Don Javier Gándara

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en Don Javier Gándara 1736

“Cuando un amigo se va queda un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”

 Alberto Cortez

En diciembre de 1971 regresé con mi familia a vivir en mi tierra, Hermosillo, después de residir en México, D.F. durante diez años. Fue entonces cuando inició mi amistad con Javier Gándara. En aquel entonces él era gerente de la gasolinería “El Charro”, que se localiza en la esquina de Veracruz y Monteverde. Yo venía a dirigir una serie de construcciones que tenía planeadas el mismo dueño de la gasolinería que regenteaba Javier. En ese entonces Javier era una persona muy diferente a la que es hoy, y no solo por la edad, sino por su posición y situación social y financiera. Hace casi 44 años de eso y puedo decir que Javier y yo fuimos amigos íntimos durante 35 de esos 44 años. Lo quise como amigo, y creo que a su modo él también me quiso, pero los hombres disponen y la política dispone… de ellos y también de sus afectos.

No recuerdo con exactitud el momento preciso en que esa gran, profunda amistad se echó a perder. Es posible que haya sido en el año 2003, cuando compitieron Eduardo Bours y Ramón Corral por la gubernatura. Yo tomé la decisión de apoyar a Bours y él, y el grupo de amigos del que ambos formábamos parte, decidieron apoyar al “Mon”, que era gran amigo de todos nosotros. Conociendo al “Mon” muy de cerca, decidí que él no era el hombre que Sonora necesitaba, y tomé la decisión de apoyar a Bours, a quien yo no conocía ni había cruzado jamás palabra con él. 12 años después, y en vista de lo que ha ocurrido, sigo plenamente convencido de que aquella decisión que tomé fue la correcta.

En ningún momento hubo pleito o disgusto entre Javier y yo. Las preferencias políticas marcaron el paulatino fin de una amistad entrañable que me llevó a ser el confidente y consejero de Javier en cuestiones de política y en otros campos. Lo conozco tan bien como cualquiera y mucho mejor que la mayoría. Compartimos infinidad de experiencias y sufrí con él la amargura de sus primeras frustraciones en el mundo de la política. De sus labios escuché el motivo verdadero por el cual renunció al PRI, habiendo llegado a ocupar posiciones de muy alto nivel dentro ese partido. Le dije que estaba cometiendo un error. No quiso escucharme. Conozco sus cualidades y sus defectos. Sé de sus luces y de sus sombras. Ya no somos amigos, es cierto, pero aún quedan en mí remanentes mortecinos del profundo afecto que les tuve a él y a Marcela, su señora esposa.

Esta campaña que está a punto de concluir me ha obligado a revisar ese pasado que se niega a desaparecer. He visto y me ha dolido lo que le ha sucedido a Javier, y no puedo negar que he llegado a sentir pena por el hombre que ha llegado a ser, de cara al hombre que alguna vez fue. Mi corazón me impulsa a tratar de ayudarlo en estos momentos tan difíciles que está viviendo, pero mi mente me dice que nada de lo que yo diga o haga servirá para aminorar sus problemas. Su cercanía con la gente que ha despedazado a Sonora en todos sentidos, lo convierte en un hombre, en un político, que está fuera de toda salvación, y de toda ayuda.

Había estado buscando la forma de escribir algo sobre Javier Gándara Magaña, hoy flamante candidato de Guillermo Padrés a la gubernatura. Algo que me permitiera decir cualquier cosa positiva sobre él y su campaña, y a pesar de que lo intento con ahínco, lo encuentro sumamente difícil y complicado. Lo intento y al instante se me hace bolas el engrudo. ¿Por qué esta intención? Es muy complicado explicarlo. Me cuesta mucho trabajo definir ese por qué. Tal vez sea el recuerdo de la entrañable amistad que nos unió durante esos 35 años, o quizá porque lo veo hundido en un pantano de perversidades, ajenas y propias. No lo sé.

En la campaña de 2006 apoyé al “Pano” Salido cuando compitió contra Javier por la alcaldía de Hermosillo. Javier ganó esa contienda, y considero que al ganarla empezó a perder. Yo conocía desde siempre que su magno proyecto político era (y es) llegar a gobernar Sonora, aunque para lograrlo tuviera que acostarse con el diablo, que es lo que finalmente sucedió, porque si Guillermo Padrés no es el diablo, es su hermano siamés. Javier se volvió panista no por convicción, sino por considerar que era el camino más corto para llegar a su meta, para lograr su sueño. En ese camino tuvo que aguantar toda clase de golpes, desprecios y humillaciones de parte de los panistas de abolengo, que jamás han dejado de verlo como priista, y aguantó todo, porque el objetivo de su vida así se lo exigía.

Así pues, el camino para llegar hasta aquí no ha sido fácil para Javier. Ni fácil ni barato, no solo en el aspecto económico, sino muy en especial en el aspecto moral, y sobre todo en el aspecto familiar, donde los costos son infinitamente más grandes y difíciles de pagar. Me duele ver que han salido a relucir aspectos íntimos de su familia, de sus negocios, y de su larga y fructífera carrera como empresario exitoso. Conociéndolo como lo conozco, sé que eso debe estar haciéndolo pedazos por dentro, y eso me duele porque fuimos amigos muy cercanos, y eso nunca se podrá perder del todo, haya pasado lo que haya pasado entre nosotros.

En esta campaña Javier ha ido de más a menos. Conociendo yo su peculiar forma de pensar, y viendo las cosas que hacía y por qué las hacía, siempre le dije, y se lo dije muchas veces en diferentes momentos de su carrera política, que él jamás sería un auténtico político, al menos del tipo de político que pulula en ese mundo de traiciones y podredumbre. Y se rió cien veces de mí, como si se lo estuviera diciendo un loco. A lo mejor sí lo estoy, pero juzgue usted cómo le están yendo las cosas en el momento clave de su vida, y luego platicamos.

El desgaste físico que ha sufrido en el trayecto ha sido tremendo, y los golpes morales han agravado terriblemente ese desgaste. En los videos y fotografías que se publican de él, con todo y el uso del photoshop que todo lo tapa y todo lo disimula, se le ven las arrugas, se percibe claramente la mirada cansada y el gesto de dolor interno que trae desde hace tiempo el candidato panista. Javier se defiende como puede. Trata de devolver los golpes y a veces lo consigue. Javier sabe hablar, aunque el saber hablar no equivale a tener algo que decir. Javier es hábil y tiene argumentos, aunque en buena medida sean recopilaciones del pasado, refritos de otros momentos, de otras realidades, de muchas situaciones ya rebasadas.

Pero cometió graves errores en el pasado, y los sigue cometiendo hoy. Como dato pertinente, le recordaré al lector que cuando Pancho Búrquez -sin propuesta, sin campaña y con mucho menos recursos- le ganó de calle en el 2000, en un arrebato colérico y de despecho se negó a asumir el cargo de regidor de Hermosillo que por ley le correspondía. Le volví a decir que estaba cometiendo un error. No me quiso escuchar. Con ello brindó una prueba clara de su arrogancia y de que, en realidad, lo único que le importa es su prestigio personal (su ego, pues), y no la gente a la que ahora considera “su principal motivo de preocupación”.

He leído y releído, escuchado y vuelto a escuchar las preguntas que le hacen en los eventos de campaña, y las respuestas que Javier le ha dado a cada una de ellas, y en verdad poco o nada encuentro que sea rescatable. Son entrevistas del montón, sin brillantez, con respuestas sosas dónde no se aprecia ni un análisis profundo, ni propuestas a la altura de su innegable prestigio. Insulsos, sería el calificativo aplicable a estos intentos de entrevista. Si en algún momento pensó hacerlo, es evidente que no pudo marcar una línea divisoria clara entre él y el grupo de rufianes que lo están llevando al infierno de la derrota. No es por falta de carácter ni de pantalones, lo aseguro, luego entonces deben tenerlo agarrado con algo muy, muy gordo… ¿Padrés lo está usando como objeto de negociación a cambio de impunidad para él y su familia? Se sospecha, pero nadie lo sabe con certeza.

Javier ha declarado en diversos foros, en numerosas ocasiones: “Soy ciudadano, nunca he estado en política, no podía siquiera decir qué es política, es una opción para lograr el bien común”… ¡Atáscate ‘ora que hay lodo! Javier se arranca así una de sus máscaras revelándose como un cínico, un embustero o un caradura. Usted escoja. Porque afirmar que él no es un político cuando va para los 20 años “picando piedra” en la cantera política, es tratar de verle la cara a sus conciudadanos. Sospecho que le da pena andar haciendo lo que hace y ha hecho desde hace tanto tiempo, y lo trata de ocultar bajo la cobija de una imagen “ciudadana” en la que se envuelve para no ser medido con la misma vara que los demás bandidos que le rodean.

Al diseñar sus estrategias electorales, él y su grupo empezaron a mostrar el rumbo que poco a poco -como para que pasara inadvertido- le darían a su campaña: Mostrarse lo menos panista posible y, desde luego, negar su extracción priísta para no mancillar su epidermis política. Se ha limitado a decir tímidamente: “Yo soy yo, y Padrés es Padrés”… “A mí no me metan en el mismo saco”. Javier es por supuesto un ciudadano, como lo soy yo y como lo es usted, pero afirmar con descaro que él es distinto a Padrés, y que nunca ha estado en la política, es tratar de tapar el sol con un dedo… es mentir con todos los dientes. O sea que Javier quiere ser, pero ocultando lo que es.

Javier es una persona casi imposible de conocer en forma cabal. Si alguien lo sabe soy yo, y si a alguien le consta es a mí, que lo traté durante muchos años, a veces muy de cerca y otras de más lejecitos. En campaña nos dice que en caso de ganar va a gobernar con todos los sonorenses y que nos dará el Sonora que todos queremos, lo cual es otra falsedad, y otra bofetada para la gente ingenua predispuesta a creer.

En la realidad, Javier es un claro ejemplo del empresario tradicional: El hombre solo, el encumbrado, el omnipotente que por sí solo decide desde un gran escritorio en oficina lujosa y refrigerada. Javier no puede cubrir con dinero -y vaya que es algo que le sobra a él y su familia- sus limitaciones personales y las consecuencias que tendrían para Sonora y los sonorenses la serie de resabios y amarguras que acarrea en su interior y que, obviamente, ha ocultado durante su campaña bajo una espesa capa de maquillaje propagandístico.

Javier es bueno, más bien excelente para manejar dinero. Es un empresario de alto perfil, pero eso no lo convierte en el hombre que Sonora necesita, y mucho menos en el líder que los sonorenses esperan. Para ello le faltan humildad y humanidad, y le sobra arrogancia. Le falta sensibilidad y le sobra autosuficiencia. Necesita creerse un poco menos, y ser un poco más. Los caminos de la vida lo han ido conduciendo y moldeando hasta ser hoy la sombra de algo que pudo ser… y que ya no será… ¡Cuánto desperdicio… pero así de perra es la vida!

Envíeme su comentario a continuación, o bien a oscar.romo@casadelasideas.com

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Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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