El placer de interactuar

Oscar Romo Salazar, Recientes 1 comentario en El placer de interactuar 32

Como los automóviles de lujo, la ropa de marca y los relojes finos, en estos tiempos los teléfonos celulares de última generación se han convertido también en símbolos de estatus personal.

¿Y la inteligencia y la buena educación? ¡Bien gracias!

Por mi edad, y por pertenecer a una añeja y casi agotada generación, huelga decir que no soy un adicto a la tecnología ultra moderna, en particular a los sofisticados teléfonos celulares de reciente aparición. Tampoco los rechazo del todo, porque vivir en esta época sin contar con un celular es absurdo y no tiene ningún objeto ni beneficio, pero reconozco ser un caso raro de alguien que no ha sido esclavizado por esa clase de equipos que, aparte de adictivos, son extraordinariamente costosos. No somos nosotros los que dominamos a estos equipos casi mágicos, que algo tienen en común con las drogas adictivas que destruyen y embrutecen. Son ellos los que nos dominan a nosotros, y paulatinamente nos someten a una suerte de esclavitud sumamente peligrosa.

Pero por favor no me mal-interprete usted, no estoy diciendo que los celulares en particular, como máximos exponentes de la tecnología moderna actual, no sean artefactos útiles y hasta cierto punto necesarios, en los tiempos que estamos viviendo. De ninguna manera. De hecho, para muchos hombres y mujeres que desarrollan sus trabajos en plena y constante movilidad, son imprescindibles, como no hace mucho tiempo lo fueron las laptop, las tablet, las PC y demás aparatos que siguen siendo útiles, pero que poco a poco van cayendo en desuso ante la embestida incontenible de los teléfonos celulares.

Por supuesto que, tanto mi esposa como yo, tenemos cada quien nuestro celular, pero no son de última generación, y ni siquiera de la generación anterior. Ambos celulares tienen ya sus años (igual que sus propietarios) y sin duda alguna nos son de mucha utilidad, pero no nos hemos esclavizado a ellos, ni nos han sometido a su control, como vemos que sucede con gran parte de la gente de todas las edades. Es realmente asombroso ver que las personas, anden donde anden y estén donde estén, no pueden separarse ni un segundo de su celular ni a la hora de bañarse, y lo traen en las bolsas de sus pantalones o en las fundas de cinturón, o bien en la mano derecha o izquierda, de día y de noche, como si fueran parte integral de su organismo, como los dedos, las orejas, y otros órganos y apéndices.

Igual como los famosos perros de Pavlov, la gente reacciona instantáneamente al sonido de los diversos tonos de llamada, uno para cada tipo de comunicación que llega. Sea llamada telefónica, Whattsapp, mensaje de voz, correo electrónico, etcétera, responder de inmediato, casi en automático, es prioritario, como si nos fuera la vida en ello, y la realidad es que la mayor parte de las veces son tonterías que se nos envían y que no tienen ninguna utilidad práctica. Y siendo la clase de artilugios impersonales que son, hasta el momento es imposible distinguir a-priori los contactos importantes de los que son simple basura.

Hay sin embargo una buena cantidad de mensajes en audio, video o textos, que contienen reflexiones muy útiles y positivas, dignas de ser compartidas con nuestros familiares y amigos, y entre ellos he recibido dos o tres que hablan sobre el tema de la tecnología del teléfono celular, y de los efectos que está teniendo sobre los seres humanos que la utilizamos, y que sumamos centenares de millones en todo el mundo. Los celulares nos están cambiando, incluso a los que ya rebasamos la tercera edad y nos encontramos en la cuarta, que es el último estatus antes de la despedida final.

Oponemos mayor resistencia, como es lógico, tanto por nuestros antecedentes de vida, como por provenir de épocas realmente no tan lejanas, en que las cosas eran diferentes, y las personas también eran muy diferentes. Tiempos en que había tiempo para practicar el cada vez más olvidado arte de conversar, tiempo para convivir, tiempo para leer un buen libro, para escuchar música sin los audífonos que nos encierran en jaulas auditivas, o simplemente para disfrutar en silencio de la cercanía del ser amado, o del amigo entrañable. Tiempo para interactuar en cercanía física, ajenos por completo al precario interactuar moderno que nos arrebata el calor y el sabor del contacto personal.

La instantaneidad y la inmediatez se han convertido en valores supremos en la vida actual, y no hay tiempo para perder en tonterías como la conversación cara a cara; el vernos a los ojos y estrecharnos las manos cuando estamos cerrando algún negocio, o haciendo un trato; o el sentir la proximidad de las personas de carne y hueso, más allá del plástico, el aluminio y el litio de los celulares modernos. Todo debe ser rápido en estos tiempos, todo debe ser ya, en este instante, sin perder una décima de segundo, porque andamos muy apurados… ¿muy apurados para qué, por quién o por qué?

Los seres humanos hemos terminado construyendo nuestras propias y personales prisiones de oro (por los descomunales precios que tienen los celulares de última moda). Prisiones de oro, sí, pero prisiones al fin y al cabo. Y nos metemos en esas cárceles doradas por voluntad propia, sin mediar juicio ni sentencia, reos del grave delito de perder una buena parte de nuestra humanidad sin que nadie nos obligue a ello.

Extraño infinitamente el olvidado arte de escribir cartas, el arte precioso de conversar con los amigos sobre temas trascendentes e interesantes, el placer de gozar de la mutua compañía, de poder estar en convivencia con los amigos o los familiares sin la constante amenaza de los celulares que todo lo cortan, todo lo interrumpen y no dejan vivir en paz. Cuando en alguna reunión alguien pone inmediatamente su celular sobre la mesa, nos está colocando automáticamente en segundo o tercer lugar, después del maldito aparato. Y si es una llamada telefónica, incluso se levanta y se aleja de nosotros, como si fuéramos unos intrusos y le estorbáramos. Sí, los celulares nos están cambiando la forma de vivir, la forma de comunicarnos y de relacionarnos, y hasta la forma de ser.

En estos tiempos demenciales y aciagos que corren, todo es relativo, todo es breve y todo tiende a volverse temporal, hasta los afectos y las relaciones humanas más trascendentes y significativas. Y a propósito de temporalidades me casi me voy de espaldas cuando hace unos días encontré en Twitter la noticia de que la diputada federal de MORENA por Aguascalientes, Natzielly Rodríguez Calzada, ha sometido a aprobación del Congreso una iniciativa para que se legalicen los matrimonios temporales, con duración de dos años con derecho a refrendo, como si fueran licencias de automovilista, tarjetas de crédito o credenciales de elector. El argumento de la mujer autora de la iniciativa, es que se trata de dar tiempo a los indecisos que aún no están seguros. La verdad esto se me hizo el colmo de los colmos. El colmo de la estulticia, y el colmo de la vacuidad.

Nadie es ajeno a este fenómeno que está cambiándolo todo. Hasta la intimidad de nuestras familias ha sido invadida por esos aparatos que no respetan nada, y lo peor de todo es que esto ha sucedido con nuestra plena y absurda aprobación. Pero obviamente no es culpa de los celulares, que son artículos inertes, aunque muchos necios crean que tienen vida propia. Es culpa exclusiva de quienes los han convertido en parte de si mismos, y con ellos han sustituido a sus propios ojos y oídos, y viven con ellos y se sienten más cómodos con su compañía que con la de sus semejantes. Celdas de oro en que nos metemos por voluntad propia.

Comprendo perfectamente, y lo acepto no sin cierto pesar, que la tecnología es el símbolo máximo de los tiempos cambiantes, rápidos y furiosos que vivimos. Entiendo que la tecnología, la ciencia y la innovación son elementos que nos ofrecen grandes y múltiples beneficios en todos los campos, quizá, menos en el campo trascendental de las relaciones humanas personales, que cada día se convierten en contactos impersonales a larga distancia. Quienes provenimos de las lejanas épocas de los rústicos radios que funcionaban mediante bulbos, y posteriormente con transistores, tenemos ahora que aprender a utilizar otros trastes que son para nosotros tan asombrosos como lo debe haber sido el fuego, cuando lo descubrieron los hombres de las cavernas.

Tiempos traen tiempos, se dice, y en la actualidad podemos entender mejor la sabiduría del yaqui Cajeme, que nos dejó como herencia la frase “antes como antes, y ahora como ahora”. Los tiempos de antes no fueron mejores ni peores que los de hoy, simplemente fueron diferentes. Y es forzoso adaptarnos la vida moderna y a los cambios que surgen cada día, y que son otro signo de los tiempos actuales, mientras la vida pasa y se nos va, llevándose en sus giros vertiginosos el calor y el sabor de la mutua compañía.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRomo

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

1 Comment

  1. Ana ma moreno 28/01/2019 at 10:16 am

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