Las vacaciones de mi infancia

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en Las vacaciones de mi infancia 27

Desde que tengo uso de memoria, junio es el mes en que terminan las clases en las escuelas primarias, y dan principio las vacaciones de verano, llamadas también “las vacaciones largas”. Tres meses fuera de las escuelas en la plenitud del verano sonorense, una estación en la que el sol, inclemente e implacable, lanza sus rayos con plena furia sobre los habitantes de esta región del país que, a pesar de estar supuestamente acostumbrados a las altas temperaturas, sudamos la gota gorda y rezongamos todos los días, a todas horas, durante los cincos largos meses que dura la temporada veraniega en nuestra tierra, desde junio hasta finales de octubre, y con frecuencia hasta mediados de noviembre.

Mi nieta mayor ya terminó su carrera y está realizando actualmente sus prácticas profesionales en el Hospital San José de esta ciudad, y estando mis dos nietos menores a punto salir de vacaciones (los mayores ya concluyeron sus respectivos semestres, uno de ellos en la preparatoria y otros tres en carreras profesionales) me vienen a la memoria aquellos viejos tiempos cuando yo mismo, un chamaco que cursaba primaria en el Instituto Soria, terminaba mi año escolar y salía gozoso y alegre a gozar del período vacacional de verano.

Lo primero que hacíamos mis hermanas Leticia (+), Gloria (+) y Yolanda, y yo -que soy el mayor de la familia- al llegar a casa después de los exámenes de fin de cursos, era aventar los zapatos, quitarnos los calcetines y las calcetas, y lanzar un largo suspiro de placer… Y empezaba lo que se suponía eran nuestras vacaciones.

Desde luego, y aunque no existía el yugo de levantarnos todos los días muytemprano para ir a la escuela, lo de vacaciones era simple broma. Mis hermanas, incluyendo a Yolanda, la más pequeña de la primera “camada” -porque luego llegaría la segunda tanda-, tenían que ayudar a mamá en los quehaceres de la casa: barrer, trapear, sacudir, limpiar el único baño que había en la casa, lavar los platos del desayuno, y regar las plantas y las macetas, y a mí me tocaba el trabajo “menos pesado, que consistía en levantarme a las cinco de la mañana para ir a cualquiera de las innumerables acequias que cruzaban la ciudad a cortar quelite, para dárselo a las gallinasque teníamos en el corral “de atrás”. También me enviaban a comprar salvado (cascarilla de trigo) para dárselo a las gallinas mezclado con agua.

Luego, a media mañana, tenía que acompañar a mi mamá al mercado municipal (no había más que uno) para ayudarle con las bolsas del mandado, que en aquel entonces eran de ixtle. Por supuesto había que ir a pie, porque en nuestra casa no teníamos automóvil entonces. Todos los mandados se hacían a golpe de calcetín. Comíamos temprano, y luego a dormir la siesta tirados en el piso de cemento, porque los colchones de las camas estaban ardiendo con el calor.

Huelga decir que en aquellos tiempos no había refrigeración y tampoco coolers. Para aliviar el tremendo calor solo había abanicos, y de pequeño tamaño, así que con ellos nos la bandeábamos. Por la tarde había que hacer cosas dentro de la casa, mientras bajaba el sol y se nos daba permiso para salir a jugar a la calle o al parque más cercano con los amigos al atardecer. Los juegos eran de lo más sencillos: Las catotas (canicas), los trompos, el balero, a las encantadas, al pan y queso, el ronchiflón, la esconde-la-cuarta o el carro (especie de béisbol rudimentario que se jugaba con una pelota de esponja a la que golpeábamos con el puño cerrado).

Hermosillo era un pueblito muy pequeño y sencillo, como dice la letra del himno regional “Sonora Querida”, y la vida era también sencilla, sin complicaciones y los hermosillenses todos vivíamos en armonía y disfrutando de aquella paz y aquella serenidad que nos permitía dormir en catres de lona, en los corredores o a cielo abierto, y con las puertas abiertas, sin que sucediera nada malo… imagine usted nada más.

Temprano, después de jugar un rato por las tardes, había que regresar a casa porque la cena era al filo de las seis, seis y media de la tarde. Cenas muy sencillas: frijolitos aguados con queso regional fresco, y pan recién hecho en “La Convencedora” de Silvestre Murguía. Después de cenar, mientras caía la noche y asomaban las estrellas –que juro por Dios eran más brillantes entonces que ahora- nos sentábamos en el patio de atrás en unas poltronas de lona para que mi papá nos contara hermosos cuentos, como sólo él sabía contarlos.

Luego llegaba la hora de dormir y había que tender los catres para toda la familia. Noches serenas, calientes aunque no tanto como las de hoy en día, cielo tachonado de estrellas y un sofoco que ahogaba. Y una vez conciliado el sueño, llegaban los ventarrones y las tolvaneras, los truenos y los rayos… y había que meter los catres de prisa, porque nunca se sabía cuándo iba a llover, o cuando iba a ser puro barullo.

En mi mente está firme la certeza de que en aquellos años llovía mucho más que en la actualidad, y parto del hecho de que entonces la ciudad estaba rodeada por todos lados con huertos de naranjo, milpas y sembradíos diversos, lo cual creaba un microclima que favorecía la lluvia, y además la mayoría de las calles eran de tierra, y solo había unas cuantas calles pavimentadas, lo cual impedía que irradiaran el calor salvaje que hoy tenemos que soportar.

El día siguiente, y el otro, y el otro, eran una copia al carbón unos de los otros. Días sencillos, repetitivos y tal vez rutinarios, aunque jamásmonótonos. Fuimos niños que nunca aprendimos a enfadarnos(aburrirnos) como los de hoy. Desde luego ni soñar con juguetes sofisticados, porque no existían. Carritos de lámina o de madera, pelotas de hule o trapo, guantes de beisbol de lona, y de vez en cuando conseguir permiso para ir a la alberca de la desaparecida y nunca olvidadaCasa del Pueblo. También, cuando había oportunidad, las escapadas con la palomilla para subir al Cerro de la Campana por el norte, y descender por el sur para ir a darnos un chapuzón en ”El Guamuchilón” de antigua “Sauceda”.

Nadie pensaba, ni se le ocurría siquiera la idea de ir de vacaciones a lugares lejanos dentro o fuera del país. No había carreteras pavimentadas, muy pocos tenían automóvil, y el medio de comunicación más común con el resto del mundo era el ferrocarril con sus locomotoras a base de vapor, con sus carros pullman (dormitorios) para los más pudientes, y los vagones de segunda, para el proletariado. En muy contadas ocasiones se presentaba la oportunidad de ir a disfrutar del mar en Bahía Kino o Tastiota, playas vírgenes en aquel entonces, y todavía más raro ir a Miramar, que apenas despuntaba entonces como balneario.

Disfrutar el olvidado placer del juego por el juego, la camaradería y el contacto humano, la interacción con las personas en las calles y las esquinas, o al car la tarde, después de cenar, las familias sentadas en las banquetas, conversando y saludando a la gente que pasaba, conspirar y hacer travesuras, juntarse con los cuates y coquetear inocentemente con las pudorosas y recatadas muchachas de aquellos tiempos, tesoros de una existencia que parecen haberse esfumado con el correr del tiempo y el advenimiento de la modernidad, con su atroz individualismo, la pérdida de valores y la contaminación de las costumbres, los juegos electrónicos y los teléfonos inteligentes que embrutecen y robotizan

Así eran las vacaciones de verano en aquella época tan distante que parece no haber existido jamás. Muchos años han transcurrido, y muchas personas que vivieron en aquellos tiempos, y que jugaron, lloraron, rieron, sufrieron y gozaron junto a nosotros, ya no están aquí. Se han ido, pero no han sido olvidadas. Viven y vivirán mientras formen parte de nuestros recuerdos. Y me pregunto, casi con un nudo de angustia en la garganta ante la posibilidad de una respuesta no deseada: ¿Fueron acaso aquellos tiempos mejores que los de hoy, o simplemente diferentes?

No podría decirlo, pero cuando veo a mis hijos angustiados y mortificados por encontrar el dinero necesario para llevar a mis nietos y nietas de vacaciones, no puedo menos que suspirar y concluir que si aquellos tiemposausteros y dulces no fueron mejores que los actuales, ciertamente fueron más sencillos, menos exigentes y estresantes. Por eso se dice, y se dice con sobrada razón, que “tiempos traen tiempos”, significando que no tenemos por qué comparar lo pasado con lo actual, porque no es justo, y porque no hay puntos y aspectos posibles de comparación.

Hay que disfrutar  la vida que nos ha tocado y que nos toca vivir, como es y como viene, tratando de extraer de ella la dulzura de los momentos agradables que nos ofrece, y buscando la forma de hacer a un lado lo malo y lo desagradable, que de un tiempo a la fecha nos asalta a cada instante y por todos lados.

A pesar de todo, y como bien dice el título de aquella hermosa películaitaliana que vale la pena disfrutar una y otra vez: ”La vida es bella”.

En Twitter soy @ChapoRomo

oscar.romo@casadelasideas.com

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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