¡Qué pasen los desgraciados! Los debates presidenciales como subgénero de la “telerrealidad”

Mario Velázquez García, Recientes No hay comentarios en ¡Qué pasen los desgraciados! Los debates presidenciales como subgénero de la “telerrealidad” 66

Dr. Mario Alberto Velázquez García

Academia Mexicana de Ciencias

En los tiempos de lo que Bauman denominó como la “sociedad confesional” todas las personas buscan la fama, es decir, ser vistos, conocidos por todos, comentados sus actosy reconocidos. No importa que esta fama (generalmente temporal) sea ocasionada por una falla o un hecho bochornoso; el medio no importa, el fin es lo único importante, es decir, ser visto por los demás.

La política, desde el fin de la guerra fría, decidió vaciarse así misma de toda ideología. En esta época “líquida” la ideología sólo funciona como una especie de lastre que evitaba que los políticos pudieran cambiar de partidos y de posiciones tan rápido como lo pedían las circunstancias y sus intereses personales. En este escenario, las campañas políticas y la vida misma de los políticos pasaron de ser una batalla por ideales y posturas ideológicas para convertirse en una nueva variedad de los espectáculos, más específicamente de la telerrealidad. Las campañas son ahora cuidados anuncios promocionales, un uso estratégico de las redes sociales y la construcción de una imagen vendible del canidat@, sin importar que está retrato tenga o no algo que ver con la realidad. Sobre todo, las campañas son una versión del programa “Big Brother” donde la vida pasada y presente de los candidatos es usada como un arma política en su contra; cada pequeño desliz, palabra políticamente incorrecta, error pasado o presente es comentado, documentado, investigado y manipulado. Los candidatos son acosados día y noche para enterarnos qué como y con quién, a qué horas duermen (y con quien), su estado de salud, los autos que usan, el tipo de reloj que portan o la manera en que saludan a sus posibles votantes. Para la prensa y los partidos políticos no existen reglas ni límites, todo lo que se pueda encontrar sobre la vida intima de un candidato será usado en su contra.

Este es el núcleo de la sociedad confesional, el fin de la vida privada, particularmente pero no exclusivamente, de la gente que se ha vuelto “famosa” o que ocupa puestos “públicos”. El público cree tener el derecho de saber todos los detalles de la vida de la gente pública y esto incluye de una manera particularmente importante, todos su defectos, errores y tropiezos. No queremos ya héroes perfectos como el viejo modelo de un “supermán” con una moralidad perfecta, preferimos ver a “Homelander” (serie “The Boys”) un metahumano psicópata, sediento de poder y dispuesto a matar si es necesario para ocultar todos esos defectos que pensamos los convierte en “humano”.

Dentro de esta realidad confesional de las campañas electorales, un momento estelar lo constituyen los debates. Originalmente organizados para ser la oportunidad para el contraste y discusión de proyectos y principios políticos, se han convertido en el punto culminante del espectáculo que, en el caso del programa “Infieles” (Cheaters) llamaba la “confrontación”: los personajes centrales por fin se encuentran y tienen la posibilidad pública de enfrentar a una persona (candidato) con todos sus errores personales, amorosos o políticos. No se trata de una discusión entre ciudadanos contrastando posturas, es una batalla sin reglas, sin límites, donde todo tipo de mentiras, insultos y acusaciones son permitidas. El único punto es que el auditorio disfrute de un espectáculo que implica la confesión, o sea, la destrucción publica de las personalidades; un debate será mejor y más comentado mientras más insultos, acusación o “revelaciones” inesperadas se logran. Los debates presidenciales como subgénero de la “telerrealidad”.

El hecho que confirma que los debates son un espectáculo es el poco impacto que su celebración tiene en el voto; la mayoría de los votantes ya tienen claramente decidido por quién votarán; el debate solo sirve para confirmar lo que ya sentía; los debates son una lucha de los sentimientos no la razón. Como dijo Trump en su anterior campaña electoral: “en este punto, puedo matar a alguien en la zona central de Nueva York y la gente todavía votaría por mí…” Lo único que esperan los medios de difusión son aquellos hechos anecdóticos que creen “la nota”. El contenido de los argumentos es lo de menos, en la telerrealidad basta una frase, una palabra una imagen. El pasado debate entre los aspirantes Kamala Harris y Mike Pence a la vicepresidencia de los estados unidos será recordado por una mosca que se posó en la cabeza de Pence durante dos minutos; pocos recordarán lo que ellos dijeron. Durante el segundo debate a la presidencia de México en el 2018, López Obrador candidato por “Juntos haremos historia” llamó a Ricardo Anaya de “Por México al frente”: Ricky Riquín Canallín. Convirtiéndose en una frase “Trending Topic”. En este sentido, el candidato de “Juntos haremos historia” entendió mejor que sus competidores que la política contemporánea es una telerrealidad donde el mejor político no es aquel con propuestas, sino el que logre escribir mas jingles o frases publicitarias, particularmente si estas permiten a la sociedad confesional tener una victima pública de la cual mofarse o atacar. ¡Qué pasen los desgraciados! Debería ser la frase con la que inicien los debates presidenciales actuales.

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