De personas, transiciones y tensiones

Bulmaro Pacheco Moreno, Recientes No hay comentarios en De personas, transiciones y tensiones 19

Bernardino trabajó muy duro para llegar primero a regidor del ayuntamiento. Después escaló a diputado y luego fue electo presidente municipal de su pueblo, donde realizó un trabajo medianamente aceptado por la población. A pesar de su corta edad, no fue innovador ni tampoco arrojado en la toma de decisiones políticas y administrativas… “Vació su vino nuevo, en odres viejos”, decían de él. Dejó crecer los problemas y minimizó el combate a las fuerzas del hampa, que se adueñaron de una parte de su municipio. Se dejó llevar por el glamour del ejercicio del poder en aras de la tan cacareada autonomía municipal, para no tomar las decisiones fundamentales y dejar que las cosas corrieran por cuenta de los otros niveles de gobierno. Las cosas entonces, no le salieron como él quería.

A pesar de su juventud, lo invadió y lo copó un ejercicio tradicional de la administración, tratando de no alterar las aguas ni de afectar intereses, creyendo que con ello aseguraría apoyos importantes para su carrera. Quizá su pecado mayor fue haberse entregado a grupos de poder, que lo utilizaron para toda serie de actos políticos y administrativos –en beneficio del mismo grupo y no de la población que gobernó–. Pagó caro el no haber ejercido sus libertades y plegarse a los intereses de grupo. No tenía ninguna necesidad, porque había ganado por amplio margen en las elecciones. ¿Qué pensaba? ¿que lo iban a defender en caso de incurrir en faltas por ser el objeto de ataques políticos que amenazaran su carrera? ¿Ingenuidad plena? Así fue, al parecer.

Ahora entiende que solo lo utilizaron en beneficio de los intereses de grupo y que no la pensaron mucho para desecharlo y hacerlo a un lado sin ninguna consideración. Sin vacilaciones le aplicaron la sobada consigna de “Muera el rey, viva el rey”, y el grupo de poder que antes lo protegió se dedicó a negociar con su sucesor en el cargo. Pero eso sí, utilizaron su carrera política para acrecentar el poder del grupo, y sus ‘apoyadores’ no se midieron en afectar a la población en aras del interés privado, mediante prácticas muy sobadas en materia de manipulación política, operaciones de compraventa, e inversiones diversas con dedicatoria, utilizando el poder municipal.

Ahora, solo, aislado y abandonado, pulula por los diversos ambientes políticos buscando explicaciones a su tragedia. El pueblo no le perdona sus omisiones y excesos —porque además fueron muy obvios—, con un sorpresivo y abultado patrimonio económico y una riqueza personal muy visible, y no halla por donde volverse a conectar a proyectos políticos de buen nivel; los que realmente le llenan sus expectativas, después de haber probado en otros terrenos.

No se sabe a ciencia cierta si su formación le dé para procesar el drama humano de la exclusión y la marginación política que está padeciendo, por cuestiones de moral pública y no por sus ideas políticas o proyectos a favor de la gente, como originalmente pensaba cuando se inició en esa compleja y procelosa carrera política. El tiempo lo dirá.

Demetrio ganó bien y se pensaba que su estrella política volaría alto porque era su primer cargo público de elección popular. Mucha energía, mucho ánimo y con mucha gente esperanzada en su carrera y en su triunfo. Muy joven también. Sus seguidores no dudaban en ponerlo de ejemplo como uno de los exponentes de las nuevas generaciones en política; “esas que le van a cambiar la cara a la política ejercida hasta ahora”, decían. “Más jóvenes, más completos y con mejores intenciones que los anteriores”, remataban.

Tenía tiempo aspirando a llegar al gobierno de su pueblo.

De familia política, no tardó en adentrase en los problemas del municipio y supo manejar y vender soluciones y propuestas en el papel, con habilidad para presentarse como un auténtico reformador e impulsor de los cambios que la gente esperaba. No sabía Demetrio que la política —por los siglos de los siglos—ha sido y es una lucha diaria contra la realidad, y que si el político no lo registra así o trata de crear su propia realidad, más imaginaria y más cercana a sus ambiciones e intereses, esa realidad acaba por cercarlo y frustrar sus planes, por más ambiciosos que estos sean. “Solo se puede hablar de política si se mantiene una mirada fría sobre la historia” (Bobbio). No hay ninguna duda de esto.

Los problemas vendrían después. Tampoco —a pesar de su juventud— tomó decisiones audaces y revolucionarias al llegar al cargo. Al contrario. Se plegó a los intereses tradicionales y gobernó para grupos, desentendiéndose de las mayorías que lo llevaron al poder. Muy afecto a las redes sociales —y a tomarse fotos con políticos importantes—, la gente se daba cuenta de cuanto hacía fuera del horario de trabajo, y los problemas lo fueron abrumando, dejando de lado lo fundamental por lo accesorio. El pueblo empezó a juzgarlo, y no tardó en aparecer masivamente el desencanto con su persona y con su obra. A la siguiente ronda ya no le fue bien en política y no tardó en desaparecer del mapa. Todo lo que ofrecía y prometía se esfumó de un plumazo, como si su aventura política hubiera sido parte de una rifa o de un golpe de suerte.

¿Que le pasó? ¿Se desencantó porque la política no era lo que él esperaba o las cosas no eran como él pensaba que eran?

Manuel tenía una carrera más completa e igual de meteórica que los anteriores. Había escalado ininterrumpidamente cargos públicos, tanto de elección popular como administrativos. Imparable, iba de cargo en cargo sin mayores preocupaciones. Como miembro de un grupo económico con fuerza política, no tenía de qué preocuparse. El grupo se encargaba de todo y él nada más obedecía y se plegaba a los intereses que ese grupo representaba. Lo adoptaron muy joven y no tardaron en recomendarlo y financiarlo bien, con gente relacionada que le podía ayudar en su proyecto.

La gente cercana le advertía: “Termina tus responsabilidades”, no quieras saltar de un cargo a otro sin amarrar bien tus obligaciones”. No hacía caso. Se dejó llevar por el torrente de la fama y lo que su círculo cercano le decía. “Tú puedes”, “Tú debes”, “Tú eres”. “No hay otro”. Vinieron los tropezones y los desencantos. Le pidieron más de lo que podía dar y más de uno de los miembros del grupo de presión, trató de excederse en sus pretensiones hacia sus posibilidades. En dos ocasiones le fallaron los cálculos y sus adversarios políticos dieron cuenta de él. Supo ser discreto y se retiró. No tardó mucho en que el mundo se le viniera encima cuando trataron de aniquilarlo y borrarlo del mapa.

Como de costumbre y de acuerdo a la experiencia, el grupo de interés lo dejó solo, le dio la espalda y lo abandonó. “Eran muchos los intereses creados y afectados con su derrota, como para meter las manos a la lumbre por él”, decía uno del grupo. Y le fallaron, otra vez el consabido “Muera el Rey Viva el Rey” sin ningún rubor. Retirado de la actividad ahora tratar de procesar su drama y entender lo que le pasó. Pasará algún tiempo antes de que se recupere.

¿Que pasó con esa joven generación política que juraba que se iba a comer el mundo a puños? ¿Dónde estuvo la falla?

Quizá estuvo en la manera de entender la política y desde luego, su desenfrenada creencia de que el éxito en política solo significa saltar de un cargo a otro para el disfrute del poder y sus privilegios sin ideas, ni compromisos con la gente. Se deslumbraron y al parecer se olvidaron de ejercer sus libertades. Creyeron ciegamente en la pertenencia a un grupo y fue esa la única vía que utilizaron para escalar. No se formaron en el campo de batalla de las ideas ni en el de los compromisos sociales. Prefirieron abdicar de sus libertades para plegarse cómodamente en los intereses creados. Nunca mostraron causas—de tipo político, social, cultural o humanitario—, reales por las cuales luchar políticamente; Solo buscar el poder por el poder, era lo que les movía. No había otro fin superior, más que ese.

Creyeron que con las nuevas corrientes de autoayuda (Self-help) llenaban el vacío de ideas, que con las nuevas tecnologías de comunicación sustituían el contacto con la gente a decir de Viroli: “en un momento como el actual, tan pobre de ideales políticos capaces de mantener el compromiso cívico” y pensaron que el plegarse a los intereses de grupo los salvaría de las eventualidades de la complicada carrera política, porque decidieron que para escalar en esa acompleja actividad era preferible subir en elevador que por las escaleras. Lo que no sabían es que casi siempre quien en política sube en elevador… También baja en elevador.

Que las festividades navideñas les ayuden a pensar y a replantear sus planes y a rediseñar proyectos a futuro pensando que en la vida no todo es la lucha por el poder. Ya lo decía Winston Churchill siguiendo a Charles Talleyrand; “que la política es más peligrosa que la guerra, porque en la guerra solo se muere una vez, y en la política… varias”. Tenían razón.

bulmarop@gmail.com

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