Ciclos existenciales

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en Ciclos existenciales 36

Cada año, al llegar diciembre, se presenta una situación característica, mezcla de alegría con tristeza, de dulzura con amargura. Es obvio que para una minoría de seres humanos afortunados y privilegiados, estos sentimientos son más llevaderos y soportables que para otros muchos, sin duda la gran mayoría, que ven correr el tiempo sin que su situación de desamparo cambie para mejorar. Es la realidad de este mundo, dirán encogiéndose de hombros y sacudiendo la cabeza algunos filósofos trasnochados, de esos que predican en las esquinas, y tal vez tengan en parte la razón. Pero no eso no significa que necesariamente lo tengamos que aceptar como algo inevitable, como algo fatal.

Este diciembre de este año 2018, que por muchas y muy diversas razones quedará registrado seguramente como único en los anales históricos de nuestro país, es totalmente diferente a cualquier otro diciembre que yo recuerde, y mire usted que he visto llegar e irse ochenta diciembres, en mi ya muy prolongada cosecha de años. Desde los diciembres durante los años de la II Guerra Mundial, cuando el mundo veía morir decenas de miles de soldados de ambos bandos, y la paz se percibía como un anhelo imposible de alcanzar, hasta los diciembres de la guerra fría, cuando la sombra oscura de un holocausto nuclear flotaba sobre una humanidad que se frotaba las manos con angustia ante la posibilidad de un conflicto final que, por cierto, aún no desaparece.

Mucha vida, demasiada, para no exhibir como respaldo la experiencia de lo vivido, en nuestro México y en muchas otras partes del mundo. Pero nunca antes, en ningún otro momento de mi larga vida, había sentido lo que estoy sintiendo al aproximarse el final de este año terriblemente desmoralizador y confuso. Diciembre llegó y con él llegó el episodio con que se cierra una larga e impresionante secuela de eventos que nos tienen con el alma en vilo, y se apresta a abrir el siguiente capítulo de la historia de esto que los artífices de la ruptura y el conflicto han dado en llamar “La Cuarta Transformación”, sin ofrecer ninguna definición, ningún camino y, por supuesto, ningún destino, como no sea el de la destrucción total como elemento de cambio.

Ciclos existenciales concatenados que configuran un pasado que va estrechamente, íntimamente ligado con el presente, y que sin embargo no sirvieron como preparación para enfrentar lo que estamos viviendo, y lo que nos falta por vivir en los siguientes seis años. El no saber cuál será el golpe siguiente, el no poder prever de dónde vendrá, y no tener idea del daño que nos podrá causar, es parte de nuestro día a día, y de nuestra negra noche que amenaza con nunca volver a ver el amanecer. El miedo a lo desconocido, el miedo a lo inimaginable, a lo que anida en los rincones oscuros de esas mentalidades que parecen haber sido extraídas del más horripilante cuento de horror jamás escrito. El miedo… la incertidumbre… la angustia…

Las voces cuerdas de periodistas y comentaristas con impacto e influencia a nivel nacional, resuenan y producen ecos en los espacios de la comunicación pública aún no contaminados. Son voces que advierten, previenen y sirven como bálsamo de alivio en medio de la cacofonía y la barbarie que se traslucen de las acciones y declaraciones que minuto a minuto forman parte del quehacer de este nuevo y repelente gobierno que llegó de las profundidades de la selva mexicana.

Nos encontramos de nuevo en diciembre. Y estamos en invierno. Y los frentes fríos que bajan del norte con sus ráfagas de viento helado que calan hasta los huesos, son parte de la realidad de la temporada. Las calles son frías, y muchos hogares también lo son. Pero en la patria que sufre los dolores del nuevo parto político hay fuego y hay llamaradas. El ambiente nacional semeja una gigantesca hornacina donde crepitan las pasiones desatadas por la doctrina del odio, del desencuentro, de la refriega ideológica que nos define como “ellos” y “nosotros”, como si no fuéramos carne de la misma carne y huesos del mismo esqueleto racial. Como si no fuéramos todos parte de este México que no encuentra la paz y que no conoce el sabor de la reconciliación.

¿Cuál es el propósito real -pregunto- de que se haya hecho tanto ruido en torno de un Plan Nacional de Paz y Reconciliación, si en el ejercicio del poder constitucional las acciones contradicen cada sílaba y cada párrafo del engañoso documento anunciado a los cuatro vientos? ¿De qué sirve -pregunto de nuevo- que se haya creado una nueva secretaría de seguridad pública, con todo el tremendismo mediático y todas las modificaciones estructurales que son más bien cosméticas, si afuera en las calles, en los rincones y los lugares sombríos de este país la violencia sigue reinando, y la paz y la tranquilidad se han ido para no volver?

Un golpe por minuto. Dos o tres. Y serán mil o diez mil, conforme pase el tiempo. Desde que llegó el gobierno del cambio todo parece haber cambiado, efectivamente, pero para empeorar. No hay una sola señal alentadora, una sola medida aplaudible, una sola idea que genere esperanza. Todo son palabras como navajas de doble filo. Todo son ruidos que llevan impreso el sabor del engaño y la mentira. Todo lo que se nos dice es para confundir, para soliviantar, para confrontar y fracturar aún más a esta sociedad mexicana que ha sido materialmente pulverizada por la doctrina de la confrontación entre clases sociales que nunca han caminado juntas por el mismo camino, y que ahora corren presurosas a chocar en forma violenta, azuzadas por los nuevos dueños del poder.

Los ciclos existenciales son a veces representativos de las formas de vivir que hemos escogido. Son repeticiones con sabor a ceniza. Son parte indivisible de lo que hemos sido, de lo que somos y seremos. Ciclos de vida y ciclos de muerte. Ciclos de esperanza combinados con ciclos de derrumbe anímico y moral. Somos seres humanos que, a fuerza de golpes y desengaños, hemos sido despojados de la facultad de reaccionar, de oponer resistencia y ponernos de pie. La felicidad es simplemente una palabra que aparece borrosa y casi ilegible en los diccionarios de la lengua mexicana. La felicidad ha dejado de ser una meta, y ni siquiera un objetivo; la felicidad es un sueño de tantos que se ha esfumado en las brumas del tiempo.

Imagino que en este punto el lector que haya llegado hasta aquí dirá: “¿Pero cómo es posible que el Chapo diga estas cosas?” “¿Y la felicidad que existe en lo más íntimo de las familias qué?” “¿Es acaso una fantasía o parte del engaño en que vivimos?” Bueno, reconozco que probablemente el lector tendrá razón en sus cuestionamientos. Y yo respondo, no sin dolor y no sin tristeza: ¿acaso no es cierto que incluso en la intimidad de las familias se ha ido deslizando la serpiente ponzoñosa de la confrontación y la desunión? ¿Acaso no es verdad que en la actualidad muchas de las familias se han convertido en campos de batalla donde se enfrentan el padre contra la madre, el hijo contra el hijo, los hijos contra los padres y viceversa? Y en estas condiciones que tienen a generalizarse ¿dónde está la felicidad, pues? ¿Qué posibilidades hay de volver a encontrarla?

Ciclos existenciales mutantes. Personas que no son lo que deben ser. Maestros que simulan ser maestros. Sacerdotes que dan la impresión de ser sacerdotes. Gobernantes que ya ni siquiera se molestan en fingir ser gobernantes. Los padres hacen como que son padres, los hijos como que pretenden ser hijos, y los abuelos… bueno, los abuelos somos ramas viejas y resecas que crujen ante los embates de los cambios, y de los vientos tormentosos que amenazan con convertirnos en astillas.

Pero ya estamos en diciembre, y Navidad casi está encima, con su carga de sentimientos mixtos. Y el año nuevo que ya se asoma, viene cargado de negros presagios y de olores fétidos. A veces me parece escuchar a lo lejos, tan lejos que apenas se escucha, un coro de ángeles que cantan al mundo el viejo deseo de paz para los hombres de buena voluntad.

Un deseo que parece inalcanzable en este mundo donde la buena voluntad ha desaparecido, y en un país donde los hombres, en vez de vivir como hermanos, en paz y con armonía, vivimos como lobos, devorándonos los unos a los otros.

Espero su comentario en: oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRom

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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