Monumentos a la vanidad

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en Monumentos a la vanidad 35

(A propósito de la arrogancia de ciertos políticos, y de sus ansias de dejar huella)

De tanto en tanto llegan a la alcaldía de este nudo gordiano que llamamos “Hermosillo” personas que sobresalen, mas no por su talento político o su capacidad administrativa… vaya, ni siquiera por su simpatía o carisma, sino por la enfermiza dimensión de su ego. En contrapartida, llegan otros (pocos, hasta eso) que dejan una profunda huella bienhechora y reciben a cambio el cariño y el respeto de los ciudadanos, ganándose a pulso un sitio privilegiado en los anales histórico-políticos de nuestra ciudad.

Estos últimos forman parte de un reducido grupo cuyos miembros ocuparían un sitial de honor en el salón de la fama política… si lo hubiera. Entre los que yo recuerdo de los viejos tiempos, podría mencionar a don Carlos Balderrama, al doctor Domingo Olivares, a Roberto Astiazarán, Alberto Gutiérrez, Roberto Romero y dos o tres alcaldes más. Y de los tiempos modernos los que se distinguen son realmente tan pocos que cuesta trabajo señalar a los que escapan a la mediocridad: Alicia Arellano, Héctor Guillermo “Temo” Balderrama, Guatimoc Iberri, Ernesto Gándara y… se me terminaron las opciones.

De los otros, los miembros del salón de la fama de la ignominia (que tampoco existe, pero debería existir) son tan abundantes que resultaría prolijo enumerarlos: Alfonso Aguayo, Edmundo Astiazarán, Gastón González, Francisco Búrquez, Dolores del Río, Javier Gándara, Alejandro López Caballero y sigue la mata dando, porque está en desarrollo el trienio de doña Célida López… Pareciera que en el tiempo se hubiera abierto una brecha inmensa creada por los cambios habidos en las personalidades y los caracteres de las personas que llegan al importante cargo, si usted quiere más importante inclusive que el de gobernador, ya que sus acciones impactan directamente sobre el ciudadano común: Usted y yo y el hombre de la calle.

Muchos, muchos alcaldes han llegado y se han ido. Un puñado de ellos excepcionales, pero la inmensa mayoría se ubica entre la mediocridad y la clasificación más ínfima. Están en la historia de esta ciudad y son en gran medida responsables por lo que hoy es, y por muchos de los problemas que la agobian y nos agobian.

¿Qué es lo que distingue y separa a los integrantes de ambos grupos, el del honor y el de la ignominia? ¿La imagen física? ¿Los dones histriónicos? ¿La capacidad de abuso? ¿La moralidad e integridad? ¿La sencillez y la humanidad? ¿La inteligencia y la sabiduría? ¿La visión hacia el futuro? ¿Los testimonios de honestidad y capacidad que dejaron? Para algunos será una o varias de estas cosas, y para otros, otras, pero en todos los casos disponemos de abundantes evidencias que nos permiten juzgar sus respectivos desempeños.

Cuando predomina la inteligencia, la humildad y el interés por el bien común no hay necesidad de buscar la trascendencia mediante la construcción de símbolos físicos. Basta con el monumento que se va construyendo en el día a día a base de obras y acciones pequeñas que impactan benéficamente sobre la vida de la gente del pueblo. Cuando el alcalde es una hormiga laboriosa que se despoja de la vanidad y que toma el ego personal y lo elimina como una bolsa de papel que se arroja a la basura, es cuando al final de su período queda definido el lugar preeminente que ocupará en la historia local.

Pero cuando falta lo esencial, cuando el ego, la soberbia, la vanidad y la frivolidad gobiernan y predominan sobre la inteligencia y la capacidad de raciocinio, las acciones trascendentes del día a día empiezan a esfumarse y llegan a desaparecer del todo. Y es entonces cuando se recurre al recurso de levantar testimonios físicos para dejar constancia del paso por la posición de poder. A falta de sustancia en las acciones se recurre a la obra de pacotilla, y los beneficios reales de un correcto ejercicio de la autoridad son sustituidos por monumentos emblemáticos que terminan siendo símbolos del fracaso y el ridículo, y que quedan ahí, para siempre, a la vista de todo el mundo, dando un testimonio inequívoco del perfil humano del personaje que los construyó.

Utilizaré como ejemplos de lo anterior dos casos: El tristemente famoso reloj que Gastón González dejó para la posteridad, y la fuente ornamental que Javier Gándara construyó en el cruce de los bulevares Rodríguez y Morelos. Dos obras completamente distintas en su forma, pero idénticas en sus efectos. Sus creadores han trascendido por ellas, pero ¿será esa la trascendencia que ellos buscaban cuando tomaron la decisión de hacerlas?

Del abominable reloj se habló hasta la saciedad, y fue en su momento un tema que acaparó la atención pública y dio lugar a comentarios mediáticos de todo tipo y sabor. De la inexplicable fuente ornamental(hasta símbolo fálico se le llegado a considerar) también se ha dicho bastante… y se seguirá diciendo, eso ni dudarlo. Dos alcaldes: González y Gándara (Javier), diferentes en casi todo, igualados en la dimensión de su ego y dominados por una vanidad que no les cupo ni les cabe en el cuerpo. Un reloj que a veces da la hora y una fuente de la que jamás brota agua… excelente manera de dejar huella de su tránsito por la vida pública de esta ciudad ¿no le parece a usted?

El cruce de los bulevares Abelardo Rodríguez y José Ma. Morelos, donde confluyen además las calles Revolución y Heriberto Aja, es sin duda uno de los más importantes y complicados de la ciudad. Y no se ha intentado, y por supuesto no se ha resuelto, el agudo problema vial que representa. Pero en lugar de ponerse a buscar una solución adecuada que resolviera la complicada situación vial, se tomó la decisión de construir ahí… ¡Una fuente ornamental! ¿En qué cabeza cabe? De aquel entonces han pasado ocho años, dos administraciones y vamos con la tercera, y fuera de la cantidad de habitantes, de colonias y de problemas, en lo fundamental y positivo muy poco o nada ha cambiado.

Nadie ignora que entre la alcaldesa Célida López Cárdenas y quien esto escribe no existe una buena relación. Ahora ella es la primera autoridad municipal, y dice que quiere ser recordada como una alcaldesa “chingona”, y yo sigo siendo el mismo crítico molesto y duro de siempre. Yo acá, y ella allá. Su obligación es hacer bien las cosas, y hacer buenas cosas, pero está fallando lastimosamente. Lo que haga (si lo llega a hacer en el tiempo que le resta) no serán dádivas graciosas que debamos aplaudir y agradecer: para eso fue electa en un golpe de suerte que la puso donde está, y es su responsabilidad resolver el crucigrama que le plantea la ciudad. Y es mi derecho juzgar el trabajo que están haciendo, ella y su equipo, como también lo es el de los hermosillenses que se interesan y preocupan por la ciudad donde viven.

Cualquier juicio que se emita con respecto a la actual administración, cualquier comentario crítico que se haga al respecto, debe de partir del análisis puntual del estado actual en que se encuentra la ciudad. Y la ciudad es un ente que tiene vida, que tiene sentimientos y voz, y que se expresa -cada minuto de cada día, los siete días de la semana- en forma inequívoca y rotunda.

No son únicamente la violencia creciente y la inseguridad que sentimos el casi millón de personas que vivimos aquí, en esta ciudad enloquecida y caótica. Tampoco son nada más los baches, las fugas de agua, los socavones y los colapsos, la suciedad, el desorden urbano, el descuido total de la imagen urbana, el enfermizo ambiente ecológico, y la falta de obra pública significativa. Está, desde luego, todo lo anterior en su conjunto, pero además hay algo que funciona como envolvente general: y son las evidencias tangibles innegables de que la administración camina al garete, sin rumbo y sin señales de mejoría, en manos de una muchacha inexperta y sin la mínima preparación, que llegó en alas de la casualidad electoral a una oportunidad que le obsequió la diosa fortuna, pero que para los hermosillenses ha sido como una maldición que no merecíamos, a pesar de nuestras muchas culpas.

Los tiempos que vivimos en la actualidad son indudablemente malos, y se avecinan tiempos aún peores. Los hechos y las evidencias lo dicen, y todos lo estamos viendo. Las decisiones y medidas que está tomando el gobierno federal chorrean de arriba hacia abajo, y empapan a los gobiernos estatales y municipales. Ninguno escapa al chorreadero, y la situación se torna más grave cuando los que han ascendido a los cargos donde se toman las decisiones, se gestionan los recursos y se consiguen los apoyos, configuran una caterva de ineptos que se dedican a mostrar sus miserias y deficiencias, todos los días y de muy diferentes formas.

A mí no me toca a aclarar las dudas y determinar los qué, los cómo y los por qué fundamentales. Me corresponde tan solo hacer las preguntas y exponer las situaciones, tal como yo las veo… aunque a quienes realmente les compete evidentemente no le interesa darles respuesta. Ellos tienen otros datos, y viven sus fantasías en un mundo aparte.

Los rollos infumables que nos empezaron a endilgar a partir del primer día de este mes, y los que siguen, obviamente no son para aclarar nada ni para informar sobre nadatienen el exclusivo propósito deseguirnos viendo la cara de pendejos, que es lo que en pocas palabras somos para ellos… ¿le queda a usted suficientemente claro?  

En Twitter soy @ChapoRomo

Mi dirección de correo es oscar.romo@casadelasideas.com

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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