China nos importa

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Por muchas razones. La primera es buena, muy buena, y es que en los últimos cinco años el salario mínimo ha duplicado en este gran país. Si he de creer el China’s Economic Rise, CRS Report, de febrero de 2014, alcanza los 300 dólares al mes en Shanghai, o sea más que en Rumania y Bulgaria (200 U$). La misma fuente precisa que el obrero chino ganaba en 2000 la tercera parte de lo que su colega mexicano y que ahora gana 50% más que él. Es una buena noticia para los trabajadores chinos y también para nuestra economía, puesto que la competencia china va a ser menos ruda. La evolución demográfica, con el descenso fuertísimo de los nacimientos, explica que una mano de obra menos abundante puede pelear mejores salarios. Recientemente, una huelga de treinta mil trabajadores en el sector del zapato deportivo, duró quince días por el no pago de prestaciones sociales: en lugar de mandar el ejército, el gobierno les dio la razón; de la misma manera, para calmar la agitación obrera, los empresarios de Shanghai acaban de subir en 21% el salario horario mínimo.

La otra buena noticia es que, por primera vez, el gobierno chino reconoce la seriedad de la crisis ambiental que ha vuelto irrespirable el aire en las grandes ciudades y provocado una inmensa nube de contaminantes que pasea sobre todo el país y allende de las fronteras. Le preocupa también el avance de la desertificación en el Norte, la que periódicamente cubre Beizhing con una nube de arena. Uno de los problemas es que la industria nacional emplea masivamente al carbón como fuente de energía, de modo que el nivel de las emisiones tóxicas de China es el doble del nivel de por si malo de los EEUU. El otro, señalado hace tiempo por Ugo Pipitone es que el crecimiento, algo positivo, de la clase media china significa un crecimiento exponencial del parque automóvil.

Las malas noticias se encuentran en el dominio de las relaciones de China con sus vecinos. Desde el año pasado, los conflictos territoriales en el mar de China se han agudizado al grado de que suenan los tambores de guerra. No digo que haya guerra a corto plazo, pero la disputa sobre la extensión de las aguas territoriales (o no) incluye además de Beizhing, Japón, Corea del Sur, Filipinas, Taiwán y Vietnam. Uno puede decir que no hay que tomar en serio pleitos por unas rocas perdidas en medio del mar. Sería un craso error y nadie puede excluir una grave escalada después de pequeños incidentes tales como el arresto de pescadores o una bandera plantada sobre una isla deshabitada.

Las ambiciones marítimas anunciadas por Beizhing han elevado la tensión y  ahora Japón se planta como alternativa ante el poderío militar chino, mientras que Washington afirma que China es la responsable, a lo cual el gobierno chino responde acusando a EEUU y Japón de ser los provocadores.  En mayo, la tensión con Vietnam llevó a una ola de violencias contra quince fábricas chinas en los parques industriales de Saigón, todo porque Beizhing había trasladado una plataforma petrolera en una zona marítima que Vietnam considera como suya. Hidrocarburos y consideraciones estratégicas explican la conducta de todas las partes en conflicto y eso resulta en una mezcla explosiva.

Barry Sautman, de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong, apunta que “China es ahora más firme en sus disputas porque tiene una Armada más poderosa” (El País, 15 de mayo 2014). Los EEUU apoyan oficialmente a Japón en el pleito sobre los islotes Senkaku (palabra japonesa), Diaoyu (en chino). En conjunto, la situación es preocupante, incluso si uno no comparte las profecías apocalípticas del coronel retirado Lawrence Wilkerson, antiguo oficial mayor del Secretario de Estado Colin Powell, quien advierte: “La guerra nuclear ocurrirá en Asia”.

 jean.meyer@cide.edu

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