Monumentos a los egos

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en Monumentos a los egos 54

“En vísperas de iniciar un nuevo trienio, y a propósito de las ansias de los munícipes de dejar huella”

De tanto en tanto llegan a la alcaldía de este nudo gordiano que llamamos “Hermosillo” personas que sobresalen, mas no por su talento político o su capacidad administrativa… vaya, ni siquiera por su simpatía o carisma, sino por la dimensión de su ego. En contrapartida, llegan otros (pocos, hasta eso) que dejan una profunda huella bienhechora y reciben a cambio el cariño y el respeto de los ciudadanos, ganándose a pulso un sitio privilegiado en los anales histórico-políticos de nuestra ciudad.

Estos últimos forman parte de un reducido grupo cuyos miembros ocuparían un sitial de honor en el salón de la fama política… si lo hubiera. Entre los que yo recuerdo de los viejos tiempos, podría mencionar a don Carlos Balderrama, al doctor Domingo Olivares, a Roberto Astiazarán, Alberto Gutiérrez, Roberto Romero y dos o tres alcaldes más. Y de los tiempos modernos los que se distinguen son realmente tan pocos que cuesta trabajo señalar a los que escapan a la mediocridad: Eugenio “Queno” Hernández, Alicia “Licha” Arellano, Héctor Guillermo “Temo” Balderrama, Guatimoc “Guaty” Iberri, Ernesto “Borrego” Gándara y… se me terminaron las opciones.

De los otros, los miembros del salón de la fama de la ignominia (que tampoco existe, pero debería existir) son tan abundantes que resultaría prolijo enumerarlos: Alfonso Aguayo, Edmundo Astiazarán, Gastón González, Francisco Búrquez, Dolores del Río y sigue la mata dando… Pareciera que en el tiempo se hubiera abierto una brecha inmensa creada por los cambios habidos en las personalidades y las mentalidades de las personas que llegan al importante cargo, si usted quiere más importante inclusive que el de gobernador, ya que sus acciones impactan directamente sobre el ciudadano común: Usted y yo y el hombre de la calle.

Muchos, muchos alcaldes han llegado y se han ido. Un puñado de ellos excepcionales, y la inmensa mayoría se ubica entre la mediocridad y la clasificación más ínfima. Están en la historia de esta ciudad y son en gran medida responsables por lo que hoy es, y por muchos de los problemas que la agobian y nos agobian.

¿Qué es lo que distingue y separa a los integrantes de ambos grupos, el del honor y el de la ignominia? ¿La imagen física? ¿Los dones histriónicos? ¿La capacidad de abuso? ¿La moralidad e integridad? ¿La sencillez y la humanidad? ¿La inteligencia y la sabiduría? ¿La visión hacia el futuro? ¿Los testimonios de honestidad y capacidad que dejaron? Para algunos será una o varias de estas cosas, y para otros, otras cosas, pero en todos los casos disponemos de abundantes evidencias que nos permiten juzgar sus respectivos desempeños.

Cuando predomina la inteligencia, la humildad y el interés por el bien común, no hay necesidad de buscar la trascendencia mediante la construcción de símbolos físicos. Basta con el monumento que se va construyendo en el día a día a base de obras y acciones pequeñas que impactan benéficamente sobre la vida de la gente del pueblo. Cuando el alcalde es una hormiga laboriosa que se despoja de la vanidad y que toma el ego personal y lo elimina como una bolsa de papel que se arroja a la basura, es cuando al final de su período queda definido el lugar preeminente que ocupará en la historia local.

Pero cuando falta lo esencial, cuando el ego, la soberbia y la vanidad gobiernan y predominan sobre la inteligencia y la capacidad de raciocinio, las acciones trascendentes del día a día empiezan a esfumarse y llegan a desaparecer del todo. Y es entonces cuando se recurre al recurso de levantar testimonios físicos para dejar constancia del paso por la posición de poder. A falta de sustancia en las acciones se recurre a la obra de pacotilla, y los beneficios reales de un correcto ejercicio de la autoridad son sustituidos por bodrios emblemáticos que terminan siendo símbolos del fracaso y el ridículo, y que quedan ahí, para siempre, a la vista de todo el mundo, dando un testimonio inequívoco del perfil humano del personaje que los construyó.

Mencionaré como ejemplos de lo anterior dos casos: El tristemente famoso reloj que Gastón González dejó para la posteridad, y la fuente ornamental que en el trienio de Javier Gándara se construyó en el nudo gordiano vial formado por los bulevares Rodríguez y Morelos, con las calles Revolución y Heriberto Aja. Dos obras completamente distintas en su forma, pero idénticas en sus efectos. Sus creadores han trascendido y trascenderán por ellas, pero ¿será esa la trascendencia que ellos buscaban cuando tomaron la decisión de realizarlas?

Viene a cuento este breve repaso de corte histórico por la inminente llegada de nuevas administraciones en los 72 municipios sonorenses, entre ellos Hermosillo, una ciudad que crece incesantemente en tamaño, en densidad poblacional, y en la cantidad y complejidad de problemas y conflictos urbanos y humanos. Hermosillo se encuentra en la actualidad en el límite entre lo que es una ciudad todavía gobernable, y una ciudad a punto de salirse de control y de perder la gobernabilidad por completo. Duele decirlo, pero a la luz de las situaciones y condiciones actuales, esa es la perspectiva real.

Pero antes de seguir adelante con los comentarios, es necesario recalcar, una y mil veces, que las autoridades en los tres niveles de gobierno llegan porque el pueblo así lo decide en el momento de votar. Los resultados de esa decisión no son inmediatos, sino que se van presentando conforme transcurren los tres años del período, en el caso de los gobiernos municipales. Tres años son pocos para gobernar cualquier ciudad o poblado, sea del tamaño que sea.

“Ciudad chica, infierno grande” reza un dicho muy popular en las viejas épocas, que hoy se podría convertir en “ciudades grandes, infiernos incontrolables”… o algo por el estilo. Y es que paradójicamente, mientras más crecen las ciudades y poblados, y aumenta la cantidad de necesidades y conflictos entre la gente que vive en ellos, menos capacidad demuestran tener las personas que llegan a hacerse cargo de resolverlos, siquiera en forma medianamente satisfactoria.

Hombres o mujeres, sin distinción, aparentemente empoderados como alcaldes, fracasan y se estrellan ante el muro impenetrable de demandas no atendidas, necesidades insatisfechas, rezagos injustificables y conflictos sociales de todo tipo. Las ciudades se han convertido en selvas plagadas de fieras salvajes con la furia a flor de piel, y la agresión en la punta de los dedos o de la lengua, que algunas veces justificadamente y otras veces injustificadamente, han perdido la paciencia y no reconocen ni aceptan la palabra tolerancia.

El primer objetivo para descargar esas frustraciones es la persona que tienen más cerca, y en segundo término está la autoridad municipal, que suele ser incapaz de dar respuesta a los reclamos ciudadanos. Para colmo las autoridades municipales se arrinconan a sí mismas temerosas de ejercer una autoridad que legítimamente les corresponde, y que permiten toda clase de desmanes y de manifestaciones que ponen de cabeza el ya de por sí precario orden urbano. Bajo la amenaza de ser calificados como autoritarios y represores, los alcaldes hacen de la permisividad un arte insano, y dejan hacer su voluntad a los amos del desgarriate.

Los municipios, quebrados financiera y políticamente, ubicados en la parte final del reparto de recursos y sin imaginación para allegarse recursos propios, se convierten en entidades plañideras que con las manos extendidas acuden a mendigar lo que buenamente quieran darles los gobiernos estatales y, apuntando más arriba, el gobierno federal. Y los gobiernos estatales y el gobierno federal, sobre todo este último, preso de sus ineptitudes, corrupciones, y con una infinidad de inercias negativas propias, se convierte en el responsable final de una derrota nacional que luce inminente.

Llegará en unos días la siguiente administración de Hermosillo, y una mujer de características muy especiales se apresta a ocupar la silla eléctrica en que se ha convertido la presidencia municipal de la ciudad más complicada, descontrolada e iracunda de Sonora. Es urgente y necesario que ubique perfectamente la situación que le espera al asumir el complicado cargo que le fue conferido en las urnas. Le va a tocar lidiar con el tigre o la pantera más feroz del estado, y va a comprobar que no es lo mismo dejarse entrevistar constantemente por reporteros y comentaristas de radio y tv para exponer sus denuncias y quejas, que arremangarse las faldas para hacerse cargo de enderezar los muchos entuertos que otros alcaldes han dejado. La tarea que le espera es monumental, sin duda.

Aún los que no votamos por ella debemos respaldarla en todo momento, porque de su éxito o fracaso durante los tres años que le corresponden dependerá en buena medida la buena marcha de esta ciudad, y la calidad de vida del casi millón de personas que vivimos en ella.

Espero su comentario en scar.romo@casadelasideas.com

En Tweeter soy @ChapoRomo

 

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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