Buscando un límite

Jorge Murillo Chísem, Recientes No hay comentarios en Buscando un límite 17

Los nuevos recursos tecnológicos a nuestra disposición permiten la aparición de delitos hasta ayer imposibles, e inimaginables. ¿Cómo impedir que en la televisión modernalos noticieros nos muestren delitos brutales?. ¿Cómo olvidar las imágenes del cobarde asesinato del licenciado Colosio o las tragedias de las torres gemelas de Nueva York? Y las tragedias de la familia Le Barón en la sierra de Sonora.

Porque existe la televisión y el Internet se puede instigar y presentar asesinatos en cámara. Al parecer muchos periodistas están convencidos de que las malas noticias son las mejores, porque son las más leídas y comentadas.

Así nos enteramos gracias a los noticieros que, al existir año con año mayor número de trasplantes de órganos, se pueden secuestrar niños para despojarlos de partes de sí mismos en beneficio de anónimos receptores dispuestos a pagar miles de dólares. La prensa de Cd. Juárez comentó este posible destino de las mujeres desaparecidas.

Duro es decirlo: estos delitos no ocurren solamente por la depravación de quienes los cometen sino también porque hay terceros complacientes. En otras palabras, no habría trasplantes clandestinos de órganos sin receptores dispuestos a mirar hacia otro lado. O bien, no habría creación de realidades impresionantes si no hubiera en los espectadores o lectores un gusto, una predisposición por el espanto.

Pareciera que, para rendirnos del todo, la realidad y la ficción buscaran unirse, confundirse en visionescontundentes de la perversión humana. Ese negro abismo que asecha en cada uno de nosotros ojalá nunca llegue.

Antes, probablemente, no éramos mejores que ahora, pero el primitivismo tecnológico limitaba nuestro poder para el bien y para el mal. Armado solamente con un machete, el homicida no podía provocar desastres nucleares.

Sin cámaras de televisión, es justo reconocer también que no habría audiencias masivas para cautivar, como las que disfrutamos en años pasados con la visita del Papa Francisco a Estados Unidos. Tampoco sería posible informar sobre las vacunas contra el coronavirus o difundir la historia de las revolucionarias semillas de trigo y maíz que dieron el premio nobel al doctor Norman Borlaug, quien trabajando en el Valle del Yaqui pudo realizar su Revolución Verde en contra del hambre.

Ahora que han caído esas barreras gracias a la tecnología, la llave del bien y el mal está en nuestras manos. Ya no hay excusas para no hacer el bien ni obstáculos para no hacer el mal. El único límite que nos va quedando, ya no se encuentra delante de nosotros sino en nosotros: es el límite moral.

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