Navidad con sabor a nostalgia

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en Navidad con sabor a nostalgia 37

De mi remoto pasado surgen los aromas, los recuerdos y la añoranza de tiempos que se fueron para no volver… Durante muchos años, para mí la Navidad fue mi mamá. Cosa absolutamente natural, si consideramos que de pequeños todos nosotros, o al menos la gran mayoría, funcionábamos principalmente en torno de nuestras madres. Navidad y Mamá… Mamá y Navidad… Un par imposible de separar.

Habiendo nacido en noviembre de 1937, mis primeras navidades fueron incomparablemente más sencillas que las que me tocó vivir en tiempos posteriores. En los años de mi ya muy lejana niñez obviamente no existían los árboles de navidad artificiales. Apenas se anunciaba la llegada de la temporada navideña, y la primera y deliciosa actividad era acudir al mercado municipal del viejo centro comercial de la ciudad, para comprar por unos cuantos pesos un arbolito natural, que estuviera bien boscoso y tuviera las ramas lo más parejas posible.

Como en aquellas épocas no teníamos en casa automóvil propio, había que contratar alguna de las carretas tiradas por caballos que se paraban en las inmediaciones de la venerable escuela Leona Vicario, para transportarlo en ella. O bien solicitar los servicios del inolvidable “Chato” Bernal y su taxi que estacionaba por fuera de la tienda “El Paso” de la familia Sánchez, en la esquina de Guerrero y Monterrey.

Mi mamá lo colocaba dentro de una lata mantequera llena de arena húmeda, para que estuviera verde y fresco durante más tiempo. Luego venía la etapa de decorarlo, lo que representaba un periodo de convivencia plagado de risas y de amor. Nuestra casa se inundaba con el aroma a pino, y desde entonces ese perfume forma parte de mis recuerdos más profundos, y es motivo de hermosas añoranzas. Cada vez que aspiro el olor a pino, ande donde ande, inmediatamente me traslado a aquellos tiempos en que fui tan feliz, a pesar de las estrecheces y carencias. Utilizábamos adornos muy sencillos: Angelitos, santoclositos de sololoy (celuloide) y esferitas muy frágiles que se rompían fácilmente. Conexiones con grandes foquitos incandescentes de todos colores, y más tarde llegarían aquellas conexiones alargadas que tenían un líquido que hacía como gorgoritos. No podía faltar el pelo de ángel, las lágrimas de estaño y finalmente la nieve o escarcha como toque final. Y en el copete del árbol, la infaltable estrella de Belén.

En aquel entonces Hermosillo era una ciudad confinada en un rectángulo limitado al norte por las vías del ferrocarril de la vieja estación, al sur por el cauce del río Sonora, el oriente por el Parque Madero y las huertas y ordeñas que había por ahí, y al poniente por la calle Rosales y más allá las milpas y los pequeños campos de cultivo. La mayoría de las calles de la ciudad eran de tierra. Era una comunidad sumamente pequeña. Estoy hablando de principios de la década de los cuarenta del siglo pasado. La hermosillense era una sociedad sencilla, muy uniforme, en la que casi no había ricos y los pobres no eran tan pobres. Íbamos a las mismas escuelas, a las mismas iglesias, frecuentábamos los mismos lugares y, en general, todos nos conocíamos, y en mayor o menor medida éramos amigos. Era una delicia vivir en una ciudad así, donde no teníamos mucho, pero tampoco necesitábamos mucho para vivir felices. Esos tiempos, desde luego, ya se fueron para no volver jamás.

La familia Romo-Salazar estuvo integrada por mi papá, mi mamá y ocho hijos, cuatro varones y cuatro mujeres. Mis hermanas que me seguían en edad, Leticia, Gloria y Yolanda compartieron conmigo aquellas lejanas e inolvidables navidades. Dos de ellas -Leticia y Gloria- ya no están con nosotros, y ambas al partir dejaron en mi vida un hueco imposible de llenar. Después llegaron los otros cuatro hermanos -Miguel, Marcos (recientemente fallecido), Irma y Luis Carlos- pero ellos pertenecen a otra época en la cual yo ya había salido a estudiar lejos de Hermosillo y las cosas eran diferentes, dentro y fuera de la familia.

Por supuesto, a lo largo de los años tuvimos muchas otras navidades con sus correspondientes convivencias, pero yo ya no vivía en la casa familiar, y sólo venía a pasar vacaciones de verano y de navidad. El resto del año me encontraba estudiando lejos de mi hogar. Desde luego no es igual vivir en una casa que estar de visita en ella. Y un día de invierno se fue mi papá, y años después también mi mamá, y sin ellos las cosas definitivamente cambiaron en forma irreversible. Cuando faltan los troncos, las ramas tienden a desgajarse y, a veces, hasta se caen. Es la parte más triste de las realidades de la vida.

Y más adelante mis navidades se transformaron, y de centrarse totalmente en mi madre, empezaron a girar en derredor de la mujer que durante 55 años ha sido mi esposa, María Emma. Ella proviene de una familia para la que Navidad es EL evento del año. Mi difunta suegra encarnaba el espíritu de la navidad. Su ímpetu y energía son una heredad que se mantiene vigente, a pesar de su fallecimiento. Como es natural, la totalidad de sus hijos comparten ese apego a todo lo que tiene que ver con estas festividades, de manera que al contraer matrimonio, mi esposa trajo a nuestra incipiente familia algo nuevo, algo diferente que desde nuestra primera navidad como familia Romo-Freaner, se ha convertido en el eje central de nuestras propias tradiciones familiares.

En estos momentos en que está usted leyendo estos nostálgicos renglones, nuestro hogar se encuentra totalmente arreglado para recibir la navidad. Como siempre, lo primero que se instala en mi casa es el nacimiento, que es todo un rito y que se coloca en un lugar destacado. Y una vez concluido ese indispensable primer paso, se procede a lo que sigue… y entonces es cuando yo mejor me hago a un lado, porque corro peligro de ser arrollado por el torbellino. Mi mujer se transforma en un infatigable dínamo humano, con todo y la penosa enfermedad que la aqueja desde hace ya 18 largos años. Sálvese quien pueda, y no para la cosa hasta que todo los rincones, todas las habitaciones que hay en mi hogar, puertas, ventanas, repisas, mesas, macetas y cuanto hay, han recibido el toque de la mano decoradora de mi infatigable mujer. Como le digo, yo ni me meto… ¿para qué? si todo queda en las benditas y mágicas manos de esta mujer para la que la navidad es algo tan importante, y que disfruta de cabo a rabo, hasta la última gota, como se degusta el buen vino.

Ya entramos a diciembre, y junto con la decoración del hogar hacen su aparición las colecciones de música navideña que he grabado para darle más sabor a esta temporada. La música navideña es otra de las cosas que no pasan de moda. “Jingle Bells”, “Blanca Navidad”, “Noche de Paz”, “Adeste Fidelis” y todas esas viejas e inmortales melodías reviven cada año, en los mismos viejos arreglos o en versiones modernizadas, en las voces de los cantantes clásicos como Bing Crosby, Perry Como, Frank Sinatra, Nat ‘King’ Cole, Pedro Vargas o Eydie Gormé, o en las de los cantantes de tiempos más recientes como Luis Miguel, Thalía, Mijares y otros. La Navidad y sus sonidos van juntos y de la mano con los aromas, las luces, el bullicio, el calor del hogar y los momentos de íntima reflexión.

Los años se han ido a una velocidad impresionante, los tiempos han cambiado y muchas cosas han cambiado también, pero en cambio otras permanecen inalterables, al menos en mi corazón. Hoy mi esposa y yo somos el eje (un tanto cuanto herrumbroso y rechinante) en cuyo derredor gira nuestra familia. Somos los viejos encargados de mantener vivas las tradiciones que nos fueron heredadas por los seres amados que ya no están físicamente aquí, pero cuyos espíritus jamás nos abandonan.

Mientras abuelos, padres y nietos nos reunimos en torno a la mesa para disfrutar de la cena navideña familiar, las sombras difusas de nuestros antepasados parecen contemplarnos desde todos los rincones del hogar. Y tal vez desde esos rincones nos observan con una sonrisa de felicidad y de amor en sus rostros bien amados, atestiguando cómo seguimos cumpliendo con la responsabilidad de conservar y trasmitir las costumbres y tradiciones que de ellos recibimos. Así debe ser y así será, mientras nosotros estemos aquí.

Para usted y los suyos, amigo lector, y para todas las familias que se reúnen durante estos días para reafirmar los lazos de amor, de fe y de esperanza, desde los cálidos espacios de esta “Casa de las Ideas”, escritores colaboradores, y editores de nuestro portal, les enviamos un cálido saludo y los mejores deseos de paz, salud y bienestar. Y que a lo largo del año 2019 que se aproxima, la mano amorosa del Señor se mantenga en todo momento posada sobre sus cabezas.

“Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”

 
Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRomo

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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