Hablemos de Alfonso Reyes

Mario Velázquez García, Recientes No hay comentarios en Hablemos de Alfonso Reyes 32

Brillante erudito, escritor y diplomático. Poeta, crítico y ensayista. Filósofo, coherente e integro. Conspicuo mexicano por 70 años. Actual, a más de 60 años de su partida. ¿Actual? Pero ¿Quiénes lo conocen, oyeron o leyeron de él? ¿Cuándo y dónde vivió?

El hecho de que su padre fuese Bernardo Reyes, personaje non grato en nuestra historia, no justifica el que Alfonso este olvidado en la vida cultural del País. Trabajemos en su rescate; nos hará bien. Sobresale en su actuar el haber fundado el Ateneo de la Juventud, junto con  Vasconcelos, Henríquez y Caso; fundador también de la Casa de España, antecedente de El Colegio de México. Presidente de la Academia Mexicana de la Lengua y Premio Nacional de Literatura. Desatacan en su obra literaria: Cuestiones estéticas (1910-11), Visión de Anáhuac (1917), El Plano Oblicuo (1920), Cuestiones Gongorinas (1927) y Estudios Helénicos (1957). Su biblioteca particular conforma hoy día la Capilla Alfonsina, dentro del Campus de la Universidad Autónoma de Nuevo León, destino obligado de toda persona interesada en la vida cultural de México.

En su Cartilla Moral (1944), decía Alfonso que el hombre debe, como una obligación, educarse para el bien. Señalaba, también, que el bien es un ideal de justicia. Define a la moral como una constitución no escrita, cuyos preceptos son de validez universal para todos los pueblos y para todos los hombres, pues tiene por objeto asegurar el cumplimiento del bien, encaminando a este fin nuestra conducta. Para que el hombre realice los mandamientos del bien, menciona, deberá primero cubrir y cumplir sus necesidades materiales.

Y es precisamente en este último punto, donde empiezan los problemas dentro de la cotidianidad en que nos hayamos inmersos. ¿Cubrir nuestras necesidades materiales? Ciertamente no se trata de las suyas ni de las mías; bien sabemos ambos que están, en demasía, cubiertas. Pero las de los desempleados, los indigentes, los analfabetos, los inmigrantes, los niños de la calle, etc., ¿también lo están? ¿Los alcanzará el bienestar antes de que el destino los acabe?

Alfonso habla también del respeto y el deber social, de la civilización y la cultura, del buen humor y la ironía, de la capacidad de alegría y del culto a la verdad, de la Nación, la Patria y el Estado. Menciona que al procurar nuestras legítimas ventajas personales no debemos de perder de vista lo que le debemos al País ni a la sociedad en su conjunto. Habla del respeto a la Patria y define al patriotismo como el amor a nuestro País, el deseo de mejorarlo y la confianza en sus futuros destinos. Señala que el respeto a la verdad es al mismo tiempo la más alta cualidad moral y la más alta cualidad intelectual. Pero sobre todo resalta que la más alta manifestación del hombre es su trabajo. Este último precepto es difícil de aceptar, más aun cuando para la gran mayoría, el trabajar es visto como un castigo y no como un deleite. Digo, si en el pasado fuimos expulsados del paraíso y destinados al trabajo perpetuo (entre otras delicias), reivindiquemos al mismo como nuestra realización plena.

Así fue Don Alfonso Reyes. Elementales y necesarias sus propuestas  para todo y para todos. Para el niño, el joven, el adulto; para el ciudadano y el gobernante. Para el maestro y el científico; para los partidos políticos y las Cámaras. Propuestas actuales, sin duda; aplicables, sin demora. Nadie debe quedar fuera de la observancia de la “Doctrina Alfonsina”. Si así lo hiciéramos, esta bello País será otro.

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