Semanas diablas

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en Semanas diablas 56

Me provoca cierto temor la llegada de la Semana de Pascua, también llamada por los profanos e irreverentes “Semana Diabla” como antítesis de la Semana Santa. No me da miedo la “Semana Diabla” tanto por los reventones y destrampes que siguen a los días de recogimiento espiritual que real o supuestamente vivimos. Me da miedo tener que volver a enfrentar el día a día del regreso a las actividades cotidianas, a la vida normal que cada vez es más anormal, si tomamos en consideración que prácticamente ya no queda un rincón de normalidad en nuestras vidas. Para muchos el cansancio de las semanas y los meses previos, no desapareció con los recientes días de asueto. De hecho es muy probable que se haya acumulado una nueva carga de cansancio por la forma absurda como muchos “disfrutaron” de estas vacaciones. Pero bueno, como dice el dicho arrabalero: “cada quien hace de su culo un papalote, y lo vuela donde quiere y como quiere”.

Viva el libre albedrío, pues, y que entre otras cosas siga sirviendo como pretexto para el libertinaje [que muchos estúpidos confunden con la libertad de opción], para la francachela y el reventón, que se han establecido como signos firmes e inconfundibles de nuestros tiempos, y para los excesos diversos con que tantos atarantados irresponsables pretenden sustituir el vivir en forma ordenada y positiva. No sé qué clase de maldición pesa sobre nuestro pueblo mexicano y su forma de ser y de vivir. Lo digo por la facilidad con que cunde todo lo malo, y se diluye y se esfuma todo lo bueno. La increíble manera como se acepta lo negativo y se adopta lo que nos hace daño, y lo que nos denigra como personas y como pueblo.

Ante el panorama descrito, confeso y ratifico hoy ante usted que me enorgullezco de formar parte de un muy reducido grupo de escritores que desde hace años dedicamos parte de nuestros esfuerzos a luchar contra los molinos de viento de la indiferencia, el desinterés, la pérdida de valores y la corrupción de las costumbres. Quijotes incomprendidos y rechazados por molestos y por tercos, seguimos tratando de revertir lo que tanto ha cambiado, de volver las manecillas del reloj hacia atrás para ver si es posible retomar el camino correcto, justo en el punto donde de plano se nos torció. Tarea ingrata, pesada y absolutamente incomprendida, que sin embargo no deja de tener sus satisfacciones, así sean minúsculas y desesperantemente esporádicas.

El jueves pasado me permití publicar en esta misma página unas divagaciones con motivo del asueto, y el valor que tienen la paz y la tranquilidad en tiempos en que la corriente impetuosa de la vida actual nos empuja irremediablemente en sentido contrario. En una parte de ese escrito decía yo lo siguiente: “Mientras más viejo se hace uno, menos sale de su casa, nos dan miedo las calles de las ciudades actuales, con su tráfico enloquecido, con el desorden que reina en ellas, con la violencia que se respira en cada rincón de la ciudad, y que amenaza a estallar en cualquier momento… ¿qué negocios tiene un anciano en la calle, a menos de que se trate de un problema urgente de salud, o de un compromiso luctuoso con algún familiar o amigo?”

No tardó mucho en llegar una respuesta a lo que dije, en este caso de parte de mi buen amigo Rafael Ayala, que durante algún tiempo fue colaborador estrella de “Casa de las Ideas”. Un comentario inobjetable, preciso y sumamente doloroso, por la dura realidad que refleja, y que nos desnuda y coloca ante el cruel espejo que muestra nuestras miserias como nación, como sociedad y como individuos. Me responde Rafael:

Hola Oscar. Gracias por tu escrito.

Te comento, respecto al punto que tocas de para qué salir a la calle cuando se tiene edad post adulta. Hace poco tuve la oportunidad de viajar a España. Allí las ciudades están diseñadas, al igual que en otras partes de Europa, para los peatones. El respeto a los caminantes en la ciudad es admirable.

Esto me permitió comprender por qué veía tanta gente de la tercera edad recorriendo las calles, parques, avenidas y plazas a lo largo del día. Sus ciudades están planeadas para que ellos puedan hacerlo, que no tengan barreras físicas en sus banquetas, desniveles desproporcionados, etcétera. Incluso, en un barrio popular de clase media baja de Barcelona, me tope con un desnivel de calles pronunciado. Para tener acceso a la calle superior, donde se encontraba un parque muy agradable, había que subir unos 40 escalones. Mi sorpresa llegó cuando vi que había un elevador para la gente de la tercera edad, evitándoles el esfuerzo de recorrer la escalinata.

En México no he encontrado una ciudad que tenga esos geniales detalles de infraestructura, ni la cultura suficiente para dar prioridad y respeto no sólo a la gente mayor, sino a cualquier peatón. Nuevamente, con pena profunda, confirmo que nuestro principal problema, reto y maldición es la pobre, tranza, egoísta e indiferente cultura. Sigamos trabajando para cambiarla, aunque nos toque partir antes de ver dicha transformación.

Un abrazo.

Rafa Ayala

Ante el duro cuestionamiento que contiene el comentario de Rafael Ayala ¿qué objeción se puede oponer? ¿Qué contra argumento puede disimular, ya no digamos disculpar, la brutal omisión que se ha cometido a nivel nacional?

Ahhh… pero si pone usted un poco de atención, tan solo un poco, por todos lados escuchará a las autoridades que gobiernan las ciudades mexicanas hablar de desarrollo, de progreso y de calidad de vida. Se les llena la boca pregonando las grandes obras [donde anida siempre la abominable corrupción] que demuestran los criterios y la orientación unidireccional de las políticas urbanas que predominan en México y lo agobian como una maldición. Se les ha olvidado -si es que alguna vez les pasó por la cabeza- que las ciudades son para que los hombres vivan en ellas, para que cada uno las haga suyas en un ambiente sano y humano donde todos puedan desarrollar sus actividades disfrutando de las mejores condiciones posibles. Pero en cambio, como apunta Rafael Ayala con dolorosa franqueza, “confirmo que nuestro principal problema, reto y maldición es la pobre, tranza, egoísta e indiferente cultura”.

“La pobre, tranza, egoísta e indiferente cultura” que erradica al hombre para entronizar la simulación y el camuflage de la realidad. Y las ciudades y los poblados, e inclusive los miserables caseríos que existen en todos los puntos del país, reflejan el resultado de esa clase de pobreza [que no tiene origen material sino moral], de tantas tranzas y bribonadas, de tan grande egoísmo y de tan cruel e indiferente cultura. Lo peor, lo más doloroso en este escenario de olvido y abandono, es que el responsable por esta falta de cultura humana no solo es el gobierno, sino todos los que habitamos este país. Un país que relega a sus viejos, a sus enfermos y menesterosos y los arrumba como muebles inservibles en los desvanes de la sociedad, tapándolos con trapos sucios para que se vean lo menos posible, puede considerarse cualquier cosa, menos la patria ordenada y generosa que algunos vividores de la política pregonan por ahí.

En fin… Volviendo al tema original de este escrito y repitiendo lo que dije en un principio, no es propiamente la “Semana Diabla” la que me provoca inquietud, por más grandes y escandalosas que sean las parrandas y los excesos que en ella incurren los adictos a la francachela. Son todas las otras semanas que vienen, en las cuales como sociedad volveremos a enfrentarnos al ambiente de insidia, hipocresía, descomposición moral, manipulación, desinformación y mentiras descaradas en que al parecer nos estamos acostumbrando a vivir. Por más que ya se haya vuelto habitual, este ambiente empobrecido y mezquino es lo que nos está destruyendo, como comunidad y como personas, poco a poco y pedazo a pedazo. Los procesos electorales de este año, y sobre todo el del año próximo -“the mother of all elections”, para no salirme de la moda del momento- favorecen el recrudecimiento de ese enfermizo y destructivo ambiente.

Es el inquietante entorno en que predomina y florece el fenómeno de la “post-verdad”, al que el Dr. Sixto Moya hizo referencia en la trepidante conferencia dictada el pasado miércoles 5 del presente en la Fiscalía Anticorrupción de Sonora. Todo eso que trasciende la realidad y que se convierte en verdad gracias a la incesante y perversa manipulación mental, a fuerza de repetir las mentiras y falsedades prefabricadas con el propósito de socavar la estabilidad y el buen funcionamiento de nuestras instituciones. Al decir del Dr. Moya, una sociedad que no tiene instituciones fuertes y estables no puede pretender oponer resistencia a la corrupción creciente, y mucho menos luchar contra ella con posibilidades de éxito. Ni contra la corrupción, ni contra ninguna otra de las lacras que le están chupando la sangre a la sociedad.

Contemplando la virulencia y la diversidad de los ataques que efectivamente están sufriendo nuestras principales instituciones, me lleno de temor e incertidumbre, y pienso si no será ya demasiado tarde para ponernos de pie y empezar a oponer una resistencia organizada a esa “post-verdad”, que para la mente de millones de ciudadanos desprevenidos y despistados resulta tan corrosiva como el más potente de los ácidos.

Agradeceré su comentario a continuación, o envíelo a oscar.romo@casadelasideas.com

En Twitter soy @ChapoRomo

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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