Sonora querida

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en Sonora querida 27

Un tributo a mi estado y a mi ciudad

La canción “Sonora Querida” viene siendo como una especie de himno nacional para los sonorenses. Será himno estatal, replicarán ustedes, y como no se trata de discutir si es esto u lo otro, dejémoslo así: Esa canción representa un ícono musical para nosotros los sonorenses. Chihuahua tiene el suyo con el “Corrido de Chihuahua”, Sinaloa el suyo con “El Sinaloense”, Guanajuato con “Caminos de Guanajuato”, Michoacán con “Juan Colorado”, y así sucesivamente, la mayoría de los estados mexicanos tiene una o varias canciones que los identifican.

“Sonora querida”, como todo buen sonorense sabe, incluye entre sus versos referencias a las que en la época en que se compuso esa canción eran principales ciudades: Nogales, Cananea, Hermosillo, Guaymas y Cajeme. Un recorrido parcial con evocaciones de las actividades y características distintivas de esas ciudades, y nostálgicas referencias a tiempos mejores que se fueron y no volverán.

Si tú es de Ciudad Obregón tu verso preferido es sin duda el que dice: ”Cajeme tan manso, frijol y garbanzo le diste a Obregón…”, o si eresfronterizo preferirás el que dice: “Nogales frontera, por donde quisiera a su suelo volver…”. Si eres cananense te estremecerás al escuchar: “Cuando otra vez vea a mi Cananea feliz yo seré…”, o si naciste en Guaymas te vibrará el corazón al escuchar “Oh Guaymas hermoso, puerto delicioso…”.

Sonora querida, tierra consentida de dicha y placer… ¡Ah, si tan solo algunos de tus hijos no te hubieran hecho tanto daño…!

En lo personal, y siendo originario de Hermosillo, me quedo con el verso que dice: “Bonito Hermosillo, tan lindo y sencillo en donde viví, sus noches aquellas tan claras y bellas que están siempre en mí…”. Sí, querido lector, Sonora es hermoso. Su hermosura no es la de otros estados ubérrimos, donde la vegetación y el verdor casi llegan a ser dolorosos.

Nuestro estado tiene el color de la tierra y la arena. Aquí el mar y el desierto cometen adulterio y cohabitan en un abrazo de belleza y contrastes. El sol es el rey y manda en todos lados. Todo este territorio habla de orgullo, de reciedumbre, de vigor, de sudor y de trabajo. Habla de sierras y de valles, de playas y desiertos, de gente sencilla, amable, hospitalaria y poco dada a la efusividad. Gente que habla poco y hace mucho. Que sabe guardar un secreto y que por lo tanto es confiable. Así es nuestro estado, así es nuestra gente y así somos los sonorenses… o así solíamos ser, cuando las cosas eran de otra manera.

Hermosillo, el Hermosillo que llevo enterrado como un clavo ardiente en el corazón, tuvo tiempos en que, efectivamente, era un pueblito sencillo con noches claras y bellas, tal como dice la canción. Y así lo recuerdo y así lo evoco, cuando me agobia el tráfago de la vida agitada en este Hermosillo desconocido, agresivo, duro y cada vez menos amigable. La propaganda turística hace mucho dejó de hablar de amistad, y de aquella hospitalidad sonorense que fue uno de los sellos distintivos de nuestra tierra y de nuestra forma de ser. Ahora, para bien o para mal, somos otra cosa. Hemos emprendido un camino que no tiene regreso.

Pero la mente tiene por fortuna el poder de rescatarnos de las realidades actuales, sin duda más excitantes y apantallantes, pero mucho menos amables y dulces. La mente, cuando la blindamos contra lo que nos ofende y agrade, se convierte en un reservorio de joyas nostálgicas con las cuales podemos elaborar un collar de recuerdos, para colgárnoslo del cuello o anudarlo al corazón.

¿Cómo olvidar aquella ciudad pequeña cuyos límites urbanos llegaban por el norte a lo que era la Pera del ferrocarril (más o menos donde hoy se localiza el boulevard Encinas en el tramo entre Garmendia y Revolución), por el sur a las márgenes del Río Sonora, y del otro lado el “Pueblo de Seris” antes de convertirse en Villa de Seris, por el oriente al Parque Madero con su “Casa del Pueblo” y su estado de beisbol, y por el poniente hasta la calle Rosales, que bordeaba los terrenos de la Universidad y sus grandes extensiones de reservas territoriales? Como puede usted ver o recordar, Hermosillo era entonces una ciudad pequeña, apretadita como un puño infantil, habitada por gente sencilla, amable, amigable y nada pretenciosa, cualidades distintivas que definieron a nuestros padres y abuelos.

¿Cómo no recordar sus viejas callejuelas aún sin pavimentar, por las cuales transitaban las carretas tiradas por caballos o mulas, y de cuando en cuando uno que otro automóvil? ¿Cómo olvidar las diversiones simples y hasta ingenuas con que nos distraíamos los jóvenes, mientras los adultos se reunían en las casas y en la Plaza Zaragoza a comentar los acontecimientos? ¿Cómo no llevar en el corazón aquel embriagador aroma a azahar que despedían los millares de naranjos que había por todas partes?

Las tardes y noches bajo un cielo infinito plagado de estrellas, cuyo silencio y serenidad eran como un bálsamo para el espíritu. Los grupos de amigos y amigas que nos contentábamos con salir a dar la vuelta a la calle Serdán, a tomar una leche malteada a la nevería El Oso Blanco, a comer un hotdog o una hamburguesa en el Kiki de los señores Lucero, o una torta de jamón en el Café Pradas, o a disfrutar de un programa doble de películas en el Cine Sonora, o a refrescarnos con un rasapado de tamarindo o limón en el Limoncito de Isidoro Angulo.

Hermosillo pueblito sencillo… ¿Dónde estás? ¿Dónde te fuiste? Permaneces tan sólo en la mente de los pocos que quedamos de aquellas generaciones afortunadas, que cada vez se van quedando más despobladas por el efecto inevitable del paso del tiempo. Hermosillo de los carnavales alegres y bulliciosos, de aquellas ferias Sonora en Marcha, de los partidos de beisbol entre Ostioneros y Queliteros, de las peleas de box en la Arena Juárez entre Baby Mickey y El Negrito de Empalme, de los bailes universitarios en el Museo y Biblioteca, o en el salón principal del County Club, de los paseos campestres a cualquiera de las numerosas huertas de naranjos que había en los alrededores de la ciudad, a cualquiera de los ranchos cercanos como el rancho Santa Cruz de Adolfo García y sus hermanos.

Hermosillo de mis recuerdos, de mis alegrías y tristezas. Siendo tan pequeña aquella ciudad, puedo ver con total claridad todos y cada uno de los rincones que han desaparecido, o que se han transformado. La vieja estación de madera del ferrocarril, el “aeropuerto” de la Guapalaina que era una diminuta y rústica construcción que estaba ubicada donde hoy se encuentran las instalaciones del Hospital Chavez, en las calles Aguascalientes y Juárez. El viejo y orgulloso Club de Golf, antes de que se lo merendaran los ratones. Las canchas de frontón de la Casa del Pueblo, y los puestos de refrescos en la orilla del viejo malecón del río.  

A mí me tocó, siendo niño pequeño, conocer el pequeño lago que alguna vez hubo dentro del Parque Madero, y la minúscula fuente de agua de colores cambiantes que existía más o menos frente al arranque de la calle Arista. Me tocó ir a cazar chanates al Cerrito López, cuando por aquellos rumbos no había más que arenales, ramas y huertas. Pude conocer el interior de la Cueva de Santa Martha y penetrar en ella hasta la tercera laguna, proeza que no todos lograban, y ni qué decir de las bañadas en el Guamuchilón de la Sauceda. Caminé por el lecho arenoso del río bajo el sol  abrazador de agosto, después de escalar el Cerro de la Campana, antes de que le salieran las horrorosas verrugas que hoy luce en su cumbre.

Juventud, divino tesoro… los tiempos de los “livaiscomprados en Nogales en la Villa de Paris, o en Capin’s. Tiempos de crinolinas y abanicos de mano, de mantillas y devocionarios. Tiempos de chicas vestidas con faldas circulares, “pachucos” abotonados por atrás, colas de caballo y calcetas blancas con zapatos de dos colores. Ninguna sofisticación, ninguna cosa superflua, ninguna presunción. Sencillez y naturalidad. Todos éramos camaradas, y nadie destacaba ni abrumaba por su riqueza o poder. Si había ricos, ni se notaba, porque a nadie le interesaba destacar, o ser más que los demás. Ser buen amigo y buena persona era suficiente mérito. Íbamos a los mismos lugares, y bailábamos en las mismas fiestas, con las mismas muchachas.

Puedo pasarme horas platicándoles a ustedes sin cansancio de aquel Hermosillo de mis amores, y me prometo y les prometo que seguiré haciéndolo mientras me quede un soplo de vida… y un rescoldo de memoria. Pero quiero, antes de concluir este viaje nostálgico por el ayer, rendir un testimonio de cariño a todos y cada uno de mis viejos amigos. A los que aún están y a los que ya se fueron. A los que compartieron conmigo experiencias, vivencias y aventuras. Con los que fui a dar serenatas a las madres y a los maestros en sus días, a los que me recuerden y a los que no, a quienes compartieron conmigo las viejas aulas del Instituto Soria, de la escuela Alberto Gutiérrez, de la Secundaria y Preparatoria de la UniSon. A mis compañeros del Coro de la Miss Zubeldía, y de las bandas de música y de guerra de la Universidad, a las cuales pertenecí.

Todos sin excepción viven en mi memoria, y ahí permanecerán hasta el último instante de mi vida, porque han sido y serán siempre una parte fundamental de ella. Porque todos dejaron en mí su huella, honda o superficial, grande o pequeña, fuerte o leve, eso es lo de menos, porque lo importante es ser constantes y congruentes, viviendo, recordando y compartiendo siempre, sin importar ninguna otra cosa que el haber sido habitantes de aquel deleitoso Hermosillo que aún llevamos tatuado en el alma.          

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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