Un flujo piroclastico de amor

Ignacio Lagarda Lagarda, Recientes No hay comentarios en Un flujo piroclastico de amor 1022

A pesar de los peligros, desde tiempos inmemoriales, por sus fértiles terrenos, sus valiosos materiales rocosos, su majestuosidad y sus misterios que inspiran mitos, leyendas y aventuras científicas,  los volcanes han seducido a los seres humanos. Pareciera que cuando hacen erupción, un hechizante y letal canto de sirenas se hiciera oír desde las entrañas de la tierra.

Atraído por ese hechizo inexplicable, en marzo de 1982, siendo un novel e inexperto geólogo, cuando viajaba a Villahermosa, Tabasco, para visitar el volcán El Chichonal, que una semana antes había entrado en erupción, a bordo del autobús conocí a una pareja de geólogos franceses que iban a lo mismo que yo, atraídos por una fascinación mucho mas grande que la mía: Eran Maurice y Katia Kraft.

– Krafft, como la mayonesa – nos dijo todo sonrisas  a mis compañeros y a mí, cuando Maurice se presentó. Pocas horas después de conocerlos y viendo su figura,  nosotros les llamamos Pedro y Bilma Picapiedra.

Estuvimos juntos tres días en las faldas del volcán y vivimos la experiencia alucinante de respirar y sentir el aliento ardiente de la tierra que emanaba desde el fondo de sus extrañas.

Al terminar la expedición nos despedimos y nunca más volvimos a vernos, y diez años después me enteré que habían muerto tomados de la mando bajo el fuego del amor.

Maurice Krafft, nació en Guebwiller, Francia,  el 25 de marzo de 1946. A los siete años de edad, en una vacaciones con sus padres a la isla italiana de Stromboli en el archipiélago volcánico al norte de Sicilia, presenció la erupción del volcán del mismo nombre. Quedó alucinado con aquel fenómeno terrestre y decidió ser geólogo.

A los catorce años, mientras crecía en él la fascinación por los intrigantes colosos de roca y fuego, el joven Maurice se integró a la Sociedad Geológica de Francia. Después del bachillerato siguió sus estudios superiores de geología que culminaron con una maestría en Ciencias de la Tierra en la Universidad de Estrasburgo.

Su paso por esa casa de estudios selló también su destino cuando conoció a la estudiante Katia Conrad, quien había estudiado geología y en ese momento estudiaba una maestría en geoquímica y al igual que él, estaba inoculada por la misma indescifrable pasión por los volcanes.

Katia María Josephine Conrad, nació el 17 de abril de 1942 en Alsacia, Francia. Cuando apenas era una adolescente vio la película “El nombramiento del diablo”, dirigida por Haroun Tazieff , y al terminar la función le dijo a un amigo que la acompañaba que había decidido ser vulcanóloga. A partir de entonces su interés por la vulcanología se nutrió viendo documentales y videos sobre volcanes y en una visita que hizo con sus padres a los volcanes de Sicilia.

Seria, delgada y menuda, de 1.63 metros, ojos marrones, pelo corto, seco como un pino a decir de ella misma, Katia era curiosa, vivaracha, metódica, organizada. Amante del té verde, el buen vino, y la comida china, especialmente el pato asado en las piedras. Una sonrisa nunca salía de sus labios.

Por el contrario, Maurice era alto y robusto como un roble, de 1,83 metros, ojos azules, cabello castaño rizado, voz cálida, simpático, risueño, rebelde a toda autoridad, siempre crítico de la labor de sus colegas, con un ingenio agudo, un humor de perros cuando las cosas no le salían bien,  alérgico a la estupidez y la vanidad de los seres humanos, brillante, agresivo a veces, con una memoria de elefante, un carisma seductor, una indestructible habilidad para el trabajo, le encantaba el jengibre, el queso suizo y las mujeres bonitas. Decía que a él le gustaba estar “Donde Lucifer hace boom !!!, boom !!!”.

Se conocieron alrededor de un plato de patatas fritas en el Café de la Victoire en  la Universidad de Estrasburgo y descubrieron que compartían la misma pasión: los volcanes.

Maurice se encontró su alma gemela en Katia, que estaba tan embelesada por los volcanes como él. “El tenía la misma hermosa y poderosa pasión que yo, y esa  fue la única razón para enamorarse de él. ” – dijo Katia en una entrevista después – . Eran dos poderosas personalidades unidas en su amor por el vulcanismo y las erupciones.

Se dieron cuenta que si querían satisfacer y expresar su pasión como les gustaba tendrían que hacerlo desde afuera de los organismos oficiales y decidieron elegir un camino difícil: el de la independencia e inician sus expediciones a los volcanes para documentar las erupciones en fotografías y documentales, con los fondos que habían ahorrado.

Pronto organizan misiones exitosas a Italia, Islandia y África y en 1968 crean el Centro de Vulcanología “Vulcan”.

Maurice estaba tan fascinado con los volcanes que estaba convencido que si uno estaba en erupción, él tenía que estar allí, y no para verlo a la distancia, sino desde el borde del cráter si era posible. En una entrevista dijo: “Me gustaría morir en un volcán, pero por desgracia, la probabilidad de que suceda es bastante baja.”

Sus inicios fueron difíciles, debido a su condición de independientes y librepensadores son criticados por la comunidad científica de la época, en el mejor de los casos tachándolos de extravagantes y en el peor,  como alborotadores en círculos. Algunos de ellos, celosos del éxito de su desafío y su libertad, hacen cualquier cosa para desacreditarlos.

En 1969, Katia se ganó la simpatía de Marcel Bleustein Blanchet, creador de la Fundación de Publicis, quien los apoya y la promueve como la primera mujer vulcanóloga en el mundo y por su trabajo y ejemplo, participó en el gran movimiento de la causa de las mujeres.

Se casaron el 18 de agosto de 1970 y su luna de miel fue en Grecia y en un lugar de alta actividad volcánica: la isla de Santorini.

Desde que se conocieron dedicaron su vida al estudio de los volcanes fotografiando y filmando erupciones, viajando de volcán en volcán. Su interés se centraba sobre todo en los volcanes en erupción, porque podían filmarlos y luego mostrar las imágenes al público y conseguir que el trabajo de los vulcanólogos fuera conocido por el público en general.

Fueron conocidos como los pioneros en fotografiar y filmar volcanes, a menudo a 30 centímetros de distancia de la lava y sus imágenes de los efectos de las erupciones volcánicas fueron un factor considerable para la cooperación de las autoridades locales frente las amenazas volcánicas.

Con el objetivo de salvar vidas trataban de concienciar a las autoridades de lo peligroso que puede ser un volcán y de estar manera hacer que los gobiernos confiaran y escucharan más a los vulcanólogos.

Un ejemplo de esto fue en 1991, al  inicio de la actividad del volcán Monte Pinatubo ubicado en la isla de Luzón en las Filipinas, donde su video de los efectos de la erupción del Nevado de Ruiz en Colombia les fue mostrado a un gran número de personas, entre ellas a la presidenta de Filipinas Cory Aquino, quien se convenció de que la evacuación de la zona era necesaria.

Siempre eran los primeros en llegar a un volcán en erupción, lo que los convirtió profesionalmente en una pareja muy respetada y envidiada por muchos vulcanólogos. En los Estados Unidos sus colegas los apodaron los “diablos volcán “, los “demonios” o “los vulcanólogos más rápidos del mundo”.

Alguna vez Maurice dijo que uno de sus sueños era navegar en un barco de algún tipo por un flujo de lava. Estaba seguro que era posible hacerlo de alguna manera, porque, “la lava sólo está a alrededor de 1000 grados centígrados”, dijo.

A petición del gobierno de Indonesia y con los auspicios de la UNESCO del 13 mayo al 21 diciembre de 1971 realizaron su primera gran misión en ese archipiélago, considerado como el templo del vulcanismo.

Buscan la ayuda de mecenas enviándoles más de 2,000 cartas e impresionados por su competencia, compromiso y entusiasmo reciben de ellos becas, subvenciones, camiones, autos, equipos científicos, alimentos o simples cartas de aliento.

Por mas de veinte años fueron vistos en todos los congresos de vulcanología. Representan la libertad científica que todo el mundo quisiera tener. Abundan las fotos de ellos en cualquier parte de un volcán haciendo erupción, en la base, en la cima, en el suelo, Katia tomando muestras de gases y Maurice detrás del ocular de la cámara.

Sólo hay unos 1000 vulcanólogos del mundo, y entre ellos había un pequeño grupo de unas 50 personas, incluyendo los Krafft, denominado Grupo de Trabajo de Volcanes  Activos. En una entrevista, uno de ellos dijo “al vernos en peligro, la mayoría de nosotros huiríamos de un volcán en erupción con la mayor rapidez posible, mientras Katia y Maurice, correrían a la misma velocidad, pero a la inversa.”

Su historial es excepcional. Intrépidos y valientes, atraídos irresistiblemente por las erupciones, durante un cuarto de siglo asisten a más de 175 erupciones, viajan por Europa, África, Asia, Oceanía y América estudiando todas las zonas volcánicas del mundo, excepto las de la antigua Unión Soviética, dejando para la posteridad más de 300 mil fotografías, una veintena de libros como Les Volcans, Volcans et tremblements de terre, Volcans et éruptions, Guide del volcans d’Eruope et des Canaries, Les plus Meaux volcans d’Alaska en Artarctique et Hawai, algunos de ellos traducidos a una docena de idiomas, y 300 horas de filmaciones que se usaron en películas como “Volcanes de Europa” y “El mundo de los volcanes más bellos”.

Más de 4 millones de espectadores emocionados asisten a sus conferencias, seducidos por el carisma de Maurice y la tranquila sencillez de Katia, “la pequeña novia de los volcanes.”

Constituyen la mayor biblioteca y filmoteca sobre el vulcanismo en el mundo. Hoy en día, pueden ser considerados como los mas grandes testigos de la ira de la Tierra de la segunda mitad del siglo XX. Si existiera un Salón de la Fama de la vulcanología los más destacados en el serían Maurice y Katia Krafft.

Monte Unzen, un flujo piroclástico de amor

A mediados de mayo de 1991, tras doscientos años de permanecer inactivo, el Monte Unzen, un volcán japonés ubicado en la isla de Kyushu a unos cuarenta kilómetros al este de Nagasaki, entró en erupción. De su domo emergían destructivos flujos de ceniza que barrían su pendiente a velocidades de hasta doscientos kilómetros por hora. En 1792, el Unzen mató más de 15,000 personas, siendo ese el mayor desastre ocurrido en Japón a causa de un volcán.

Como había sucedido por mas de veinte años, después de haber asistido al volcán Monte Pinatubo, los Krafft salieron corriendo rumbo a Japón, y fueron los primeros vulcanólogos en llegar al Unzen. Tiempo después se les unieron otros colegas y periodistas y camarógrafos reportando el evento.

El 2 de junio de 1991, mientras hacia observaciones, un periodista le preguntó a Maurice acerca del peligro de permanecer tan cerca del volcán y él le contestó: “Nunca tengo miedo, porque he visto tantas erupciones en 23 años que aunque mañana muriera, no me importaría”.

Al día siguiente, Maurice, Katia y otros 41 científicos y técnicos mas, entre ellos el vulcanólogo Harry Glicken, fueron obligados por las autoridades japonesas a retirarse del volcán y se dirigieron en sus vehículos a una meseta baja localizada unas dos millas de la cima del Unzen, donde pensaban que podían observar y documentar la erupción de forma segura.

No mucho tiempo después de que el equipo se había instalado en la meseta, un flujo piroclástico mucho más grande que cualquier otro que había ocurrido hasta ese momento, sobrecalentado a 800 grados centígrados, cargado de gases, rocas y ceniza, bajó por la ladera del volcán barriendo todo a su paso y entró en el valle dirigiéndose sobre la meseta baja directamente a la posición donde estaban los Krafft y su equipo. Los intrépidos y enamorados esposos fueron sorprendidos por el flujo piroclástico que no les dejó oportunidad alguna. Todos murieron en el acto.

Envejecidos prematuramente, de 45 y 49 años respectivamente, Maurice y Katia Krafft murieron a las 3:18 pm del lunes 3 de junio de 1991, víctimas del hechizante y letal canto de las sirenas convertido en el ardiente y venenoso aliento de la tierra que emanó desde sus profundas entrañas por la boca del Monte Unzen.

Sus cuerpos totalmente carbonizados fueron encontrados dos días después tirados boca abajo, abrazados y tomados de la mano, fueron depositados en el templo Anyoji, en la ciudad de Shimabara, localizada en la parte noreste de la península de del mismo nombre, en la prefectura de Nagasaki, isla de Kyūshū, Japón.

Desde su desaparición, nadie ha tomado su lugar con tanta habilidad, carisma, valor, humildad, amor y voluntad, en el estudio, la comprensión y la transferencia de conocimiento del vulcanismo,  esos fenómenos terrestres que se encuentran más allá de la comprensión humana.

Años después, el trabajo de los Krafft fue destacado en un video de National Geographic, que contenía un larga cantidad de su filmaciones y fotografías, además de entrevistas con ambos.

Nadie como ellos, que encontraron la muerte en un flujo piroclástico de amor.

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