Un mar de ácido

Oscar Romo Salazar, Recientes 1 comentario en Un mar de ácido 344

A lo largo de los casi 32 años que llevo escribiendo para la gente de Hermosillo, de Sonora, y a veces de otras partes de la República y aún del extranjero, he aprendido muchas cosas que para mí han sido y son de gran importancia. Me parece que la vida de un escritor tiene que ser de permanente aprendizaje, de otra manera inevitablemente sobrevienen el estancamiento, la producción rutinaria y, finalmente, la muerte literaria.

He aprendido por ejemplo que, si se posee suficiente humildad, es posible obtener más provecho de la crítica adversa que de la crítica favorable. La crítica favorable estimula, pero cuando se recibe en exceso suele conducir a la arrogancia e inclusive a la soberbia literaria. Y me parece que nada hay en este mundo más insufrible que un escritor que se siente “la mamá de Tarzán”.

También he aprendido que la fidelidad de los lectores es caprichosa, y casi siempre efímera. El lector a veces da, y a veces quita, muchas veces sin razón y sin motivo. Y que con gran frecuencia lo que uno trata de decir es interpretado en forma errónea. Ni modo, sobre eso el escritor no tiene ningún control, y por ello se debe ser lo más claro posible en lo que se dice o escribe.

Otra cosa que he aprendido es que con el advenimiento de la Internet el escritor no tiene ni la más remota idea de hasta dónde irá a llegar lo que escribió, una vez que lo suelta a navegar en la red. Obviamente, ignora también el efecto que su escrito tendrá sobre las personas que lo lean, en cualquier parte del planeta.

También la experiencia me ha enseñado que el lector-espectador no es tonto y que tiene una forma muy particular de asimilar lo que ve o lee. Que sin duda las cualidades que más aprecia en un comunicador son la congruencia y la valentía. El lector tiende a admirar al escritor o comentarista que dice las cosas tal como las siente y piensa, y que no se anda con rodeos o actitudes timoratas y modosas a la hora de exponer sus argumentos.

En fin, podría agotar el espacio de mil cuartillas tratando de explicar a usted todo lo que he aprendido en este tercio de siglo que llevo intentando comunicarme con mi prójimo. Qué tan oportuno o inoportuno, conveniente o conveniente sea, no estoy seguro, y ante la duda quizá sea preferible cerrar esta relación de mis aprendizajes con una última lección que en estos momentos trascendentales me parece de particular importancia.

He aprendido en forma dolorosa -que resulta no la única, aunque sí la más imborrable forma de aprender- que a lo largo del camino el escritor de corte crítico va creando un bagaje de amigos y de enemigos que le seguirá hasta el fin de sus días. Estoy perfectamente consciente de que, en mi caso particular, de ello y de ellos el único responsable soy yo.

En el corazón, el duramen formado por mis amigos se ha mantenido casi inalterable. La fidelidad y el afecto verdadero se mantienen aún en medio de los más fuertes desacuerdos, cuando existe tolerancia y esa tolerancia contribuye a la paz interior. A medida que se desplaza hacia la periferia, el grupo se va haciendo menos denso y se vuelve casi diáfano. Y en la capa externa, en la cáscara pues, se encuentran mis enemigos o aquellos que sin realmente conocerme, en el mejor de los casos me desprecian y califican como un individuo servil, vendido, o algo peor.

Invariablemente, en cada proceso electoral que se presenta, surgen numerosas evidencias de las formas como las personas metabolizan estos períodos que son tan intensos como apasionantes. Mucho se ha dicho que la gente está harta de la política, de los partidos y los políticos. Me parece que en general es correcto. El hartazgo es increíble y para muchos “política” es una palabra sucia, y “político” es sinónimo de bribón. Con razón o sin razón, justo o injusto, así es como piensan y sienten muchas personas, aquí en Sonora y en la mayor parte del País.

En ningún otro momento como en los tiempos electorales aflora tan dramáticamente el “yo” interno que todos llevamos oculto. Como en el caso del doctor Jekyll y míster Hyde se revelan los dos rostros de nuestra personalidad. El lado positivo y el negativo. El ángel y la bestia. La luz y la sombra que existe en todo ser humano.

Se tome el bando que se tome, siempre habrá del otro lado algún bruto que enceguecido por la pasión arremeta en contra de aquellos que simpatizan con la otra opción. Lo sé porque lo he vivido en demasiadas ocasiones a lo largo de mi vida adulta. En mi epidermis anímica llevo las cicatrices de viejas contiendas electorales en que mis preferencias no fueron del agrado de quienes sólo ven lo que quieren ver y no entienden que lo maravilloso de esto es la pluralidad, y que si todos fuéramos iguales y pensáramos de manera uniforme el mundo sería un lugar muy aburrido y quizá hasta inhabitable. Seríamos una suerte de muñecos inanimados y automatizados, en vez de seres irrepetibles que gozan de libre albedrío.

La tolerancia hacia los demás y el respeto mutuo constituyen pócimas que, tomadas en la dosis adecuada, permiten cruzar por estos álgidos períodos de lucha política sin perder durante ellos el auto respeto y la dignidad. Quizá después de transcurrido un tiempo y recuperadas la calma y la normalidad, algunos sientan vergüenza de su comportamiento en el fragor de la batalla. Otros tal vez no alcancen a recuperar nunca la cordura y el sentido común y permanezcan sumidos en el negro pozo de las bajas pasiones, del odio y la venganza. Bien por aquellos y mal, muy mal por éstos. En su salud lo hallarán.

En estos momentos las convulsiones generadas por el reciente proceso electoral son aún brutales. De hecho y a pesar de que pronto se tendrán los resultados derivados de la contabilización de los votos y de las actas de escrutinio, aún no podemos dar nada por seguro. No hasta tener el pájaro sujeto en la mano. Por fortuna, el proceso aparentemente no irá a dar a los tribunales en materia electoral, cuyos magistrados se encuentran atiborrados de asuntos  cuya solución es de extrema urgencia. Aquí y ahora en nuestro rincón del país, ya podemos hablar de un triunfador y un derrotado. Sonora tiene su primera gobernadora, y vaya que le espera una tarea tremenda, digna del mítico Hércules. Antes de eso todo fue ruido y movimientos inútiles. Escandalitos o escandalazos callejeros para que se entretuvieran los ociosos y se pusieran en evidencia los mercenarios y los canallas.

A partir de la definición de los candidatos por parte de los dos principales partidos contendientes realicé mis análisis y seleccioné mis opciones. Así lo he hecho siempre desde que tengo memoria, solo que en otros tiempos no tenía manera de expresar públicamente mis preferencias y tenía que esperar al día de la elección para manifestarme en las boletas electorales.

En otros tiempos muchas veces voté por los candidatos del PAN, de aquel partido dueño de una ética política inmaculada y sustentante de una ideología convincente y atractiva. Excuso decirle que la mayor parte de las veces mis candidatos perdían. Eran los tiempos de la hegemonía del tremendo tricolor, cuando no había nada ni nadie que se le atravesara. Aquel PRI hegemónico y omnipotente hacía lo que quería y a ver quién era el guapo que se atrevía a plantarle cara. Hasta que un día llegó el primer gran triunfo… y le confieso a usted que aquella noche de julio del año 2000 en mi hogar lloramos abrazados pensando que se había hecho el milagro y que ante nosotros se abrían nuevos caminos, una vez desplazada la tiranía que alguna vez alguien calificara como benévola.

Quince años hace de eso y han sido suficientes para entender que fuimos víctimas de un monstruoso engaño. Aquella alternancia tan festejada y tan prostituida se antoja la jugarreta más cruel del destino mexicano. Ahora sabemos y comprendemos que no hay héroes ni villanos, que no existen los ángeles de la guarda y que tan sólo hay demonios que cada tres y seis años salen a bailar sus danzas macabras sobre las tumbas de nuestras ilusiones. Lobos con piel de oveja que asaltan sin misericordia los rebaños inocentes y confiados. Y que los ciudadanos no hemos dejado de ser semillas sin germinar, palos secos incapaces de producir brotes saludables, sociedad amargada y sin expectativas que tiene que recurrir a un voto blanco para mostrar su frustración, su rechazo y su amargura.

Soy un hombre de edad que se niega a arriar sus deshilachadas banderas, a pesar de que la intolerancia, la incomprensión y el odio de algunos de mis semejantes me han marcado tanto la piel como el alma. Cada que expreso mis convicciones y mis inclinaciones recibo insultos y majaderías sin cuento. Me han tachado de cuanta cosa pueda usted imaginar, en el universo anónimo de la Internet y al amparo de los seudónimos tras los que ocultan los cobardes y los bravucones embozados. Se me niega el derecho de tener mis propias predilecciones, como las tiene usted y todos los demás. Incluso en esto mostramos nuestra innata tendencia a la inequidad, y somos incapaces de dar a otros lo que exigimos para nosotros.

Yo sigo y seguiré dando la cara y respaldando lo que digo hasta el día que me muera. No solo firmo mis artículos con mi nombre verdadero -del que me siento profundamente orgulloso porque lo heredé de mi padre- sino que insisto en que aparezca mi rostro, y si pudiera agregar mi huella dactilar para que no quedara duda, lo haría. Temo por mi integridad física y la de mi familia, claro está, porque las bestias andan sueltas y son capaces de cualquier cosa en sus paroxismos de rabia y sed de venganza por agravios imaginarios.

Yo no ataco a nadie. Ofrezco mis opiniones, duras y sin tapujos, a quien se interese en conocerlas. Y si mis puntos de vista no son del agrado de algunos lo siento mucho. Estoy dispuesto y preparado para seguir recibiendo todos los insultos que mi franqueza me atraiga. Que me quemen con leña verde en la Plaza Zaragoza de mi amado Hermosillo, y me arrastren por las viejas calles que recorrí en mi niñez y primera juventud. Siento miedo por mi seguridad, pero más miedo me daría el permitir que acallen mi voz.

Pero con miedo y todo, y sin importar la dimensión e influencia de mis detractores, no retrocederé ahora ni lo haré jamás mientras viva… así que ya lo saben mis enemigos y mis amigos. Me iré feliz de este mundo sabiendo que cumplí con mi destino siendo, hasta el postrer instante de mi vida, una empedernida ave de tempestades.

Envíeme su comentario a continuación, o bien a oscar.romo@casadelasideas.com

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Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

1 Comment

  1. Adán Silva Gómez 15/06/2015 at 5:40 am

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