El infernal verano hermosillense

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en El infernal verano hermosillense 213

Un tema para olvidar por un momento el agobiante tema político

Cada verano en Hermosillo constituye una experiencia única. Tanto para los que aquí nacimos como para los que han llegado de otras partes, el clima en los meses de Junio, Julio, Agosto y Septiembre (con trocitos de Mayo y Octubre) representa una prueba a superar que se repite y repite, en un ciclo climático interminable. No sé si este calor agobiante y las temperaturas que amenazan con frecuencia romper los termómetros sean un reto, una bendición o una maldición. No lo sé, en verdad. La opinión de usted es lo que realmente importa.

Sin embargo -y esto es algo que debemos reconocer- el resto del año podemos disfrutar de un clima magnífico, tan bueno que nos hace olvidar las penalidades que pasamos en el calorón de estos cinco meses infernales. No falta quien diga que si no fuera por nuestro calor, que funciona a manera de impenetrable barrera de control, Hermosillo tuviera ya dos millones de habitantes… ¿Se imagina usted qué horror? Y sin embargo, hay locos que se empeñan en llevar a Hermosillo a esa cantidad de habitantes. Una población ciertamente insostenible, dados los limitados recursos naturales con que contamos.

Hay muchos viejos hermosillenses -entre los cuales me incluyo- que sostienen que antes, en épocas pasadas, hacía aquí menos calor que hoy. Y también sostienen que antes llovía más que ahora. Yo soy de los que sostienen ambas cosas. Antes los veranos eran diferentes y, aún no contando con los eficientes equipos acondicionadores de aire de hoy, se podía vivir más o menos decentemente, sudando a chorros durante el día (porque ayer y hoy esta tierra ha sido de sudores y rayos solares inclementes) y durmiendo por las noches al aire libre bajo la bóveda celeste tachonada de estrellas, y las siestas por la tarde recibiendo el aire de rústicos abanicos eléctricos, algo inimaginable en estos tiempos de drásticos cambios climáticos. Sí, sin duda el clima de esta ciudad era más benévolo ayer, de lo que es hoy en día.

Partiendo de razonamientos sencillos y completamente apartados de teorías científicas y argumentaciones expertas, pienso que el simple hecho de que la placa de concreto y asfalto que conforma la mancha urbana de nuestra ciudad sea diez o veinte veces más grande hoy que hace cincuenta o sesenta años, es razón suficiente. El crecimiento inusitado de esta ciudad, con su consiguiente impacto ecológico en el entorno, nos debe dar la pauta para cualquier consideración respecto de los cambios climáticos que ha provocado.

Al crecer la ciudad con un ímpetu incontenible, a partir de mediados del siglo pasado, fueron reduciéndose las áreas arboladas y de cultivo que existían en la periferia de la ciudad. La gran cantidad de milpas y huertas de naranjos y otros cítricos que en un tiempo existieron, fueron desapareciendo poco a poco para dar cabida a la enorme cantidad de barrios, colonias y fraccionamientos (bastantes más de quinientos, según mis cuentas) que componen el área urbanizada y semi-urbanizada de esta compleja y conflictiva ciudad.

Esta paulatina destrucción del colchón vegetal periférico, natural o creado por el hombre, por fuerza tiene que haber traído consigo cambios importantes en el microclima de la región, haciendo que las lluvias, y en general el ambiente de humedad que prevalecía, se fueran reduciendo paulatinamente. Y con cada vez menos lluvia, y sin los múltiples beneficios que acarrean las áreas verdes, los cambios climáticos y sus efectos han ido generando los efectos que están a la vista y que por momentos nos hacen pensar y decir que es imposible vivir en una ciudad que tiene un clima así de extremoso y que, para colmo, todo indica que en el futuro será aún peor. Y por añadidura, los cambios climáticos que experimenta el planeta empeoran la situación.

Lo increíble es que la mayoría de los que aquí vivimos -si no es que todos- sabemos de la importancia que tiene el emprender las acciones correctivas para al menos detener el avance de la desertificación, y con ella la destrucción, de nuestro medio ambiente. Y a pesar de ello no existe ningún plan, ninguna iniciativa para reponer, al menos parcialmente, el medio vegetal que una ciudad como la nuestra necesita con desesperación.

Gobiernos van y gobiernos vienen, municipales y estatales, y ninguno emprende la gran tarea de reforestar la ciudad. Pero reforestarla en serio, no a base de jardincitos y praditos muy monos y lo que usted quiera, pero totalmente inadecuados para lograr los efectos purificadores necesarios. Se necesita crear los bosques que desde tiempos de Guatimoc Iberri fueron pensados y que jamás han sido construidos, y también las cortinas de árboles que impidan el paso del polvo y la contaminación por plaguicidas, insecticidas y fertilizantes suspendidos en las brisas provenientes de la Costa.

¡Tanto qué hacer y tan poca voluntad para hacerlo! ¡Tantos beneficios y tan escasa visión en los que toman las decisiones! Y no crea usted que para realizar esas obras, que en nuestro caso son casi de misericordia, se requieren cantidades estratosféricas de dinero. Nada de eso. Con poco dinero, pero eso sí, con toda la energía y el poder de la convicción, se puede lograr en un breve lapso de tiempo lo que la ciudad nos pide a gritos. El alcalde recién electo, Manuel Ignacio “Maloro” Acosta tiene en mente construir un gran bosque de 400 hectáreas hacia el poniente de la ciudad, utilizando el agua de la Planta Tratadora de Aguas Residuales (PTAR) como soporte hídrico. Un mega proyecto que sin duda será de incalculables beneficios ecológicos y sociales para esta ciudad y sus habitantes.

Ahora que es un hecho que dentro de poco tiempo ya podremos contar con esa mega planta tratadora de aguas negras, y que además se piensa promover la instalación de pequeñas plantas tratadoras por todos los rumbos de la ciudad, es posible pensar en hacer realidad la gran reforestación de Hermosillo. Ahora que están por entrar nuevas autoridades que supuestamente ofrecen un cambio total en el estilo y las formas de gobernar, veremos qué tan cierto fue todo lo que ofrecieron en sus campañas.

Por lo pronto el verano ardiente avanza y ya casi termina junio, un mes que ha resultado durísimo, más duro inclusive que cualquier otro que yo recuerde. Durante prácticamente todo este mes se mantuvo el termómetro sobre los 40°C, con temperaturas mínimas cercanas a los 30°C. No es tanto lo duro -que en este caso vaya si lo ha sido- sino lo tupido, y cuando el cuerpo pide paz y no la encuentra ni en el interior de las viviendas refrigeradas, es que la cosa está llegando a límites insostenibles.

Nos falta aún los meses más duros del ardiente verano hermosillense: julio, y agosto, que en condiciones normales y dependiendo de las precipitaciones pluviales suele ser un poco más benigno que julio, aunque no mucho. Y luego, con sus ‘jolgorientas’ fiestas patrias y los atisbos de un cercano otoño, llegará septiembre que es siempre pesado, no tanto por las temperaturas extremas, sino porque el cuerpo humano ya pide paz tierrita volada, sin encontrarla. En octubre todavía no es posible apagar los aires acondicionados.

Noviembre, por allá en sus postrimerías, nos trae ese olorcillo peculiar que nos avisa la llegada de los días fríos de diciembre. Noviembre con frecuencia resulta un mes que es casi una repetición del mes de Mayo, como una segunda primavera antes del invierno. Recuerdo que alguien dijo alguna vez, hace mucho tiempo, que Hermosillo solo tenía dos estaciones: La de calor y la del ferrocarril… ¿Será?

Bromas aparte, el hecho es que para que alguien pueda llamarse un verdadero hermosillense debe pasar forzosamente la inevitable prueba del calor. Aquí es donde se separan los que de veras quieren formar parte de esta extraña comunidad hija del rey Sol y su consorte doña Temperatura, y los que simplemente vinieron a tomarse una tacita de café para luego ahuecar el ala en busca de aires mejores y más frescos.

Hermosillo, ciudad de veranos de fuego y sol abrasante. Hermosillo, ciudad de atardeceres de color naranja y ocres encendidos. Hermosillo, ciudad de tolvaneras repentinas y chubascos torrenciales que repentinamente llegan y se van. Hermosillo, ciudad de arenales desérticos donde nacen también las flores más bellas. Hermosillo, tierra de aromas de azahares ya desaparecidos y de alegrías mutantes que dan vida al corazón de su gente. Hermosillo, clavo al rojo vivo cuyos hijos llevamos enterrado en lo más profundo del alma, y cálido nido para quienes habiendo nacido en tierras lejanas, lo han tomado en adopción de amor.

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Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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