César Larrínaga y el Huatabampo que resiste (III)

Bulmaro Pacheco Moreno, Recientes No hay comentarios en César Larrínaga y el Huatabampo que resiste (III) 37

¿En qué pensaría el joven Eugenio Larrínaga Bilbao, cuando a los 24 años abordaba —como polizón, sin permiso, ni contrato de trabajo preestablecido— el vapor Lafcomo, en el puerto de Bilbao en el Cantábrico, con destino a América, a finales de 1917?

 

Con arrojo y decisión, el joven nacido allá de origen Vasco, en 1893, lo hizo para iniciar una larga travesía hacia México por el Océano Atlántico buscando una nueva vida ante las condiciones de pobreza y atraso en las que vivía juntos a sus padres; Eugenio y Norberta.

 

Larrínaga (apellido de origen vasco que significa lugar donde está la plazoleta, o era ‘larrin’: plazoleta y ‘aga’: lugar) Bilbao sobrevivió a duras penas la travesía de tres semanas que los buques de vapor —ya mejor equipados para las largas distancias— hacían entre España y América, en el caso de Eugenio, con destino al puerto de Galveston, Texas.

 

Eugenio viajó en las bodegas del carguero y fue poco lo que logró introducir en un viejo bolsón de lona que le sirvió como único equipaje, donde lo mismo figuraban algunas latas de sardinas y de carne, así como galletas y pan duro, una navaja, dos cambios de ropa, zapatos viejos y poco dinero para sortear las eventualidades del viaje.

 

Al acabarse la comida, poco antes de llegar a su destino, no le quedó más que alimentarse con harina y agua que iba en las bodegas, no había de otra. Así aguantó hasta desembarcar en Galveston y eludir las preguntas de los agentes de migración para trasladarse de inmediato en el vapor Cristóbal Colón hacia Tampico, y después a Chihuahua para llegar a Sonora, orientado hacia la región del Mayo por la fama de los niveles de producción de buen garbanzo (el Cónsul de México en Bilbao, Gustavo P. Gaxiola, informaba entonces, sobre la producción anual de 230 mil sacos (de 100 kilos) en la región del Mayo, y de mucho consumo en España; “debido a su excelente calidad, agradable sabor, blancura y rápido cocimiento, cualidades que no tienen los garbanzos de otros países”). Su primer trabajo fue como chofer de un agente español que buscaba cosechas en el Mayo. No tardó en relacionarse.

 

Se casó con Rafaela Gastélum Avilés (1895-1976), hija de Fernando Gastélum y Francisca Avilés (1872-1970), oriundos de Agiabampo pero ya por entonces residentes de Huatabampo, dedicados al negocio de la panadería. A doña Rafaela y su marido les tocaría el final del auge del puerto de Agiabampo, que era la salida natural de la producción minera de Álamos; pero la crisis de la minería —por la falta de leña y por la caída de los precios de la plata— provocaron la migración masiva al valle agrícola.

 

Eugenio construyó su casa por la Avenida Juárez, donde todavía se observa la estructura original —ahora convertida en oficina—. Después llegarían los hijos: Alicia (1922), Yolanda (1924), Eugenio (1926), Ítalo (1928), César (1930), Rogelio (1932) y Englantina (1933). Sembraba en Huatabampo y completaba sus ingresos viajando a sembrar tomate a Estación Naranjo, Sinaloa. Su negocio se anunciaba como “Productor y Exportador de Legumbres y Cereales”. Educó a sus hijos con las herramientas elementales de la época.

 

César, por ejemplo, se formó con Carmelita Otero, Carmen Maymuni y Graciela Salazar. Después de la primaria se trasladó a los 14 años a Hermosillo, a la Escuela Comercial H. Aja, de donde egresó como “tenedor de libros” y “corresponsal en español”, con diplomas firmados por el gobernador Abelardo L. Rodríguez y el secretario de Gobierno Horacio Sobarzo, el 19 de junio de 1946. Entre 1947 y 1949 César fue enviado a estudiar a la Brown Military Academy de San Diego, California, afiliada a West Point. Una especie de “military preparatoria school”. “Mi papá quería que aprendiéramos inglés para que le facilitáramos los viajes a los Estados Unidos”, dice.

 

Porque Don Eugenio padre, vivió pensando en regresar a ver a su familia en España y solo pudo hacerlo —una vez— a finales de los cuarenta, en avión y con muchas escalas, para asistir a la tierra que había dejado casi 30 años atrás, a los funerales de su madre Norberta. Le compró 400 hectáreas a Ignacio Ruiz Rábago, a un lado de la hacienda Fuente Sauco, para ampliar la superficie sembrada en sociedad con José Planagumá. Empezaron con algodón, y les fue bien.

 

Sin embargo, las frecuentes inundaciones del pueblo, coronadas por la histórica “creciente de 1949” —y con los daños que le causó a la región—, motivaron a Don Eugenio enviar a dos de sus hijos (César y Eugenio) a buscar tierras más seguras en Hermosillo, orientados por Patricio Estévez padre, amigo de la familia. No tardaron en ubicar y comprar 400 hectáreas en la costa, a 100 pesos cada una, más 30 por el desmonte. De inmediato  Eugenio y César se dieron a la tarea de sembrar trigo, linaza y algodón, con relativo éxito. Así empezaron allá.

 

La presa del Mocúzari inició en marzo de 1959, algo que no le tocó a Don Eugenio, ya que murió de cáncer en junio de 1952. “Su muerte nos dejó mucha tristeza, pero también nos heredó grandes enseñanzas en el trabajo y en la vida”, dice César con un dejo de nostalgia.

 

En su lápida del viejo panteón, versa el epitafio: “Para el mundo has muerto, para los tuyos vivirás siempre”. La sentida expresión tenía base. Su hijo César recuerda la férrea disciplina con la que los educó. Les inculcó valores como la austeridad y la responsabilidad, el gusto por el trabajo, honradez y humildad para valorar los éxitos y prepararse para enfrentar las  adversidades. ¿Pensaría alguna vez aquél polizón que cruzó el océano sin mayores recursos que su voluntad, que podría formar triunfadores? Porque César y sus hermanos combinaron siempre los estudios con el trabajo agrícola: “Nos tocó desde muy chicos plantar garbanzo, tomate y sembrar trigo; Eugenio, Ítalo y yo”, dice. “Mucho trabajo con poca maquinaria y caminos de terracería”.

 

César se casa en agosto de 1955 con Bertha Alicia Ruiz Terrazas, en la iglesia vieja del pueblo, que por entonces dirigía el padre Mateo Dyereux. Empezó a construir su casa en 1951, la misma donde ha vivido por más de 60 años. Nacen sus hijos: César, Lourdes, Jorge Mario, Ana Lucía, Aldo y Rocío. También, dice, formados en valores: “Ningún problema con su formación y crecimiento; al contrario”.

 

Como empresario agrícola exitoso, cuyo primer carro fue una camioneta Ford 1956, nunca eludió la participación social en beneficio de la comunidad. Fue miembro fundador del Club de Leones, cuando este club gestionaba escuelas y diversas obras sociales. Fue fundador y socio activo de la Unión de Crédito Agrícola y de la Asociación de Legumbreros, impulsor del Colegio Sonora en 1965, de la IASSSA y del proyecto Yavaros Industrial.

 

–¿Y la política, César?

–La viví de cerca; pero sin emocionarme mucho.

“En la elección de 1973 me buscaron de Hermosillo para sondear mi interés por ser presidente municipal. Mi hermano Rogelio —que había llegado a Hermosillo en 1950— se casó con Guadalupe Cubillas Corral  hermana de Manuel su cuñado, influyente con el candidato al gobierno estatal Carlos Armando Biébrich, que fue informado sobre esa posibilidad y les recomendó preguntarme. No acepté en principio… No soy político, les dije… Pero después, motivado por Rogelio y por recomendación de Biébrich, acepté ser candidato a regidor —sin cobrar sueldo— en la planilla de quien era nuestro contador, Manuel Castro Téllez”. “En otra ocasión, Roberto Rosas —gran amigo y compañero de generación— me invitó a participar también en su planilla como regidor, (1982-1985) e igual que él, acepté sin cobrar sueldo”.

 

Al haber sembrado los principales productos de la región e incursionado por 40 años en la porcicultura y haber hecho frente a todo tipo de crisis, desde las económicas a las climáticas, Don César no se ha resistido a la modernidad, la innovación y al cambio en la actividad a la que ha dedicado toda su vida- Con sus tres hijos varones, ha consolidado una exitosa empresa de productos orgánicos de exportación: Agropecuaria ALCEMA (Aldo, César Mario), que mediante importantes inversiones en procesos y tecnología, ha logrado generar más de 700 empleos permanentes la mayor parte del año, principalmente para mujeres de tres municipios. Producen apio, calabaza, col, cebolla, chile, tomate y otros productos para Japón, Italia y Estados Unidos. Una empresa con modernos equipos, pero también con innovaciones en mercadeo y producción.

 

César Larrínaga representa a sus 89 años un personaje importante del Huatabampo que resiste, mediante un fuerte arraigo a la cultura del esfuerzo personal y familiar y una sólida convicción para impulsar valores, como el trabajo y la honradez. Pocos así. También profesa una gran confianza en el potencial humano regional, buscando hacer crecer la economía en uno de los municipios con los más altos índices de desempleo crónico.

 

Como un hombre que partió de cero y que no nació con la vida resuelta, ha optado siempre por la humildad y un estilo de vida modesto, sencillo y sin protagonismos, que se refleja en su manera de vestir y conducirse. Amante de la conversación, el café y el Whisky con amigos, cambia de carro —que él mismo maneja— cada 8 años y confiesa estar bien con Dios, con la familia de 6 hijos y 17 nietos, la salud… y el fisco, dice, sonriendo, y dándole un pequeño sorbo a su café.

 

Se le advierte cierta nostalgia por sus muertos: sus padres, Don Eugenio y Doña Rafaela y sus hermanos Alicia, Englantina, Yolanda e Ítalo. Coincide con Octavio Paz cuando dice “que la historia es lo que nosotros hacemos. Nosotros: los vivos y los muertos: ellos nos hicieron y nosotros continuamos sus obras, las buenas y las malas”.

 

–¿Qué le falta a un hombre realizado como César Larrínaga?

–Conocer más el mundo, ampliar horizontes y vivir a plenitud la vida y… quizá, viajar más dice, con optimismo ante la realidad.

Lo que nos muestra que hay César Larrinaga —sin duda— para un buen rato. Enhorabuena, por quien ha hecho de la congruencia y el trabajo una norma de vida, para ejemplo de varias generaciones.

 

bulmarop@gmail.com

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