El Zorro del Norte

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en El Zorro del Norte 34

La presente colaboración constituye una respuesta al reclamo, mil veces escuchado, que me han hecho viejos hermosillenses respecto a la actividad a la que se dedicó mi padre, Oscar Romo Kraft, “El Chapo” para todo el mundo, “El Zorro del Norte” para los sonorenses aficionados al boxeo de las décadas de los 40s, 50s, 60s, 70s y 80s y parte de los 90s.

“¿Cómo es posible que tú, que escribes con tanta frecuencia, nunca hayas publicado nada referente al boxeo en Hermosillo, en Sonora?” Me han reclamado infinidad de veces amigos y conocidos. Por timidez o por temor de no estar a la altura de las exigencias, tal vez. Mas hoy acudo a una cita pendiente con la memoria de mi padre, con los amigos que aún lo recuerdan, con sus boxeadores, de los cuales quedan unos cuantos quizá con vida y con la historia del box en Sonora que, sin Oscar Romo Kraft, seguramente nunca se hubiera escrito.

Igual que mi padre y mi madre, yo nací aquí en Hermosillo y mis recuerdos, desde mi más tierna infancia, están relacionados con el box, actividad a la que mi padre dedicó más de 50 años de su azarosa vida. Así como a otros hermosillenses el aroma de los azahares de naranjo les evoca tiempos de su niñez, a mí el olor de la brea, del rechinar de las zapatillas sobre la lona del ring, del sudor de los boxeadores, del linimento y los guantes de cuero, me transporta automáticamente al pasado.

En vida, mi padre me platicó mil, un millón de veces, sobre las viejas arenas de box.

De la primera de ellas, la Arena Royal, no me acuerdo, pero sé que quedaba en la Calle Serdán, entre lo que hoy es Bital (antes Banco del Atlántico, anes Banpacífico y más antes Banco Ganadero y Agrícola) y el Edificio Moderno, que alojaba la Botica Moderna y la tienda Las Novedades, y donde actualmente se encuentra la tienda Woolworth. Después vino la Arena Pagoda, de la que conservo tenues recuerdos. La Arena Pagoda estuvo ubicada en lo que hoy es el Hotel San Alberto y que, en un tiempo, fueron las ruinas del Hotel Arcadia que fuera destruido por el fuego. Por eso la pandilla de chamacos de la “Plazuelita Pesqueira” le llamábamos “El Hotel Quemado”.

En esa arena se escenificaron combates épicos y se presentaron los mejores pugilistas de la época: Panchito Villa, “Baby” Arizmendi, “El Chango” Casanova, Juan Zurita, Rodolfo Ramírez, Joe Conde y nuestro Tony Mar, en los albores de su carrera hacia la gloria. Más tarde vino la época de la Arena Juárez, la cual se localizaba al norte del Jardín Juárez, entre los viejos cines Lírico y Nacional. Las funciones eran los viernes por la noche y fue realmente a partir de entonces que el box se me metió hasta el tuétano de los huesos.

Fue en esta arena que Hermosillo y Sonora vivieron su primera época de oro en lo que al boxeo se refiere. Un local muy pequeño, quizá para unas 300 gentes, con graderío de madera, a escala del Hermosillo de finales de los 40 y principios de los 50. Y una ciudad igualmente pequeña pero con un enorme corazón. Ahí vimos a Tony “El Chino” Mar en el apogeo de su carrera, a Paulino Montes “El Menudero” y su impresionante y letal gancho al hígado, a Chucho y Memo Llanez con su estilo elegante y depurado el primero, y una enorme combatividad el segundo. A “Baby” Mickey el del corazón de león, al “Negrito de Empalme”, a Regino Águila, al “Tiburón” Sosa y su ataque perruno, a “Baby” Escobar, a Kid Filipino, a Kid Hermosillo, al “Rápido” de Nayarit, a Eloy y Herminio Rentería y a Chucho Mendoza haciendo sus “pininos”, entre otros grandes pugilistas de la época.

Cuando la Arena Juárez empezó a resultar demasiado pequeña para la ciudad e incómoda para los aficionados, mi padre construyó una nueva, la Arena Sonora, en la esquina de las calles Sonora y Manuel González… y dio principio la segunda época de oro del boxeo sonorense. Aparte de las figuras que ya venían “cuajadas” de la Arena Juárez (Paulino, Chucho, Mickey, Sosa, Mendoza, etc.) empezaron a surgir las nuevas estrellas que harían vibrar a los aficionados: Memo Garmendia, Arnoldo Gil, “Chango” Ceballos, “Baby” Escalante, “Pinky” Peralta, Micky Araiza, Joe Merced, Eddie Rivera, Kid Espontáneo, George Crouch y muchos otros.

Por la Arena Sonora desfilaron “monstruos” del cuadrilátero de la talla de Kid Azteca, Memo Valero, Don Jordan, Fili Nava, Manuel Ortíz, “Ratón” Macías y muchos otros estrellones. En el centro de toda esta corriente inagotable de talentos, siempre mi padre.

Transcurrieron los años y el box en Sonora siguió produciendo figuras de proyección nacional e internacional. Mi padre vendió la Arena Sonora y llegó otra nueva época, al trasladarse los eventos boxísticos al Cine Arena, allá en la colonia 5 de mayo, entre las calles Veracruz y Tamaulipas. En el Cine Arena tuvimos oportunidad de ver surgir peleadores de la talla de Tony Pérez, Paco Cancio, “Zurdo” Ramírez, “Gringo” López, Norberto Cabrera, “Cocas” Ramírez, José Nemesio, “Topogigio” Vázquez y otros.

Fue sin duda la última “camada” de los grandes boxeadores sonorenses que dejaron impresa sus huellas de manera indeleble en los anales deportivos de nuestro Estado. Mi padre acostumbraba decir, con un cierto tono de amargura, que a pesar de que el box le había dado a Sonora más triunfos y satisfacciones que ningún otro deporte, era el que menos apoyo y reconocimiento había recibido.

Oscar Romo Kraft vivió un sinnúmero de peripecias y aventuras aquí en Sonora, en México y en el extranjero. Triunfos y fracasos, momentos de gozo y dolor. Tantos, que bastaría para llenar uno o dos gruesos volúmenes de anécdotas. Muchas de ellas no se han perdido con su muerte: Entre mis tesoros más preciados conservo un paquete de aproximadamente 25 cassettes grabados por el difunto periodista Jesús Tapia Avilés, en otras tantas entrevistas que le hizo durante muchas semanas, un par de años antes de que mi padre muriera.

En ellos está registrada buena parte de la vida de un hombre que tuvo la grandeza y la capacidad de enfrentar las más duras adversidades, desde los años de su niñez en Los Ángeles, California, durante la época de la gran depresión en los Estados Unidos, hasta el momento en que la gran C lo retó a 10 rounds con la muerte de por medio… y lo venció por decisión dividida.

No fue un hombre refinado -no podía serlo en la actividad que fue su vocación- sino producto del medio rudo en que vivió la mayor parte de su vida. Tenía un gran carisma y era un gran y apasionado conversador, sobre todo cuando hablaba de box, su gran pasión. Fue también un vehemente luchador, cuyo valor civil lo llevó en numerosas ocasiones a denunciar públicamente situaciones de irregularidad e injusticia, cosa que le acarreó grandes dificultades, pero que nunca le hizo callar.

Su carácter explosivo y la fuerza de sus convicciones lo llevaron a decir abiertamente las cosas de manera cruda, tal como él las veía y entendía. Amante de la música de los años 20s y 30s, hábil bailarín y poseedor de una voz no muy potente pero sumamente dulce, y con gran sensibilidad dentro de su aparente rudeza. Amigo de la gente derecha y enemigo acérrimo de quienes consideraba chuecos o agachados.

Nunca fue un hombre rico y aunque vivió épocas de franca pobreza, también logró disfrutar de otras un poco mejores. Su principal herencia la constituyen los valores que dejó impresos en su familia, sólidos, inmutables y de los que nosotros, sus descendientes, nos sentimos profundamente orgullosos.

Fue en cambio un hombre de éxito, desde el punto de vista de que fue capaz de dar a su vida sentido y propósito. Logró pasear el nombre de Sonora por todo el territorio mexicano, gran parte de Norteamérica y otros países del extranjero. Trajo el box a estas tierras y lo levantó a alturas que nunca jamás volverá a alcanzar, tan solo con su inagotable energía y su ilimitado amor a un deporte rudo, a veces ingrato, siempre apasionante, cuyos anales registrarán para la historia el nombre de Oscar Romo Kraft. “El Zorro del Norte”. Un luchador y un padre fuera de serie.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRomo

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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