El pequeño cazador de pájaros

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en El pequeño cazador de pájaros 63

Era muy temprano. El sol apenas empezaba a mostrarse del otro lado de los lejanos cerros localizados hacia el oriente. Corría un vientecillo fresco y perfumado con los azahares de los huertos cercanos. Los trinos de los pájaros resultaban como un magnífico concierto dentro del gran teatro de la naturaleza que despertaba a un nuevo día. Empezaba apenas el verano y la escuela había terminado. El mundo era joven dentro de esa región de la provincia, y todo en ella brillaba como nuevo.

El niño se encontraba agazapado detrás de un matorral. En sus manitas sujetaba una resortera hecha con una horqueta de palo, unas tiras de hule resistente cortadas de una cámara de llanta vieja y una caja para proyectiles fabricada con baqueta flexible, obsequio de un zapatero remendón que tenía una talabartería cerca de la casa del chico. Sus inquietos ojillos no dejaban de observar hacia un lado y hacia el otro, esperando que algún pájaro de los muchos que volaban por el lugar a esa temprana hora del día se pusiera a tiro.

Chanate, gorrión o paloma torcasita, lo que fuera, cualquiera serviría para probar la puntería del infantil cazador que aguardaba pacientemente. Amarrada del cinturón con que sujetaba los pantalones de mezclilla desteñidos por el uso y que mostraban varios parches cosidos a las rodillas, se encontraba una bolsa fabricada con la punta de un calcetín viejo a la que se le había puesto un trozo de cuerda a manera de jareta.

Dentro de la bolsa así improvisada se encontraban los proyectiles, un puñado de guijarros lisos y redondeados recogidos por el chamaco de entre la infinidad que existía en los arenales del cauce seco del río por donde había caminado desde antes del amanecer para llegar a este peñasco donde abundaban los pájaros, las cachoras y también alguna que otra víbora. Había que andarse con cuidado, ya que la mordedura de una de cascabel o una de cuernitos podía muy bien matarte, a menos que fueras atendido de inmediato. Y la distancia hasta la ciudad era larga para ser recorrida a pie.

Para protegerse de los rayos del sol de la mañana, que a pesar de la hora ya quemaban, el diminuto cazador de pájaros se agazapaba del lado oeste del peñasco conocido con el nombre de “Cerrito López”, probablemente en memoria del propietario de esos terrenos rústicos situados hacia el poniente de la pequeña ciudad donde vivían el niño y su familia. Al lado Sur del peñasco empezaba una gran huerta de naranjas propiedad de una de las familias ricas de la ciudad. Cuando era temporada de naranjas y de cacería, el niño solía meterse por entre los alambres de púas que rodeaban la huerta y cortar dos o tres jugosos frutos para calmar la sed y el hambre, ya cerca del medio día. Los cuidadores del naranjal nunca le decían nada porque era muy pequeño y lo conocían bien.

Fuera del canto de los pájaros el silencio era absoluto. Nada turbaba la paz del lugar y el pequeño cazador se preguntó si en algún momento los pájaros callarían también. Cerró un momento los ojos e imaginó que en ese caso el silencio sería como el de una tumba. Las tumbas son lugares silenciosos. Y solitarios también, excepto el Día de Muertos en que todo el mundo iba a visitar a sus difuntos llevándoles flores y algunos hasta música… ¿A quién se le podía ocurrir llevar guitarreros a un lugar que por definición es triste y solemne? El niño sacudió la cabeza como desechando esos pensamientos y volvió a poner toda su atención en los pájaros, su objetivo.

Su padre, un hombre de carácter recio y en determinados momentos propenso inclusive a la violencia, lo había llevado innumerables veces de cacería a ese lugar. La diferencia era que cuando iba su papá llevaban un viejo rifle “de salón” calibre 22. Su papá jamás permitía que el niño lo disparara, y de hecho el rifle era utilizado en muy contadas ocasiones. Más bien nunca. El niño había llegado a la conclusión de que a su papá realmente no le gustaba matar pájaros, ni juancitos ni ninguna otra cosa. Lo que a su papá le gustaba era salir al campo con él, y platicarle historias mientras caminaban por el lecho arenoso de aquel río cuyas aguas ya no corrían desde que habían construido la presa muy lejos de ahí, hacia el otro lado de la ciudad.

El niño amaba profundamente a su padre, pero era un amor revestido de temor. Su padre era capaz de montar en cólera con el menor pretexto y era muy afecto al castigo físico. Con las manos, con un cinto, con lo que estuviera al alcance, su padre solía pegarle a él y a sus hermanas, pero sobre todo a él. Sin embargo, a pesar de que había que andar con cuidado siempre que su papá estaba en casa, el niño lo amaba, y amaba los días en que su papá le decía “vámonos a cazar pájaros…”. Y se iban al “Cerrito López” o rumbo a la “Quinta Amalia” o para el lado de la presa, o hacia el arroyo “La Poza”.

Este día en particular había ido a cazar pájaros sólo y su alma, llevando como única arma la resortera que su padre le había fabricado. Su papá se encontraba de viaje. Se había ido a México, la capital, llevando a un grupo de boxeadores para probar suerte allá, donde se decía estaban las grandes oportunidades. Su mamá se había quedado sola en la casa, con el charco de buquis y el quehacer del hogar, en paciente espera del momento en que regresara su marido. Esas ausencias a veces duraban varios meses, ya que le capital quedaba lejísimos y la única forma de llegar allá era en ferrocarril, que hacía varios días de camino.

Cuando su papá no estaba en casa el niño sentía una mezcla de alivio y tristeza. Alivio porque no sentía la presencia amenazante de su papá, y tristeza porque lo echaba muchísimo de menos cuando no estaba. Por las noches, después de cenar, el niño se sentaba a la mesa del comedor y le escribía cartas a su papá en hojas de cuadernos viejos en las que le decía cuánto lo extrañaba y le preguntaba cuándo iba a volver. Amor y temor, tristeza, soledad y ternura.

De pronto, el niño se puso tieso y no movió ni las pestañas. Acababa de posarse sobre la rama de un mezquite que se encontraba como a unos diez metros, un hermoso pájaro con la cabeza roja. Su papá le había dicho que esos pájaros se llamaban “cadernales” y que eran trofeos muy codiciados aunque, que el niño supiera, su papá jamás había matado ninguno. El pájaro meneaba su cabeza en forma muy curiosa, mientras se escarbaba con el pico debajo de las alas. El pequeño cazador sabía que la distancia era grande y que las posibilidades de acertar al pájaro eran casi nulas. Sin embargo, lentamente metió su mano dentro de la bolsa de los guijarros y tomó uno al azar, lo colocó en la caja de cuero de la resortera y lentamente, muy lentamente para no espantar con sus movimientos al pájaro, se enderezó detrás del arbusto y empezó a tensar los hules.

Entrecerró un ojo para tomar mejor puntería, estiró aún más los hules y contuvo la respiración. El pájaro de pronto se puso quieto, como si presintiera el peligro, y volteó su cabeza hacia donde se encontraba el pequeño cazador. Los ojos del niño y los del pájaro cruzaron la mirada y en ese instante el pequeño cazador soltó el guijarro con toda la fuerza de sus delgados brazos.

Por un momento el mundo entero quedó como en suspenso. Los trinos cesaron y hasta la brisa matutina dejó de correr mientras el guijarro redondo y liso volaba rumbo al pájaro de cabeza roja y pico amarillo. El niño contuvo el aliento y terminó por enderezarse por completo mientras la piedra terminaba su recorrido. El pájaro pudo haber volado en un instante, y sin embargo por algún motivo no se movió.

La piedra le dio de lleno y el pájaro cayó al suelo entre unas ramas espinosas que se encontraban al pie del mezquite. El niño saltó de gozo al ver la proeza que había realizado y quiso gritarle a su papá lo que había hecho, solo que su papá no se encontraba ahí, sino a miles de kilómetros de distancia y no podía escucharlo ni ver su hazaña. Se metió los hules en el bolsillo trasero de sus pantalones de mezclilla y a tropezones corrió hasta donde se encontraba el pájaro caído.

Metió la mano entre las ramas espinosas del matorral y cogió finalmente al pájaro, cuya cabeza se dobló en un ángulo extraño, como si estuviera dormido. El pequeño cazador se sentó en la tierra y acunó al pájaro en sus dos manitas. Le alisó las plumas que se habían alborotado al caer entre los espinos y le acarició la cabeza roja. Y de pronto sintió dentro de sí una infinita tristeza. La misma clase de tristeza que sentía cuando su papá se ausentaba por largo tiempo. Y unas lágrimas amargas y ardientes brotaron de sus ojos.

¡Perdóname, cadernal, perdóname por favor! ¡No quise hacerlo… no debí hacerlo! Sollozó el niño mientras estrechaba al pájaro contra su pecho estremecido. Nunca antes en su vida el pequeño cazador que esa mañana había hecho su debut se había sentido tan mal, tan triste, tan solo y tan arrepentido. El mundo había cambiado repentinamente de forma y de color. La mañana se había tornado caliente y hasta el aire olía diferente.

De pronto sintió un levísimo temblor en el pajarillo que sostenía entre sus manos. Pensó que era su mismo dolor lo que motivaba esa sensación, y abrió las manos para ver al pájaro. Con incredulidad vio que el pájaro tenía los ojos abiertos y que abría su pico como queriendo emitir algún sonido. ¡El pájaro se movía! ¡El pájaro no estaba muerto! ¡Al fin y al cabo no lo había matado y no era un asesino!

Lleno de alegría se levantó y sosteniendo aún al pájaro en sus manos corrió hacia donde había dejado la bolsa de papel que contenía la merienda que había llevado. Dentro de la bolsa había una botella con agua, la abrió y logró echar unas gotas en el pico del pajarillo. Este parpadeó y sus movimientos se hicieron un poco más fuertes. El niño se volvió hacia el mezquite y dejó al pájaro sobre una rama baja. El ave se tambaleó por un instante, pero inmediatamente sus patas se afianzaron sobre la rama y pudo sostenerse sin dificultad.

Pájaro y niño volvieron a cruzar la mirada, solo que esta vez era una mirada diferente. En los ojos del pequeño cazador había amor, había arrepentimiento y también una comprensión nueva. Si los pájaros tienen la capacidad de abrigar sentimientos, en los ojos del pájaro quizá había agradecimiento y algún otro sentimiento imposible de describir.

El niño se alejó unos pasos del mezquite, aunque sin despegar sus ojos del pájaro. Éste sacudió las alas, las abrió y levantó el vuelo hacia el firmamento azul y transparente. Dio una vuelta alrededor del mezquite y enderezó el vuelo hacia el oriente, perdiéndose de vista en un instante.

El pequeño cazador se sacudió la tierra de las rodillas, fue y recogió la bolsa del almuerzo y decidió que por ese día la cacería había terminado. Había sido más breve de lo programado, pero de pronto el niño ya no sentía ningún deseo de seguir cazando ni pájaros ni ninguna otra cosa.

Si bien no llevaba de regreso a su hogar ninguna pieza cobrada, llevaba en el corazón algo mucho más precioso: La convicción de haber aprendido una lección imborrable: La de que una vida -cualquier vida, sea humana o animal- es preciosa, y que no es potestad del hombre disponer de ella, a menos de que medien circunstancias extraordinarias.

Y reflexionó, mientras caminaba de regreso por entre los arenales del río, que quizá por eso era que jamás había visto a su papá disparar el viejo rifle calibre 22, y que quizá por eso era que ni siquiera lo había visto cargar balas en la recámara del arma, ni tampoco echarlas en sus bolsillos. Su papá llevaba al monte el rifle siempre descargado, sin la menor intención de utilizarlo. A su modo y estilo, lo que su papá quería era acercarse y estar un rato a solas con él.

Su papá podría ser hosco, tener mal carácter y hasta ser propenso a la violencia, y darles a él y sus hermanas de nalgadas y cintarazos, pero ahora comprendía el niño que su padre era incapaz de quitarle la vida a ningún ser viviente. Y esa sería una herencia que el pequeño cazador de pájaros llevaría en lo más íntimo de su ser mientras viviera.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRomo

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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