Don Roque y Don Neto

Oscar Romo Salazar, Recientes No hay comentarios en Don Roque y Don Neto 49

“Escrito con penetrante olor a alcanfor, extraído del viejo baúl que guardo en el desván”

Hace casi setenta años -por allá a finales de los años 40s o principios de los 50s del siglo pasado- anduvo de moda en México un ventrílocuo de nombre Paco Miller, probablemente el más grande que haya dado nuestro país en ese género vernáculo tan peculiar. Si usted es más o menos de mi generación, tal vez lo recuerde. Paco Miller utilizaba dos muñecos en sus presentaciones: Don Roque y “La Marraqueta”, siendo el primero de ellos la estrella indiscutible del “show”. “La Marraqueta” era una calavera parlante que hablaba arrastrando las palabras, y Don Roque era un tipejo malencarado, de cejas espesas y con un genio de los mil diablos. Su frase favorita, expresada con voz de trueno era: “Le rajo la cara a cualquiera, maldita sea”.

Aquí en Hermosillo tuvimos la oportunidad de verlos presentarse en múltiples ocasiones, ya fuera en aquellas caravanas de estrellas del folklore y la farándula que periódicamente visitaban nuestra ciudad, o en la añorada “Carpa Belmont” que venía cada año y se instalaba en los baldíos que en aquellos tiempos había en la vieja Pera del ferrocarril, antes de ser fraccionada y vendida en cachitos.

La Carpa Belmont era realmente un espectáculo digno de verse. Cuando llegaba y se instalaba, la noticia corría por el Hermosillo de entonces como reguero de pólvora. Siempre traía un elenco de estrellas de primera magnitud, entre los que recuerdo a “La Torcasita”, “Los Xochimilcas”, Rafael Vázquez (antes de unirse a Carmela Rey) y, en fin, una pléyade de artistas en ascenso o en pleno estrellato. Tiempos en que no había televisión y el cine mexicano pasaba por su mejor época, cuando surgieron actores y actrices como Arturo de Córdova, Magda López, Pedro Armendáriz, Columba Domínguez, Ramón Armengol, Miroslava, Dolores del Río, Tin Tan, Cantinflas, María Félix, Emilio Tuero, Lilia Prado y demás inmortales del cine nacional.

Don Roque, el muñeco estrella de Miller, como ya dije era un tipo rezongón y mal encarado que siempre estaba enfurruñado y de muy mal pelo. Entablaba constantemente con el público duelos verbales e intercambios de metralla a base de albures que provocaban en la concurrencia carretadas de carcajadas. Humor sano no exento de picardía, que exigía del ventrílocuo una gran agilidad mental y, desde luego, una enorme dosis de “vagancia”. La más pura esencia de la carpa mexicana, de donde surgieron muchos de los más grandes cómicos, músicos y artistas de los tiempos de oro de México.

Los tiempos fueron cambiando y Paco Miller, el genio de la ventriloquía, se hizo viejo y murió, llevándose a la tumba con él a sus graciosos muñecos, Don Roque y La Marraqueta.

Posteriormente, por allá en la década de los 60, cuando la televisión mexicana apenas hacía sus pininos, surgió otro gran ventrílocuo llamado Don Carlos, que tuvo también dos muñecos: Don Neto y Titino. Don Neto era el principal, pero Titino no le iba muy a la zaga. Igual que Paco Miller, Don Carlos utilizaba también un poco el albur, aunque sin pasarse jamás de la raya en cuanto a vulgaridad.

Paco Miller y Don Carlos integran sin duda la pareja de ventrílocuos más brillantes que ha dado México. Don Roque y Don Neto constituyen los muñecos más famosos y ocurrentes. Si usted tuvo la oportunidad de verlos alguna vez, quizá estará de acuerdo conmigo en mi apreciación.

Hoy en día ese tipo de cómicos por desgracia han caído en desuso y raramente se ven. Y los que surgen no les llegan ni a los talones a los grandes maestros Paco Miller y Don Carlos quienes, al darle voz a sus muñecos, apenas si se notaba el movimiento de sus labios. Eran prácticamente perfectos. Aquellas carpas tan concurridas en los años 40 y 50 del siglo XX fueron desapareciendo ante el embate incontenible de la televisión y demás medios modernos de entretenimiento. En aquel entonces no teníamos más que las carpas, los circos (Beas y Modelo y Atayde Hnos.), el cine y la radio AM… y vivíamos felices, verdad de Dios.

Sin embargo, cosa curiosa, el ventrilocuismo (si es que el término es correcto) en política no ha dejado de existir y en diversos momentos de nuestra peculiar historia política podemos captar un asombroso paralelismo que fuera gracioso y hasta digno de risa, si no involucrara situaciones un tanto cuanto trágicas.

A finales de la década de los años 90s tuvimos otro don Carlos (Salinas) que creó su propio muñeco, don Neto (Zedillo). Muchos mexicanos sospechaban que don Carlos era el que realmente hablaba, y don Neto se limitaba a abrir la boca para crear la ilusión de que era él quien pronunciaba las palabras. Imposible saber desde la “actualidad actual” cuál era la “realidad real” -valgan los pleonasmos intencionales- en los siempre intrincados juegos de la prestidigitación política mexicana.

El modernismo y la globalización hicieron posible que don Neto (Zedillo), harto quizá de ser tan solo un muñeco inanimado, creara a su vez su títere particular que llevó por nombre don Roque (Villanueva), en una repetición cíclica de nombres y muñecos, ventrílocuos, payasos y carpas políticos itinerantes. Don Neto (Zedillo) colocó a don Roque (Villanueva) como súper estrella en la gran carpa de variedades que era el PRI a finales del siglo XX y principios del siglo XXI, y que sigue siendo en la actualidad, (incluso con las operaciones de cirugía plática que le han practicado) para que el que hiciera famosa la “roqueseñal”, hiciera y dijera lo que él ordenaba y disponía.

En este galimatías de ventrílocuos y muñecos, de títeres y titiriteros, es difícil saber quién fue el operador y quién fue el instrumento. En aquel entonces, igual que en la actualidad, unos son los que realmente hablan y otros los que se limitan a mover la boca cada vez que desde la trastienda su dueño aprieta un resorte o mueve una palanca.

Lo malo del asunto -para sus correligionarios- es que el ventrílocuo en turno, don Kike, ha colocado a su propia marioneta al frente del PRInosaurio, un partido que artrítico, anquilosado y con colesterol hasta en las anginas, sigue siendo la primera fuerza política del País, aunque algunos pronostiquen que sus días de hegemonía y gloria pudieran estar llegando a un nuevo e ignominioso final. El hecho de que sus acérrimos enemigos anden armando coaliciones, alianzas y frentes, hace pensar que la ofensiva viene en serio.

Hay quien piensa que a la carpa del PRInosaurio, más vieja y apolillada que la que utilizaba el viejo circo Beas y Modelo, ya no acude nadie, o acuden unos cuantos. Es más, se visualiza que muchos de los que pagaron boleto para estar cerca de las estrellas están empezando a salirse, decepcionados o frustrados al comprobar que “ya no habrá de piña” y que, por lo tanto, más les conviene cambiar de carpa -o de partido- lo que en política equivale al más puro y excelso trapecismo.

Lo cierto es que al PRInosaurio, un Lázaro al que ni Jesucristo parecía capaz de levantar de su sepulcro, le han sobrado presidentes con el correr de los años y la concatenación de cambios. Y en su momento ninguno de ellos: Ni Colosio, ni María de los Angeles, ni Borrego, ni Oñate y desde luego mucho menos don Roque, y luego los que siguieron en la larga cadena de “líderes” hasta llegar finalmente a Beltrones y al “Clavillazo” Ochoa Reza, han sido, ni al parecer serán capaces de poner a flote la anticuada barcaza que de nuevo da la impresión de irse a pique irremisiblemente.

Desde que desapareció don Jesús Reyes Heroles el PRI ha sido incapaz de producir un político de categoría y solvencia intelectual. Mañosos, marrulleros y rateros sí, a montones, pero alguien que realmente valga la pena, no. Ni uno solo. Y así, huérfano de gente con clase, de hombres y mujeres políticamente capaces, el otrora invencible partido agoniza, víctima de sus propios errores y debilidades.

La elefantiasis estructural, la corrupción, la ceguera, la autocomplacencia y el inmovilismo ideológico precen haberlo sentenciado a muerte. Igual que a todos los otros partidos que han surgido como hongos venenosos en el campo político mexicano. El anciano decrépito, viejo PRI, enfermo de Alzheimer y Parkinson y en coma diabético, contempla con impotencia y desesperación cómo la carne envejecida se le separa irremisiblemente del deteriorado esqueleto… y sin embargo se mueve, como dicen que no dijo Galileo Galilei.

Un espectáculo trágico que cierra con un broche sombrío las últimas funciones que ofrece una carpa que, habiendo sido la envidia de propios y extraños, hoy solo provoca compasión y vergüenza.

Envía tu comentario a oscar.romo@casadelasideas.com

En Twitter soy @ChapoRomo

Author

Oscar Romo Salazar

Nací en Hermosillo, Sonora, el 12 de noviembre de 1937, en la antigua Calle Comercio (hoy No Reelección) al mismito pie del bienamado “Cerro de la Campana”.
Desde pequeño mostré una gran afición por la lectura y a lo largo de mi vida he sido un ávido lector. Leo todo lo que cae en mis manos, desde novelas de ficción, biografías de personajes famosos, libros de superación personal, revistas, periódicos impresos y virtuales… todo y de todo.
Me gusta mucho escribir sobre mi ciudad, sobre todo la pequeña ciudad donde me crié y donde crecí, dicen que tengo una gran memoria porque recuerdo cosas que sucedieron cuando yo estaba muy niño. Es posible. Trato de mantener vivos mis recuerdos escribiéndolos y compartiéndolos con quien quiera leerlos.
Estudié primaria, secundaria y preparatoria en Hermosillo, y posteriormente me fui a Monterrey a estudiar la carreta de arquitectura, la cual finalmente terminé en la ciudad de México, D.F.
Me casé cuando aún no terminaba mi carrera y formé mi familia con María Emma Freaner, originaria de Nacozari de García, quien me dio tres hijos: Oscar Upton, Carlos Eduardo y Leonel, los tres casados con excelentes mujeres. Tengo siete nietos, cuatro varones y tres mujeres, la mayor de 15 años y el menor de un año y medio.
He dedicado los últimos 26 años de mi vida a escribir, 25 de ellos en el periódico “El Imparcial”, y durante varios años lo hice simultáneamente para el periódico diocesano “En Marcha”, cuando lo dirigía con gran tino el padre Teodoro Pino, hoy Obispo.
Durante dos años y medio, de 2004 a mediados del 2007 tuve un programa de análisis político en Telemax al que llamé “Controversia”. Dicen que tuvo bastante éxito y que mientras duró fue muy visto.
El año pasado abandoné a “El Imparcial” por incompatibilidad de criterios y visiones con la actual dirección, y durante un año y medio aproximadamente (de principos del 2009 a mediados de este 2010, he venido colaborando con el portal “Contactox” de Claudio Escobosa Serrano.
Desde al año 2008 soy Presidente del Consejo Consultivo de Zona Histórica de Hermosillo y soy miembro de la Sociedad Sonorense de Historia.
En el mes de mayo de este año 2010 presenté mi libro “A Contracorriente: 25 Años Desde la Trinchera”, el cual fue editado por el Instituto Municipal de Cultura y Arte. Este libro es una primera compilación de unos 200 artículos de los más de dos mil que escribí durante el cuarto de siglo que tengo escribiendo.
Formo parte del elenco de escritores de “Casa de las Ideas”, un espacio donde espero concluir mis días como escritor, y desde donde me propongo seguir contribuyendo con mis escritos e ideas a mejorar en lo posible mi comunidad y, como soñar no cuesta nada, también el mundo donde vivo.

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