El pensamiento

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en El pensamiento 29

Dios Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible, le otorgó a los seres humanos, creados según el Génesis a su imagen y semejanza, la facultad de pensar. Miles de años después de la creación, y después de una serie de intrincadas mutaciones y transformaciones, estamos comprobando que una gran cantidad de las creaturas del Señor, tal vez la mayoría, rara vez utilizan o de plano nunca utilizan maravillosa facultad del raciocinio, que supuestamente establece la diferencia entre los hombres y los animales.

 

Sin embargo, y a pesar de que a los seres humanos en general no nos gusta perder el tiempo pensando, las grandes adelantos y los más importantes avances que ha logrado la humanidad, desde que fue creada, se deben a los pocos (hablando en términos comparativos), muy pocos pensadores, filósofos, teólogos, poetas, escritores, artistas y científicos que han “desperdiciado” su vida pensando y generando las bases de la cultura y la belleza que existe en este mundo caótico y desenfrenado, que se ha salido por completo de los carriles, y que marcha enloquecido y sin rumbo hacia un destino desconocido.

 

Según la definición teórica, el pensamiento es aquello que se trae a la realidad por medio de la actividad intelectual. Por eso puede decirse que los pensamientos son productos elaborados por la mente, que pueden generarse mediante procesos racionales del intelecto, o bien por abstracciones de la imaginación. El pensamiento puede abarcar un conjunto de operaciones de la razón, como lo son el análisis, la síntesis, la comparación, la generalización y la abstracción. Por otra parte, hay que tener en cuenta que se manifiesta en el lenguaje e, incluso, lo determina.

 

Hay varios tipos de pensamiento:  El Deductivo (la forma de pensamiento más común). El Inductivo (forma opuesta a la anterior). El Analítico. El Creativo (la base del arte). El Sistémico. El Interrogativo. El Crítico (analiza y evalúa las ideas relacionadas con la moral, la ética, los gustos, las tendencias. Es el tipo de pensamiento que nos ayuda a formar nuestra personalidad y a reforzar nuestras convicciones a través de la observación activa de la realidad).

 

Uno de los derechos de todos los seres humanos, y sin embargo el que más suele amedrentarlos con sus potenciales derivaciones nefastas, es la libertad de pensamiento o de expresión. En la infancia las personas solemos caracterizarnos por la espontaneidad y la sinceridad, sin importarnos la repercusión de nuestros hechos o palabras. Con los años, el establecimiento, las  estructuras y los mandatos nos convierten poco a poco en seres limitados que parecen perder gradualmente el control sobre sus propias vidas.

 

El problema principal reside en que queremos creer que esto no es así, lo negamos y aseguramos que vivimos libremente, que escogemos a cada paso la dirección de nuestras vidas. Sin embargo, esas personas que un día se mostraban sonrientes y que se asombraban de las pequeñas cosas, hoy corren contra el reloj para completar las innumerables tareas de sus ajetreados días, se avergüenzan de sus cuerpos, de su fe y sus creencias, que temen decir la verdad para no ofender a los demás, y que ocultan su sexualidad y sus ideas por miedo a los ataques de quienes no soportan la diversidad.

 

Nuestra libertad de pensamiento se ve coartada por la sociedad en todos sus aspectos, y se intenta que los ciudadanos aceptemos los límites con sutiles técnicas de manipulación y cuando éstas fallan, se aplica la represión abierta, a rajatabla. Es común encontrar diarios, revistas y noticieros donde no se pueden mencionar ciertas palabras que no favorezcan al gobierno de turno, canales de televisión sometidos, comprados por y vendidos al mejor postor, que incitan a la violencia, la discriminación, la polarización social, el odio, la intolerancia y el desprecio.

 

Aunque ustedes se rían y en sus rostros se dibuje una mueca de incredulidad, y consideren que estoy presumiendo, yo a veces hago lo posible por pensar. Termino con un atroz dolor de cabeza, pero finalmente logro hilvanar una o dos ideas, que a fin de cuentas son un remedo de pensamiento. Pero me sirven para imaginar que estos procesos rústicos e incompletos en mí, sirven para distinguirme de las bestias irracionales (de dos y cuatro patas) que tanto abundan en esta jungla salvaje que habitamos.

 

Pensando y cavilando, cavilando y pensando, atando y desatando ideás e imágenes, he llegado a la brillante y revolucionaria conclusión de que, puesto a escoger entre la letra “Y” y la letra “O”, me quedo sin dudar un instante con la letra “Y”, que conocemos también como “Y griega”, tal vez por la gran sabiduría que está siempre implícita en el pensamiento de Grecia.

 

Fijando la vista en la letra “Y”, y haciendo una abstracción mental, imagino a un hombre puesto de pie con los brazos abiertos a plenitud hacia el firmamento, como queriendo abrazar a todos los congéneres, se encuentren donde se encuentren, y sin importar raza, color de piel, nacionalidad o idiosincracia. En cambio la letra “O” se me antoja el símbolo máximo de la cerrazón, del egoísmo supremo, del “yo” a ultraza, del ego aniquilador que nos convierte en seres insoportables en su soberbia y arrogancia, que consideran ser el centro del universo, y el eje en torno al cual gira absolutamente todo en este mundo.

 

La letra “Y” es hermosa, es bellamente positiva, por cuanto simboliza la inclusión, la idea de hermandad y fraternidad. La “Y” evoca un espacio abierto ampliamente hacia todas partes, evoca el aceptar compartir y el invitar a compartir. Es el “nosotros”, en vez del “yo”. Implica pluralidad e intercambio, coincidencias y correspondencias. En suma, todo aquello que hace posible una mejor convivencia entre las personas que son fundamentalmente iguales, a pesar de las diferencias.

 

Por el contrario, la letra “O” es fea y desagradable, y tiene implicaciones francamente negativas, porque sugiere e invoca la exclusión, el aislamiento, y el no permitir el menor acercamiento. La “O” es el círculo cerrado dentro del cual no entra nada ni cabe nadie, fuera del “yo” que simboliza un individualismo feroz, que excluye y elimina la solidaridad, y que coarta, dificulta y finalmente anula la corresponsabilidad, la coparticipación y la subsidiariedad dentro de las comunidades.

 

Llegado a este punto, me parece que vale la pena recordar a ustedes que la subsidiariedad es el principio en virtud del cual el Estado sólo debe ejecutar una labor orientada al bien común cuando advierte que los particulares o los organismos intermedios no la realizan adecuadamente, sea por imposibilidad o por cualquier otra razón. O dicho en plan de posicionamiento ideológico: “tengamos tanto gobierno como sea necesario, y tanta sociedad como sea posible”.

 

El principio de subsidiariedad se encuentra entre las directrices más constantes y características de la doctrina social de la Iglesia, presente desde la primera gran encíclica social. Es imposible promover la dignidad de la persona si no se cuidan la familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales, en definitiva, todas aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, deportivo, recreativo, profesional, político, a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible y efectivo el desarrollo y el crecimiento social.

 

Pero resulta que los gobiernos que hemos tenido desde siempre, y en particular el que actualmente tenemos, tratan de abarcar cada vez más, y en cambio la sociedad, víctima de la apatía y de un feroz  “importamadrismo” trata de asumir cada vez menos responsabilidades. Las masas ignorantes, y manipuladas han sido domesticadas e inducidas a considerar que todos sus problemas los resolverá el gobierno. Y eso, amigas y amigos, es el máximo logro de este y de cualquier gobierno: el tener un pueblo 100% dependiente y 1000% sumiso.

 

Tal vez acepten ustedes el planteamiento de que el pensar implica un proceso de reflexión y de meditación a profundidad. Tal vez coincidan en que el proceso de pensar, para la masa humana mexicana, se limita a echar una ojeada superficial a las realidades de la vida nacional, renunciando al razonamiento, a la reflexión y a la meditación a profundidad, que es lo que se requiere para captar y definir la verdad plena de las cosas. Hablando en términos generales, digamos entonces que el pueblo mexicano no está acostumbrado a pensar, es decir, a realizar el proceso a cabalidad, como lo establecen los cánones en la materia. De hecho, el pueblo mexicano ha sido condicionado a no pensar en su amplia y completa interpretación, y en esas condiciones se convierte en presa fácil de los gobernantes perversos y aprovechados que precisamente de eso piden su limosna.

 

Y así, finalmente la letra “O”, excluyente en su egoísmo implícito, se ha establecido como predominante en este México nuestro de paradojas y desgarradores contrastes. Y la “O”, como hemos dicho anteriormente, es lo opuesto de la “Y” incluyente y generosa en su amplia y total aceptación de la diversidad humana.

 

¿Cambiará algún día esta situación en nuestro país? No creo que haya alguien en México que lo pueda asegurar, tomando en consideración las alarmantes y nada promisorias circunstancias que estamos viviendo los mexicanos en estos momentos. Para el gobierno en turno es esencial mantenernos divididos, confrontados, invadidos por el odio y encarcelados en nuestra “O” personal, y lo que menos desea es que los mexicanos abramos los brazos y nos estrechemos en unidad, coicidencia y concordia. Es una lucha a muerte, sin dar ni pedir cuartel, entre la ruptura destructora y la unificación liberadora.

 

No, amigas y amigos, la ovejuna y sumisa masa mexicana no acostumbra pensar, lo que se dice pensar. Al menos la mayor parte no lo hace. Lo demuestra el hecho de haber elegido a un tipo demente e incapaz como López Obrador, y de haberle entregado todo, “chapa candado y barril”, para que haga con nuestro país y con nuestro destino, lo que le venga en gana.

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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