Hermosillo castigado

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Este día les ofreceré a ustedes el rescate de un documento muy especial que guardo en mis archivos. Un auténtico platillo “gourmet” para cualquiera interesado en la historia de nuestro Hermosillo tan querido. El documento es algo extenso, pero aún así espero que lo disfruten hasta el último bocado… ¡Buen provecho!

 

Hermosillo castigado

Por Ángel López Real

 

El reloj del molino harinero “El Hermosillense” marcaba las cuatro cuarenta y cinco de la mañana del domingo 28 de abril de 1929. Enfrente pasaban los bufantes convoyes de trenes militares, llevando a bordo las tropas que apenas habían llegado la noche anterior a Hermosillo. Todos los pasajeros iban alterados. Algunos sin arma ni uniforme. Otros, mal uniformados y equipados. Los más, mal vestidos de civil. Indisciplinadamente y casi en pánico huían en un evidente: ¡Sálvese el que pueda, como pueda!

 

Tan penosamente así, se desvanecía el último levantamiento armado de la Revolución mexicana, fraguado en la propia ciudad de Hermosillo, y secundado por otros diez estados del país. Por tal motivo, el levantamiento fue conocido como “Plan Hermosillo” o “Escobarista”, y al movimiento se le llamó también de “La Renovadora”.

 

Después de que el sonorense Álvaro Obregón fuera asesinado el 17 de julio de 1928 en el restaurante La Bombilla, toma el control de la política nacional Plutarco Elías Calles (otro sonorense), y asume el mando de las fuerzas armadas federales para combatir a los “escobaristas”. Los “gubernamentales” contaban con el apoyo de los modernos medios bélicos para combatir las rebeliones que surgían en distintos puntos del país.

 

A la altura de La Casita, en el barrio El Ranchito, los trenes militares tomaban veloz marcha hacia la frontera. Uno de esos trenes estaba operado por el joven mecánico de la Casa Redonda, de Empalme: Silvano Gutiérrez Agramont, obligado a fuerza de pistola a convertirse en maquinista al desertar el operador titular. En esos momentos, a muy baja altura, un avión solitario sobrevuela la ciudad de Hermosillo, para después enfilar hacia el sur y perderse flotando en la oscura penumbra del amanecer.

 

A continuación, y por breves minutos, la ciudad quedó quieta. Ambiente del que no disfrutaban los hermosillenses desde la tarde del día anterior (sábado) en que se quedaron sin autoridades. Casi todas, municipales y del estado, habían abandonado la capital sonorense para salvarse de la venganza que podía gestarse contra los que apoyaron el movimiento “escobarista”. Solos, una docena de policías y el regidor Nicolás Burgos, quedaron a cargo del orden público.

 

Por la noche del sábado 27 principiaron a llegar del Sur, en varios trenes militares, los restos de las tropas “Renovadoras”. Casi tres mil soldados que envolvieron a la ciudad en el clásico, ruidoso y agitado ajetreo de la algarabía propia de las concentraciones armadas.

 

Pero ahora, por fin reinaba el silencio. Placidez rasgada a las seis de la mañana por una nueva algarabía producida por oficiales y soldados rezagados que no habían alcanzado el tren. Quienes, algunos con pistola en mano, requisaban autos, camiones, charangas, caballos, mulas o burros, lo que pudiera transportarlos para salir de la ciudad.

 

Actos de prepotencia soldadesca que, molestos, algunos atónitos feligreses católicos enfundados en sus trajes domingueros, tuvieron que presenciar en su tránsito a misa en los templos de la Capilla del Carmen o la Catedral. Mientras, en las calles aledañas a “La Estación”, grupitos de inconscientes chamacos, de adolescentes y algunos mayores, se aventuraban a recoger algunas armas botadas, así como uniformes, gorras y polainas que habían dejado regadas los “escobaristas”, en su arrebatada y presurosa huída.

 

Siguieron concentrándose, sin orden ni concierto, en la Estación del Ferrocarril (actual cruce de la calle Juárez y bulevard Luis Encinas) algunos oficiales y numerosos soldados “escobaristas” remisos. En el lugar quedaron abandonados varios vagones de transporte de ganado, y una o dos locomotoras inmovilizadas por falta de combustible. La bulla soldadesca continuó acompañada por esporádicos disparos, hasta cuando el reloj del molino harinero “El Hermosillense” alegremente repicó las diez de aquella mañana radiante, hermosa y dominguera del 28 de abril de 1929.

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Tan… Tan… Tan… Entre el lento ritmo con que rodaban las campanadas del reloj, se oyó el grito de uno de los soldados “escobaristas” rezagados, ubicado cerca de uno de los vagones inmovilizados en los tendidos centrales de rieles de la curva, frente a la Estación, exclamando: “Miren… allá”… Allá vienen  los “aigroplanos” de los gobiernistas!

 

Al oriente de nuestra ciudad se avistaron tres aviones roji-negros. Eran tres de los cinco aviones de la Segunda Escuadrilla Aérea de las fuerzas gobiernistas que, volando en la clásica formación de triángulo, bajaron a altura de vuelo rasante. Dejando escuchar el ronquido de sus motores entraron a El Ranchito y pasaron por el actual Coloso (que entonces aún no existía), llegando a La Galletera (que se ubicaba en el actual El Maricahi, y de la cual fuera gerente mi abuelo  Miguel F. Romo Escalante), donde rompieron la formación.

 

Reseña este momento el cronista Fernando Galaz: “Uno tomó por el rumbo de la Penitenciaría, otro por la calle Revolución hacia los aledaños al norte de la ciudad, y el que venía al frente de la escuadrilla enfiló hacia la Estación del Ferrocarril. Este último era tripulado por el comandante de la escuadrilla, el famoso teniente coronel piloto aviador Pablo L. Sidar quien, de inmediato, inició el ametrallamiento de todo lo que se movía en torno a la Estación del tren, en donde unánimemente todos corrían a cubrirse abrazados por el pánico”.

 

El doctor Ramón Ángel Amante, ex-presidente municipal de Hermosillo (1976-1979), que a sus 82 años era uno de los pocos hermosillenses que vivieron el ataque, le gustaba recordar ese momento, cuando era uno de los niños que curioseaban entre los despojos abandonados por las tropas en su huída: “… las bombas cayeron en la Estación. Tiraban las bombas a mano. Y a veces unas explotaban y otras no…”

 

La Segunda Escuadrilla Aérea estaba compuesta por tres aviones Douglas Chance Vought Corsair, con motor UASP de 450 H.P., un avión Bristol Boardhound tipo 93 B, que volaba el propio Sidar, y que al parecer fue utilizado para soltar las bombas a mano por parte de la tripulación; y un Stinson Detroiter SW-1B. Según testigos, la Segunda Escuadrilla solo empleó tres de estas unidades aéreas en el ataque a la ciudad de Hermosillo, y estaban pintadas en un tono rojo y negro.

 

El cronista Galaz prosigue describiendo el momento: “Al brutal y despiadado ataque, la gente en la calle corría azorada, sin rumbo fijo a veces, y muchos buscaron protección en los resquicios de las puertas. También en el Mercado… en las cantinas. Las iglesias se atestaron de gente en busca de refugio, y en rezos de clemencia pedían a Dios misericordia. Por doquier el pánico impuso su señorío”.

 

Como aún quedaban “escobaristas” varados en la Estación del Ferrocarril, el señor George Rafaelovich (inmigrante yugoslavo que se dedicaba en Hermosillo a la venta de naranjas) esa mañana llevó a las inmediaciones de la Estación su carreta “solqui” llena de producto, pues viendo llena la Estación de tropas, supuso que sería un buen día de ventas. El rugido de los motores de los aviones, los silbatazos de alarma de las locomotoras, las explosiones de los disparos y las bombas, y la gente corriendo y gritando en pánico, espantaron al burrito que jalaba la carreta, y el señor Rafaelovich, al llegar frente al Hotel Unión (luego Hotel Mada y actual Hotel San Andrés), en sus intentos de evitar que la carreta siguiera sin control, quedó muerto en el asiento de su “solqui”, con el pecho destrozado por la esquirla de una bomba, sin que tampoco escapara con vida el burrito que tiraba de la carreta.

 

La misma explosión alcanzó a una infeliz india vendedora de tortillas en la Estación, la que con las tripas en la mano expiró a las puertas del mencionado hotel. Miguel Norzagaray, serio y trabajador maestro albañil (y -¡oh ironía!- simpatizante callista) cayó en la esquina de las calles Jalisco y Revolución, con el cuerpo destrozado por el fuego de ametralladora despedido por el avión que torció vuelo hacia el norte. Al simpático “Loco Lupe” le alcanzó en la rodilla una bala cuando, montado en las trancas del embarcadero de ganado en las inmediaciones de la Curva del Ferrocarril, asombrado veía y aplaudía regocijado el paso a vuelo rasante de los aviones.

 

El doctor Amante, recordó cómo él y otros chamacos y mayores salieron huyendo entre las calles, y cómo el avión de Pablo L. Sidar les persiguió, persistente, disparándoles con su ametralladora, concluye su narración: “Di vuelta en una esquina… no sé si en la Serdán o en la Campeche… no recuerdo bien. Y el avioncito de Pablo Sidar seguía detrás de la gente… detrás de nosotros… y entramos al Mercado. Ni ahí nos dejó en paz, porque en el techo de lámina se oían los disparos”.

 

Remata su crónica don Fernando Galaz: “Hora y media duró la macabra danza de la angustia, de dolor y muerte. Después, los “valientes” aviadores se retiraron. En total murieron cinco personas durante el ataque… TODOS CIVILES”.

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El reloj del molino “El Hermosillense”, con su clásico y pausado campaneo anuncia las once y media de la mañana. El pánico de la población ya había regresado su tránsito hacia el miedo. Los hermosillenses más sosegados, como don Nicolás Burgos, don Luis Encinas (padre), don Ramón Gil Samaniego y algunos policías, recorren la ciudad, visitando vecindarios en su intento de calmar los ánimos. Piden que se levanten cuanto antes banderas hechas con sábanas o prendas blancas, como camisetas, camisas o ropa interior. Muchos, centenares, optan mejor por agarrar sus cobijas, y en gigantesca peregrinación cruzan el Río Sonora rumbo a Villa de Seris.

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El cantarino reloj del molino “El Hermosillense” ahora anuncia que son las doce, mediodía, con cuarenta y cinco minutos. Su parsimonioso Tan… tan… tan…, nuevamente es opacado por el ronroneo de un solitario avión que, por algunos minutos, estruja los nervios de los hermosillenses.

 

Era el teniente coronel Pablo L. Sidar, quien lo hace descender en uno de los llanos del barrio de San Benito (hoy el tramo comprendido entre la avenida Gastón Madrid y Veracruz). Pistola en mano, Sidar baja del avión y a la carrera llega al telégrafo de la Estación del Ferrocarril y manda un lacónico mensaje de cuatro palabras: “Hermosillo se ha rendido”. Luego, Sidar se deja querer por ramilletes de bellas damitas locales que acuden a admirar al avión y al aviador.

 

Más tarde, desde el sur llegan las tropas del general Elías Calles para acabar con los insurrectos (que para entonces ya habían pasado “al otro lado”). Con Elías Calles llega el general Lázaro Cárdenas y la tropa gobiernista con el resto de la Segunda Escuadrilla Aérea, dependiente de la Columna Expedicionaria -que también aterrizó en San Benito- permaneciendo en Hermosillo hasta el día 08 de mayo cuando, finalmente, emprenden el vuelo a la capital del país.

 

Durante su estancia en Hermosillo, el día 04 de mayo el general Elías Calles sufrió un atentado de muerte en el Hotel Ramos, donde se había hospedado.

 

Y uno de los aviones que integraban la escuadrilla que hizo el “raid” de bombardeo sobre Hermosillo (al parecer un Douglas Corsair O-2U-2M, el 06 de mayo sufrió severo accidente durante un paseo (que los pilotos organizan con damitas de la alta sociedad de la ciudad) teniendo que ser enviado a la capital del país, embalado y en tren.

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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