Castigo del cielo

Jean Meyer, Recientes No hay comentarios en Castigo del cielo 41

Eso hubieran dicho nuestros antepasados, en todos los continentes, en todas las civilizaciones. Quien dice castigo, dice culpa, o responsabilidad en algo malo. Olvídese de la vibración religiosa que encierra el título y nos quedaremos en la contribución del hombre al recalentamiento y a la sequía natural o provocada. El Oeste de los Estados Unidos, nuestro vecino, sirve de ejemplo. En California, 100% del territorio está oficialmente en situación de sequía, extrema en el 68% y excepcional en 15%. La superficie agrícola trabajada se va a reducir en cerca de 20%. En Texas, 46 sistemas de agua están en riesgo de quedar sin agua antes de julio. Varias comunidades se podrían quedar sin agua en mes y medio. El hato ganadero tejano se ha reducido en 20% en los cinco últimos años. Nevada, Arizona, Nuevo México, Kansas están severamente golpeados, y también Idaho, más al Norte, y Nebraska.

Según los especialistas es la peor sequía de la historia de California. Hasta la siguiente, dice un periodista con humor negro. Timothy Egan, en el New York Times del 20 de febrero, escribe que eso es lo que pasa, cuando falta la lluvia, en un estado como California (o Arizona) que es “un estado-oasis, una construcción hidráulica. Una crisis extrema demuestra la locura de haber desafiado a la naturaleza”. En efecto, en las condiciones naturales que son las de California, y de muchos lugares en los EEUU y en México, atraer millones de personas (California tiene más habitantes que Canadá), darles todos los lujos de la modernidad en cuanto a consumo de agua y desarrollar una agricultura intensiva de riego, es un desafío al cielo implacablemente azul y sin nubes.

Cuando ves que rasuran al vecino, pon tu barba a remojar. ¿Qué tal nuestro México árido de Californias y todo el Norte? ¿Qué va a pasar con nuestras oasis de La Laguna, Aguascalientes, San Luis Potosí? ¿A quién se le ocurre establecer cuencas lecheras en el desierto? Si le escupas al cielo, te cae en la cara… El interminable conflicto por las aguas del río Yaqui manifiesta una vez más el delirio de grandeza de los dirigentes que creen que la técnica lo resuelve todo. En Estados Unidos acarician la idea de llevar agua potable desde Alaska y el Norte de Canadá a los estados sin agua del Oeste de Estados Unidos, a las grandes praderas de Canadá y… al Norte de México, con el potencial, dicen, de duplicar la tierra cultivable. El mismo orgullo de los que pretendieron construir la torre de Babel. Sabemos cómo terminó el proyecto.

Dicen que se puede iniciar de inmediato la construcción de cuarenta plantas nucleares para desalación, la cual proporcionaría agua a las ciudades, a la industria, compensaría la limitación, ahora inevitable, del agua destinada a la agricultura, y resolvería el problema de la intrusión salina en los acuíferos de la costa, problemas todos que tenemos en el Noroeste de México. ¿Cómo ven?

Sería más de lo mismo. Repetir lo que vimos en la película Chinatown, acelerar la carrera hacia adelante, y hacia el precipicio. No hay peor ciego que él que no quiere ver. Con o sin recalentamiento global, la sequía existe, es recurrente, es natural en gran parte de las Américas. Hay que tomarla en cuenta, en lugar de vencerla cueste lo que cueste. Dejemos de ver la naturaleza como un enemigo, para respetarla. No es precisamente lo que hizo, lo que hace, el gobierno de Sonora, con el apoyo del gobierno federal, en desprecio de toda legalidad, al convertir en hecho consumido el Acueducto llamado Independencia, que lleva las aguas del Yaqui a la ciudad de Hermosillo. Es repetir el modelo fallido de Los Ángeles y de su Valle Central. En lugar de trabajar para una gestión eficiente del recurso natural y un consumo razonable del agua tanto en las ciudades, como en la agricultura.

jean.meyer@cide.edu

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