La voz de la conciencia

Oscar Romo Salazar, Recientes 1 comentario en La voz de la conciencia 24

¿Acaso existe entre quienes ejercen el poder?

En general siempre se ha considerado a los judíos personas de gran inteligencia y prudencia, muy cultas e inclusive poseedoras de gran sabiduría. Tienen un arraigado concepto de sus orígenes como pueblo, y son capaces de grandes sacrificios con tal de sobrevivir. Existen desde luego sus excepciones, pero la regla general es esa. Siendo un pueblo cuya historia se remonta a las épocas más remotas, ha pasado por tiempos buenos y malos, y siempre -o con gran frecuencia- ha sido protagonista de sucesos terribles, de gran trascendencia incluso en el resto del mundo. Algunas de las pruebas por las que este pueblo ha pasado en su historia han sido terribles, y apoyado en su milenaria resiliencia y en su tradicional prudencia, ha sido capaz de superarlas.

A propósito de lo anterior, hubo una vez un niño judío que solía escuchar de su abuelo estas palabras: “Recuerda siempre que una persona debe ante todo cumplir con su propia conciencia y, después, apoyar a ciegas la mejor consecución de los fines últimos de su grupo. En nuestro caso, los fines del pueblo judío. Y el primero es su supervivencia.”

Aquella le parecía al niño una máxima sabia… ¿Quién no se había visto alguna vez obligado a elegir entre dos alternativas que estuvieran en pugna? Un día, el niño convertido ya en joven, acudió a su abuelo cuya barba era ya completamente blanca y tan larga que le llegaba hasta el abdomen, y le dijo: “Abuelo, tengo un problema. Me parece que no me equivoco si digo que todos estamos demasiado dispuestos a transigir con el plan que nos ofrezca la solución más fácil y agradable. Haciendo esto nos evitamos bochornos, optando por aquello ganamos aplausos inmediatos; obrando de otro modo acallamos las voces contrarias más fuertes… ¿Cómo sugieres que puedo resolver lo que conviene hacer en cada caso?”

El anciano quedó silencioso por un largo  momento y dejó que su mirada se perdiera en el vacío. Y luego su respuesta fue contundente: “Si tienes que tomar una decisión difícil, pregúntate cómo responderá tu conciencia mañana, y al día siguiente, y dentro de un año. Si te surge algún escrúpulo es porque tu decisión es errónea, y debes entonces cambiarla.”

Esta anécdota me parece que debiera formar parte de un código general de conducta, ya que es aplicable a cualquier persona, en cualquier parte del mundo, ante cualquier conflicto. La voz de la conciencia. Esa voz que nos dice desde el fondo de nuestro ser cuando actuamos de cierta manera, cuando nuestros actos se apartan de las líneas éticas de conducta. Y cuando esos actos repercuten sobre un gran número de personas, esa voz interior se torna estentórea, y nos roba la calma, y nos impide dormir y nos corroe como un ácido las entrañas.

¿Sucederá eso con los gobernantes? Me pregunto. Si un gobernante es producto de una carrera política más o menos larga, que le ha llevado por toda clase de decisiones trascendentes, y en todas ellas ha terminado acallando la voz de la conciencia y sometiéndose a los compromisos adquiridos, y aceptando las soluciones que le granjean aplausos efímeros, a costa del dolor y la miseria de muchos ¿Se puede confiar en la sabiduría de sus decisiones? Y aún más ¿Se pueden aceptar a ciegas las buenas intenciones que pregona por doquier?

Por el contrario, si el gobernante no tiene la experiencia de mando suficiente, y desconoce las profundidades de un servicio público de primer nivel, como lo son las alcaldías, lo más probable es que carezca de lo mínimo indispensable para un desempeño decoroso de la gran responsabilidad que se le confiere. Pero no solo eso que, como dije, es lo más esencial. Se requiere también temple, sensibilidad, serenidad y carácter, con la advertencia de que tener carácter no equivale a tener mal carácter.

Y vale la puntualización porque al gobernar cualquier municipio, sea grande, mediano o pequeño, abundan los momentos en que la inteligencia, la paciencia y la tolerancia de quien gobierna son puestas a prueba, y es cuando suelen aflorar los arranques iracundos y los desplantes de poder que acaban con la armonía y la buena relación que en todo momento debe privar entre un alcalde y la gente a la que gobierna. Y cuando chocan el mal carácter del alcalde con el hartazgo y la furia contenida en la comunidad, las cosas se ponen color de hormiga, y resulta imposible augurar buenos resultados.

En estos momentos, que yo calificaría como aciagos y poco prometedores, en todos los municipios de Sonora, y hablando de Hermosillo en particular, nos encontramos a solo tres días del arribo del gobierno municipal 2018-2021 que encabezará la señora Célida López Cárdenas que, de entrada, no guarda similitud con ningún otro alcalde que hayamos tenido con anterioridad. No por sus orígenes partidistas ni por la ideología que lo sustenta -que en primer caso no tiene la menor importancia, y en el segundo es simplemente inexistente- sino por el estilo tan especial que la nueva alcaldesa ha mostrado a la hora de tomar decisiones y de actuar, en los meses previos a su toma de posesión.

Por decirlo de alguna manera, su actuación hasta el momento se ha basado fundamentalmente en una línea de crítica severa hacia la anterior administración, lanzando ominosas advertencias hacia los funcionarios salientes y enredándose en determinados momentos en discusiones bizantinas con los representantes de los medios de comunicación. Un comportamiento evidentemente errático y absolutamente poco convincente. Dicho comportamiento puede tener diversos fundamentos: por un lado una mala asesoría y un diagnóstico equivocado de la situación real que priva en el ayuntamiento, y por otro los resabios y sedimentos de conflictos políticos provenientes de tiempos recientes, y de ofensas políticas -reales o ficticias- recibidas por ella y el grupo político donde militó previamente.

Resulta ocioso insistir en que el municipio de Hermosillo, con casi un millón de habitantes, es un monstruo devorador de alcaldes, sean del partido que sea. Sin más leve sombra de duda, Hermosillo es en la actualidad una comunidad sin una identidad definida, habitado por ciudadanos con ideologías, tendencias e intereses dispersos, lo cual dificulta extraordinariamente una adecuada, indispensable y sana vinculación social. Es inútil insistir en la unidad entre gobierno y ciudadanía, y es poca o nula la colaboración que las autoridades pueden obtener de parte de la comunidad, cuando no existe identificación ni vinculación.

A Célida López realmente no se le conoce en Hermosillo, fuera de su permanencia de tres años en la LXI Legislatura que acaba de concluir. Ahí, confundida entre 33 colegas legisladores, dejó huellas leves de su paso, y nada realmente significativo. Célida no cuenta con ningún antecedente previo en algún cargo público de corte ejecutivo, que le permita asumir la enorme responsabilidad que se le ha conferido con razonables probabilidades de éxito. Desde luego, no creo que haya un solo hermosillense que honestamente no le desee éxito, pero tales deseos son hasta cierto punto tenues y efímeros, porque difícilmente aguantarán la prueba de los hechos cotidianos en el ejercicio de gobierno.

Los tiempos políticos actuales son inéditos en muchos sentidos. Muchos lo sabemos, y muchos otros lo intuyen sin saberlo a ciencia cierta. Todos mantenemos en nuestra mente una serie de grandes interrogantes respecto a los nuevos legisladores y gobernantes que han llegado, y que culminará el 1º de diciembre con la entronización de su Alteza Serenísima Andrés Manuel I. Hasta el momento hemos tenido un abusivo y ramplón ejercicio de poder a priori, a partir del desplazamiento grosero de un presidente que prácticamente abdicó a favor de su sucesor. Las escenas de armonía amorosa y de coincidencia cosmética entre Peña Nieto y López Obrador no han logrado convencer a los energúmenos parroquianos del congal mexicano, que siguen vociferando de noche y de día.

López Obrador está siendo conducido muy hábilmente por la ruta de los acercamientos con los grupos de poder político y económico, lo cual es absolutamente correcto. Los líderes empresariales y políticos se están dejando querer y cachondear por el presidente electo, aspecto en el cual son verdaderos maestros, como prostitutas profesionales que son. No se puede saber qué tanto durarán el romance y las buenas intenciones. Tal vez no mucho, habida cuenta de la situación de inestabilidad que prevalece en el país.

Para Célida López no ha resultado tan sencillo como para Andrés Manuel López, en primer lugar porque su temperamento lo dificulta, y también porque los grupos locales de poder son huesos bastante duros de roer, y no caen rendidos fácilmente ante esta mujer de temperamento claramente agresivo, que ha llegado con la espada desenvainada y buscando sangre, con lo cual -y pido al cielo que mi pronóstico esté equivocado- se podría inaugurar en nuestro municipio una nueva época de confrontación y de vendettas.

 

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com

En Tweeter soy @ChapoRomo

 

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

1 Comment

  1. Ana ma moreno 13/09/2018 at 11:40 am

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