Días de graduación

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en Días de graduación 34

A pesar de que junio nos ha traído temperaturas infernales que han establecido incluso nuevos récords en materia climatológica, esta semana que terminó fue particularmente satisfactoria, desde el punto de vista de su contenido emocional. Dos de mis nietos varones se graduaron: José Iván, hijo de Carlos Eduardo (el segundo de mis hijos) y Ariel, hijo de Leonel (el menor de mis hijos). Por otro lado, Ana Sofía -la mayor de nuestros siete nietos- que estudió la carrera de fisioterapeuta en la ULSA de Ciudad Obregón- terminará sus prácticas profesionales en el Hospital San José de esta ciudad, el próximo mes de agosto. La vida es una corriente, a veces calmada, a veces impetuosa, que no se detiene, y nos conduce a todos hacia nuestros respectivos destinos finales.

Así pues, mi esposa y yo fuimos de los miles de abuelos y padres que tuvieron la inmensa satisfacción de ver a sus nietos o hijos, dar otro paso hacia delante. ¡Y qué emoción se siente, verdad de Dios! Por más tiempo que transcurre, por más graduaciones que se suceden, por más emociones de este tipo que se experimenten, cada vez que uno de nuestros niños y de nuestros jóvenes avanza, el júbilo es tan grande como aquella lejana primera vez.

La primera vez… Hace falta devolver tantas hojas en el calendario de vida que resulta una tarea ardua, aunque no por ello menos placentera. El álbum de las memorias familiares está repleto de momentos dichosos, y cerrando los ojos puedo (podemos) volver a vivirlos. La primera vez… ¿Cuándo fue? Parecen haber transcurrido mil años, y aún la recuerdo como si acabara de suceder ayer.

Mis tres hijos: Oscar, Carlos y Leonel, fueron alumnos del Colegio Regis en primaria, secundaria y preparatoria. Desde que regresamos de México a vivir de nuevo en Hermosillo, en diciembre de 1971, decidimos mi esposa y yo que este era el Colegio que queríamos para nuestros hijos, y ahí los inscribimos. Y créame usted, jamás nos arrepentimos de nuestra decisión porque los resultados fueron magníficos. Desde luego, hubo momentos complicados, porque la vida de los chamacos nunca está exenta de ellos, pero el resultado final, que es lo que realmente importa, valió la pena.

Mi esposa siempre estuvo ligada a las tareas que algunas madres de familia realizan en esta institución educativa tan apreciada por los hermosillenses de ayer y de hoy. Ella, mi esposa, formó parte del equipo de catequistas durante algunos de los años que estuvieron nuestros hijos allí, e incluso se nos dio la honrosa responsabilidad de presidir la Mesa Directiva de la Sociedad de Padres de Familia del Regis, allá al arrancar la década de los 80 del siglo pasado. Y debo decir que para nosotros fue una oportunidad inigualable para conocer más de cerca la forma como los hermanos lasallistas desarrollan y cumplen su hermosa vocación de impartir educación.

Fueron otros tiempos y hace muchos años, pero los recuerdos aún están ahí, vívidos y nítidos, como si hubieran sido grabados a fuego en nuestros corazones. Fue sin duda una etapa que definió muchas cosas en nuestras vidas, en la de mi esposa, en la mía y en la de nuestros muchachos, sobre todo. Aunque por razones naturales, hemos estado apartados del Colegio Regis durante mucho tiempo, y aunque sabemos que ha crecido y se ha modernizado enormemente, estamos seguros de que sigue siendo una escuela que armoniza prudentemente la parte formativa con la académica. Y eso, estimable lector, es una perla en estos tiempos de pragmatismo desbordado.

Desfilan por mi memoria infinidad de momentos agradables y de escenas imborrables: Las sesiones en la explanada de la secundaria, las kermeses con su actividad frenética, las elecciones de reina con sus manifestaciones llenas de actividad y alegría, las ingeniosas presentaciones que hacían los muchachos en el gimnasio del colegio, los torneos deportivos locales y nacionales en los que el Regis demostraba su poderío, especialmente en basquetbol… los bailes aquellos denominados “La Náusea”, las enormes mantas que los chicos y chicas pintaban con sus manos para promover a tal o cual candidata… el más puro y sano ambiente escolar que se puede pedir.            

Y, por supuesto, las ceremonias de graduación. Los momentos cumbres para todos los muchachos y las muchachas, que ven cumplida una etapa de su existencia y se aprestan a emprender otra. La rueca de la vida que gira y gira sin parar, los niños que se hacen jóvenes y los jóvenes que se hacen hombres y mujeres, y que un buen día salen de las escuelas para no volver más… y cierran el que sin duda es el capítulo más hermoso de todos… el tiempo de las escuelas, de los salones de clase, de las expulsiones y de las regañadas de los maestros, de los premios por aprovechamiento y los trofeos deportivos, las hermandades y los grupos de amigos… el momento del cambio de la vida amable por la más dura de las realidades.

Y llega el momento inevitable en que hay que enfrentar el reto de vivir fuera del capullo que representa la escuela, la que nos hace rezongar cada mañana que hay que levantarse temprano para ir a clase, que nos impide ir a dar la vuelta o al cine con los amigos porque tenemos tareas que hacer… la etapa intensa de búsqueda de la independencia, y en el camino tener que enfrentar trabajos poco satisfactorios y mal remunerados. Las frustraciones y los éxitos, los golpes, las caídas y los regresos a la línea de batalla.

Para todo eso es indispensable una buena preparación, pero no solo en cuanto al caudal de conocimientos -que desde luego son importantes- sino también una sólida formación ética y moral, sin la cual los conocimientos académicos se convierten en simples herramientas de uso limitado.

Eso no ha cambiado, aunque los tiempos sean diferentes y las modas sean otras. Y eso es lo que los padres de familia debemos buscar con particular ahínco para nuestros hijos. No olvidar ni por un instante la premisa aquella de procurar para los hijos una mente sana en un cuerpo sano, y todo en conjunción con un corazón sensible y un alma limpia y generosa, capaz de sentir sufrimiento y compasión al ver la enfermedad, las carencias y las necesidades de los demás.

En medio de la bullanguera alegría, pienso que debemos de ser sumamente cuidadosos con esta sangre nueva que se anuncia. Si nosotros fuimos incapaces de realizar nuestro trabajo a plenitud en el mundo cuerdo y más o menos armónico que nos dejaron nuestros padres, en sus jóvenes manos quedará la responsabilidad de arreglar el desbarajuste que vamos a entregarles. Mala herencia, tal vez, pero que depositamos en unas manos que deberán ser mejores y más competentes que las nuestras.

Y de pronto veo a esa nube de niños, niñas y jóvenes con otros ojos. Ya no se me figuran tan tiernos y vulnerables, tan desvalidos y expuestos al peligro. Empiezo a verlos como titanes en miniatura, súper héroes en cápsulas comprimidas. Y sospecho que saben a sus diez, doce o diez y ocho años, mil veces más de lo que yo sé ahora, a mis ochenta y uno. Y me digo que si no es posible desechar nuestros temores naturales ante la complejidad del mundo actual, ellos sin duda están adquiriendo las armas necesarias para abrirse camino en él, y acaso para lograr lo que las generaciones intermedias no pudieron.

Estos días pasados me transportaron de nuevo a los viejos dilemas que no desaparecen por el hecho de que los hijos se independicen y abandonen el hogar familiar para formar el suyo propio. Estos días pasados, viendo las expresiones de alegría y de legítimo orgullo pintadas en los rostros limpios y anhelantes de tantos niños y niñas que muy pronto dejarán de serlo, me sentí parte del mundo que me rodea, y los abracé a todos, a los que conozco y a los que no conozco, a los que son míos y a los que no lo son.

Y al abrazarlos, emocionado y casi al borde del llanto, me convertí un poco en ellos… volví a sentirme como me sentí hace muchos, muchos años, en los momentos en que viví las mismas emociones y la misma satisfacción… ¿Cómo olvidar? ¿Cómo no recordar? ¿Cómo no compartir y disfrutar con la proximidad de la sangre nueva y pujante de las  nuevas generaciones?

Las graduaciones siguen y seguirán durante todo el resto de este mes y parte del siguiente, y los años que vengan. Parvadas y más parvadas de pajarillos saliendo de las jaulas escolares para buscar nuevos rumbos y nuevos retos qué vencer. Y el mundo seguirá siendo suyo, a pesar de que existan tantas cosas que pretenden arrebatárselos. A pesar de las complicaciones y de las adversidades, un joven bien instruido y mejor formado siempre estará preparado para entrar en la batalla por la vida… y triunfar.

Y podremos entonces, como padres y como abuelos, dejarlos partir a sabiendas que nuestra misión ha sido cumplida… aunque al abrirles las puertas para que se vayan, se nos parta el corazón y se nos abra un hueco en el alma que nada podrá llenar… ¡Son nuestros hijos! ¡Son nuestros nietos!

En Twitter soy @ChapoRomo

Mi dirección de correo es oscar.romo@casadelasideas.com

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

Leave a comment

©2012 Casa de las Ideas, Derechos reservados. l Sitio desarrollado por: Freaner Creatives

Search

Back to Top