La transparencia que desnuda

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en La transparencia que desnuda 50

“Las comparaciones suelen ser odiosas, y molestan, irritan e incomodan a la gente de epidermis sensible, pero está demostrado que es inútil tratar de tapar el sol con un dedo”

Con todo y los evidentes e innegables defectos que sobre todo en la actualidad evidencia, es necesario reconocer que los Estados Unidos de Norteamérica como país tiene cosas buenas, y algunas muy buenas y hasta excelentes. El severo lector dirá que en este mundo en decadencia y que se ahoga en polución ambiental, no hay país perfecto, y desde luego tendrá razón, pero lo anterior no obsta para que conste, y tampoco nos impide aceptar que en materia de democracia y transparencia la diferencia entre aquel país y el nuestro es abismal. No estoy sosteniendo, de ninguna manera, que allá no haya corrupción, negocios sucios, contubernios y todas esas cosas que abruman y ofenden a los ciudadanos en cualquier parte del mundo. Lo que estoy diciendo es que hay niveles, y niveles.

Una de las muchas realidades en cuestión de transparencia estriba en que el nivel de hipocresía social y política es indudablemente menor allá que acá. No digo que en el país del norte no la haya, pero repito: hay niveles, y niveles. Y con lo dicho y repetido creo que queda establecido claramente el muy popular dicho mexicano que sostiene aquello de “se puede ser cochi, pero no tan trompudo”.

En los Estados Unidos las reglas del juego en la política y en el periodismo son diferentes a las que tenemos en México. Tal vez la diferencia más clara y trascendente está en que allá un medio de comunicación impreso o electrónico, y para el caso cualquier comunicador o periodista, puede mostrar su simpatía y ofrecer abiertamente su respaldo a un partido o a un candidato, sin que se le venga el mundo encima. Los gringos, que son capaces de muchas barbaridades y de grandes perversidades, tienen sin embargo la madurez cívica suficiente como para entender y aceptar que en materia de política y de periodismo no existe eso que llaman “imparcialidad”.

En nuestro deshilachado y embroncado país, donde hasta el más molacho masca rieles y el menos cagón llena un bote, las cosas son totalmente distintas, tanto en esa materia como en casi todas las demás. Los mexicanos somos hipócritas y ladinos de nacencia, pues. Desde las épocas en que los indígenas autóctonos recibieron a los conquistadores españoles con sonrisas y regalos, mientras ocultaban en la espalda un cuchillo de obsidiana para degollarlos, la hipocresía y la doble y hasta triple cara, pasaron a formar parte de nuestra forma de ser, y lejos de atenuarse con el paso del tiempo, lo que hemos hecho es perfeccionarla y convertir la hipocresía en una suerte de obra de arte, tan mexicana como los huaraches, los zarapes, las pinturas de Diego, los murales de Orozco, y las canciones de Tata Nacho o José Alfredo.

Y es sobre todo en los tiempos electorales cuando más y mejor se ponen de manifiesto las cuestionables “virtudes” de la hipocresía y la falsedad, entre los políticos y sobre todo entre los periodistas y conductores de radio y televisión, que se han convertido en verdaderos maestros en el arte del disimulo y la falsedad. Lo que en gringolandia se percibe como una buena y hasta necesaria franqueza, acá entre nosotros, en la tierra del guacamole, el mixiote y los rostros maquillados que aparentan sonrisas amistosas y ocultan los gestos de odio, es un pecado mortal, un delito de lesa majestad que amerita el cadalso en plaza pública, la horca o el degüello cívico.

Sé lo que quieras, escribe lo que quieras, expresa lo que quieras, insulta, vitupera, califica y descalifica, acuéstate con quien quieras… pero no se te ocurra manifestar simpatía o adhesión hacia tal o cual candidato en campaña, porque se te viene el mundo encima, y la turba pedirá a gritos que seas despellejado vivo y se te aplique la pena capital.

Cuando la ética debería ser la regla de oro que rigiera en la profesión, y en el ejercicio del oficio debería convertirse en un cetro de virtud en la mano y la mente de los periodistas y comunicadores, por el contrario se dobla, se tuerce y se manipula cobardemente, porque para un periodista o comunicador mexicano cualquier cosa es preferible a reconocer que apoya a este o aquel candidato, de este o aquel partido. La hipocresía se convierte así en el distintivo supremo que eleva a nivel de estrellato no a aquellos que se conducen con integridad y apego a la ética, la verdad y la sinceridad, sino a quienes mejor saben disimular sus simpatías y preferencias políticas y electorales, sobre todo estas últimas.

La transparencia que tanto se exige desde los púlpitos del periodismo impreso o electrónico es un arma de dos filos. Aquel periodista que, en acatamiento de la exigencia de moda, actúa con transparencia y se muestra públicamente tal cual es, cuando menos en el ejercicio de la actividad o profesión en que se desenvuelve, debe aceptar caminar desnudo de cuerpo y de mente, y eso es algo que muy pocos, de hecho nadie, está dispuesto a hacer.

Lo anteriormente dicho pone de manifiesto la patética inmadurez que prevalece en las comunidades mexicanas, que en vez de concederse el derecho de aceptar un periodismo franco y abierto, sin tapujos ni maquillajes, honestamente despojado del velo de una supuesta imparcialidad, y decidir a quién leer en los periódicos o en los portales de Internet, o a quién escuchar en la radio y sintonizar en televisión, sabiendo cuáles son las preferencias y las simpatías políticas de cada comunicador, prefieren cerrar los ojos y hacer de cuenta que la honestidad profesional es un estorbo, algo nocivo dentro de la vida en sociedad.

En estos días hemos visto cómo Ricardo Anaya, el candidato del Frente por México a la Presidencia de la República, se ha lanzado con todo en una guerra a muerte contra Enrique Peña Nieto, el presidente en turno, y entre otras cosas le exige a gritos que saque las manos del proceso electoral, asumiéndose como víctima de un complot en su contra surgido de las entrañas de la PGR para desbarrancarlo en sus aspiraciones electorales. Este es el tema más relevante en los últimos días, y probablemente lo seguirá siendo en los días que siguen, porque está en juego el destino de uno de los tres máximos contendientes en esta guerra electoral.

Durante semanas nuestro país estuvo en suspenso, esperando que Peña Nieto decidiera quién sería el candidato de su partido, el PRI, y cuando lo hizo todos en México lo vieron como algo normal, y nadie lo acusó de nada, salvo de utilizar el proverbial “dedazo”. Pero lo mismo, o algo peor sucedió en MORENA y para el caso en el PAN, donde los actuales candidatos se agandallaron las candidaturas con total desvergüenza, y no pasó nada. Si el peso de Peña Nieto fue determinante en su partido, es lógico y natural que siga apoyando a su candidato, igual que en las pasadas elecciones de EU el presidente Barack Obama respaldó abiertamente a la candidata del partido demócrata Hillary Clinton, y nadie en aquel país pidió su cabeza ni lo acusó de falta de imparcialidad. Lo que allá es algo normal, acá se convierte en pecado mortal.

La acusación de Anaya de que se están utilizando las instituciones en su contra conlleva la idea de que el país y sus instituciones fundamentales deberán paralizarse mientras el proceso electoral está en marcha, lo cual representa una locura sin paralelo en la historia. El polvorín llamado México anestesiado por el capricho de un candidato que si efectivamente tiene cosas que explicar, debería ser el primero en pedir que se investigue para que la verdad salga a la luz. Lejos de eso, esquiva los temas de que se le acusa, y demanda en cambio que el aparato oficial se paralice y que el presidente se nulifique y se abstenga de perjudicarlo.

Amenazas van y acusaciones vienen, y Anaya se ha convertido en un amenazante chivo en cristalería, capaz de hacer añicos todos los jarrones, las vasijas y vajillas que tenemos en esta tienda que llamamos México. De esta manera Anaya se está revelando como un peligro mucho peor que el otro peligro que siempre ha encarnado y representado Andrés Manuel el de Macuspana. Promesas de crear fiscalías autónomas y comisiones de la verdad, juramentos de encarcelar al actual presidente si sigue poniéndole piedritas en el camino al rey de las trampas, las traiciones y golpes de estado internos en su partido, el PAN. Ofertas de amnistías y absoluciones para quienes entren al redil de una izquierda más falsa que un bilimbique de la Revolución. Basura y más basura, lodo y más lodo, caos, confusión y desbarajuste.

A medida que la transparencia que desnuda a tirios y troyanos huye por la puerta de la cocina, por la puerta principal entra doña impunidad, esplendorosa y letal, en un ataque frontal contra el orden, la justicia y el estado de derecho, en un país que se sacude y se agita como una hoja seca presa de los vientos huracanados que generan las ambiciones de los políticos, que se abaten como demonios del Averno sobre el desprevenido y desconcertado pueblo mexicano.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRomo

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

Leave a comment

©2012 Casa de las Ideas, Derechos reservados. l Sitio desarrollado por: Freaner Creatives

Search

Back to Top