los de dentro, y hacer rondas cada media hora para ver que hacían los de fuera.
Pero no importó qué tanto los vigilara, ya que de alguna manera de las arreglaban para hacer sus diabluras, y muchas veces tuve que ir a tocar puertas de los vecinos, con un hijo de la mano, para que pidiera disculpas por alguna fechoría cometida. Ya de adultos me han platicado infinidad de travesuras y diabluras que hicieron, y que yo ignoraba, cuando se juntaban “los del barrio” como decían ellos, o sea los Ibarra, los Ruibal, los Solís, los Burquez, más los Romo.

Esta casa siempre fue siempre una casa de hombres. Poco a poco se acabaron las curiosidades y las figuras de porcelana. ¿Sabe usted? Todas se suicidaron. Sucedía que cuando tratabas de levantarlas para sacudirlas o cambiarlas de lugar se deshacían. Las habían quebrado y luego se las ingeniaban para volver a armarlas y que quedaran de pie hasta que alguien necesitara tocarlas. Imposible saber quien había sido, se cubrían las espaldas y ponían cara de inocencia.
A veces discutían y peleaban. Cansada de oírlos y sabiendo que a nada me llevarían las indagaciones y averiguaciones previas, tratando de hacer justicia y poner orden, implementé el sistema del 3-2-1. Cada vez que se armaba la molotera y que por supuesto nadie se declaraba culpable, cogía uno de aquellos tramos de pistas color naranja que armaban para jugar a los carritos y ejecutaba el castigo, 3 chicotazos con pista al mayor, dos al de en medio y uno al menor. En algunas ocasiones hasta las visitas se llevaron su ración. ¿La psicología? No se usaba ni se necesitaba.

El 3-2-1 tenía su justificación ya que cuando actuaban en conjunto, el mayor (el líder) urdía la diablura, el de en medio (el intelectual) desarrollaba la estrategia y luego mandaban al más chico a realizarla, y éste era siete años y medio menor que el primero, poco más de tres que el segundo y aún no tenía malicia para darse cuenta de la manipulación de sus hermanos.
La televisión siempre se vio en familia como una forma de convivencia. Veía junto con ellos los juegos de los equipos de futbol soccer, las temporadas de futbol americano, el beisbol de grandes ligas y el de la liga del Pacífico, los juegos de básquet profesional y estudiantil y a veces hasta carreras de autos. En aquel entonces hasta los nombres de los jugadores más destacados me aprendí.
Otra manera de convivir era la música. Se viajaba a ritmo de rock o de lo que estuviera de moda. La casa siempre estaba llena de amigos que venían a oír música. En la época de los reinados del colegio aquí se escogían y grababan las canciones para las presentaciones de las candidatas, se pintaban las mantas promocionales de la candidata que apoyaban y en los ‘rallies’ me sentaba junto al teléfono por si se les ofrecía que buscara alguna respuesta en la enciclopedia (no existían las computadoras caseras y menos los celulares) algún dato para completar los resultados. La casa siempre estaba disponible para las “juntadas”. Yo prefería tenerlos cerca, donde pudiera vigilarlos, que andar averiguado donde andaban.

La adolescencia del mayor fue como tratar de hacer un doctorado sin haber cursado la carrera. De carácter extrovertido e intenso, era agotador tratar de seguirle el paso. El segundo fue más tranquilo porque su carácter y sus intereses eran muy diferentes. Leía, dibujaba, hacía caricaturas con letreros en inglés idioma que aprendió a muy temprana edad, y se entretenía la mayor parte dentro de la casa. Cuando salía, lo hacía con un grupo de amigos muy semejantes a él.

Para cuando el tercero llegó a la adolescencia, yo ya había adquirido experiencia, y no sólo no me escandalizaba sino que consideraba como normales, para esa edad, todas las tarugadas que normalmente cometen los jovencitos en esos años, solo había que vigilar que no se pasara de la raya. Con la experiencia adquirida al convivir con sus hermanos, se sabía todos los trucos para salirse con la suya, y cuando no lo lograba, utilizaba un complicado sistema de su propia invención: “Si no puedes convencerlos, confúndelos”
La casa se llenó de alegría cuando empezaron a venir acompañados de las muchachas que pretendían. ¡Al fin niñas en la casa! No importaba qué tan jóvenes estuvieran, yo las recibía como si fueran las “definitivas”. Me encariñaba con ellas y sufría cuando se acababa la relación. La felicidad fue completa cuando se casaron, y de esa manera no solo tuve hijas, sino también hermosos nietos que han sido mi alegría.

Dicen que hay un vínculo especial entre la madre y el mayor de sus hijos. Si acaso existe, quizá sea por el sentimiento de culpa al reconocer que con él hicimos todos los experimentos de prueba y error que necesitamos para aprender a ser madres. Fueron bebés cuando no teníamos ni idea de cómo cuidarlos. Fueron adolecentes sin que nos hubiéramos formado aún para acompañarlos. Salieron adelante porque de alguna manera nuestro amor compensó todas nuestras deficiencias, y porque sabían que podían contar con nosotros incondicionalmente. Sé que ahora que se enfrentan al reto de ser padres, aprecian mejor lo que nosotros hicimos por ellos.

No es fácil el papel de madre. Toda mujer lo sabe. Asumirlo implica poner a los hijos y sus necesidades por encima de las nuestras, cuando están en su infancia. Guiarlos durante su juventud, formarlos en los valores morales y académicos, y acompañarlos en su proceso de despertar a la vida e insertarse en ella. Y cuando sentimos que al fin lo hemos logrado, llega el momento de dejarlos ir.

Mas nunca se van por completo, en todos los rincones de la casa quedan los ecos de sus risas, y en nuestra mente los miles de recuerdos. Cada mañana, al despertarme, pienso en ellos y pido al Señor que los cuide y acompañe en el transcurso del día. Y por las noches, antes de dormirme, hago un recorrido mental por sus hogares, y puedo verlos en mi imaginación, rodeados de sus familias, como si estuviera allí presente, para darles las buenas noches… y entonces agradezco a Dios por el tiempo que me los prestó…
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María Emma Freaner Figueroa

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