La batalla contra la tecnología

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en La batalla contra la tecnología 42

“Es una batalla perdida, lo sé, pero hay que darla aunque sucumbamos en el empeño.
El secreto está en cómo darla, sin perderlo todo en el combate”

Debo confesar que pertenezco a una especie en extinción. Igual que la caguama, la totoaba, el cimarrón, el oso panda y tantas otras especies del reino animal cuya existencia se encuentra seriamente amenazada, yo pertenezco también a una clase de personas que definitivamente va de salida. Entre broma y en serio, hay una realidad ineludible: Si antes, en algún remoto momento, el mundo nos perteneció a nosotros, hoy ya no nos pertenece más. Hoy en día es de otros. Los vientos de la modernidad se impusieron.

Y fíjese usted lo que son las cosas: esos “otros” dueños del mundo no son nuestros hijos, sino nuestros nietos, y dentro de poco, nuestros bisnietos, si tenemos la suerte de vivir lo suficiente. Al menos así sucede para los sesentones, setentones y ochentones que nos encontramos en nuestros años de oro viejo, de un oro que ya no brilla como cuando en nuestra juventud, enamorados de la vida y de nosotros mismos, le sacábamos brillo cada día, todos los días, con pedacitos de franela o terciopelo. Éramos como éramos y fuimos lo que fuimos, y a estas alturas del partido ya no nos queda otra que suspirar mientras cerramos los ojos y dejamos que lleguen los recuerdos… y con ellos la nostalgia de los tiempos idos, de los años que cayeron como las hojas caen de los árboles en el otoño.

Como troncos viejos y arrugados, nudosos y de corteza gruesa, llevando en nuestra superficie las huellas de los hachazos que da la vida sin lograr derrumbarnos, nuestras ramas aún llevan la savia que ha nutrido los nuevos brotes. Nuestras raíces, profundamente hundidas en la tierra de nuestra existencia, todavía son capaces de sostener y nutrir el viejo árbol que espera… que aguarda. Los pájaros del anochecer se posan sobre los muñones de las ramas que la vida taló, y que al separarse dejaron hondas heridas, y espacios vacíos difíciles de llenar.

Soy, lo repito, el prototipo de una especie que va de salida, y que en el tramo final, antes de la despedida, sigue con la mirada asombrada, azorada, los cambios, los avances, los descubrimientos, lo nuevo que surge cada día, y que al mismo tiempo posee la forma maravillosa y la sorprendente retrospectiva, suficientes para poder establecer las comparaciones. El antes y el después. El ayer y el hoy. Capítulos viejos y capítulos nuevos del libro existencial que se reescribe con cada generación que llega.

Conservo una especie de rebeldía moribunda contra ciertos artefactos prototipos de la modernidad desaforada, ante los que han sucumbido inclusive muchos poco más o menos de mi misma edad. Me refiero a los teléfonos celulares, que realmente ya no sé si llamarles “teléfonos” o qué cosa. Porque para los de mi generación, un teléfono era un aparato generalmente de color negro que hacía “riiing” y uno contestaba, o que uno metía el dedo en una serie de agujeritos y los giraba para comunicarnos con la persona deseada. Inclusive, en la niñez, descolgaba uno la bocina que colgaba de una cajita en la pared y le daba vueltas a una pequeña manija para que contestara una operadora a la que uno le indicaba el número (tres dígitos) al que deseaba hablar. Eso era el teléfono en mi niñez.

Hoy las que se supone son las nuevas versiones, son artefactos mágicos con los que se puede hacer casi cualquier cosa, hablo de los que tienen la admirable capacidad de entenderles, claro. Y me doy cuenta con horror de cómo esos aparatitos de colores muy lindos, son como esporas que han ido absorbiendo paulatinamente la mente y la vida de las personas, entre ellas mis seres más queridos. Hipnotismo o condicionamiento mental, vaya usted a saber, la carrera por estar al día con los últimos avances de IPhones Apple, Motorola, Samsung, Huawey, LG y demás productores de magia es feroz, desenfrenada, despiadada.

Por supuesto, no puedo decir que soy inmune al contagio, soy víctima de él pero hasta cierto punto, nada más. Utilicé durante mi primera etapa viejo un celular que heredé de uno de mis hijos, que me cedió hace varios años cuando empezó a escalar la empinada y costosa cuesta de la tecnología. Y luego compré el que actualmente tengo y que utilizo exclusivamente para hacer o contestar llamadas, y para enviar y recibir mensaje en Whatsapp. Las generaciones actuales se han enganchado en una moderna esclavitud con las empresas de telefonía celular, y se la viven reponiendo constantemente sus implantes cerebrales, entiéndase celulares de la marca que sea.

La oleada es incontenible, abrumadora y parece una carrera en la que no hay vencedor ni vencido, porque por un instante alguna empresa toma la punta, y al siguiente la cede a otra. El público paga y la propaganda manda, no faltaba más. Y yo me pregunto, como quizá muchas otras personas deben estarse preguntando: ¿Todos estos trastes mágicos y maravillosos nos hacen más felices? Si se llevan consigo y consumen la mayor parte de nuestro precioso tiempo -ese que una vez que se va ya no vuelve- ¿valdrán realmente la pena?

En alguna ocasión le platiqué a usted lo que son los domingos en nuestra familia. Día de reunión familiar, de convivencia, de risas y comentarios en un amoroso entorno. Dije con cierto filo venenoso que los domingos mis hijos y nietos no vienen a visitarnos y a comer… sino que vienen a acampar, porque llegan antes del medio día y se van casi al anochecer. No es que mi mujer y yo nos quejemos, para nada, nosotros encantados, pero la verdad es que nos dejan pa’l arrastre… cansados, pero felices, y deseosos de que llegue el siguiente fin de semana para repetir el feliz momento.

Pues bien, de un tiempo a la fecha ese día feliz, esos momentos de hermosa e intensa convivencia han empezado a perder su encanto. ¿Y sabe usted por qué? Porque cuando estamos sentados alrededor de la mesa familiar ya casi nadie platica, ya casi nadie comenta, y todos están absortos, encorvados sobre esos aparatejos que se están apoderando de nuestros momentos de compartir, de nuestros momentos de ser familia, y lo único que veo son los dedos de mis nietos, y también por momentos de mis hijos, moviéndose a ritmo frenético enviando textos a alguien seguramente más importante que los viejos que esperan con tanta ilusión la visita de la prole.

Así pues, he tomado la trascendente decisión de, a partir del próximo domingo, poner una canastita a la entrada de nuestra casa para que al llegar todos sin excepción vayan dejando sus celulares. O vienen a vernos a nosotros, o se dedican a “textear”, pero en otro lado. Nadie tiene derecho a robarse el tiempo familiar que nos corresponde, y menos que nadie un chisme que, por muy elegante, caro y sofisticado que sea, no vale lo que cinco minutos de convivencia familiar.

El riesgo que voy a correr es que, una vez que la regla se ponga en efecto, ya nadie venga a vernos los domingos. Tal vez estoy sobrevalorando el indudable amor que nos tenemos, y al hacerlo puedo incurrir en el error de pensar que volveremos a recuperar la cordura, y con ella los momentos sencillos y felices que hemos disfrutado durante tantos años… sin iPhones y demás tarugadas por el estilo, porque ya los Blackberrys son cadáveres que ocupan un lugar en el cementerio de los celulares que murieron en la guerra inacabable de la tecnología moderna.

En fin, ya veremos, y una vez que haya puesto en práctica mi siniestro plan de confiscar los celulares de mi familia los siguientes domingos de convivencia, ya le comentaré a usted los resultados.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRomo

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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