No siempre estuvo todo podrido en Dinamarca

Ignacio Lagarda Lagarda, Recientes No hay comentarios en No siempre estuvo todo podrido en Dinamarca 53

Los criollos eran prontos para emprender y poco prevenidos en los medios a ejecutar, entregándose con ardor a lo presente y atendiendo poco a lo venidero …”.

Lucas Alamán

 

Se ha dicho hasta el cansancio que la corrupción forma parte de la cultura mexicana y tiene su origen en el mestizaje español-indígena que resultó de la conquista.

Si bien es cierto que los monarcas españoles tenían un poder patrimonial absoluto sobre sus dominios, transferido de igual forma a sus virreyes en las Indias, que convirtió el ejercicio de los puestos públicos en un negocio privado. Es cierto también que el enriquecimiento de los oficiales con sus puestos no estaba mal visto por la Corona que incluso propiciaba la “venta de oficios”.

Empero, también es cierto que en la época novohispana existieron normas e instituciones que regulaban y castigaban la corrupción, tales como El juicio de residencia, una institución jurídica que tenía como objetivo minimizar y evitar posibles abusos y corruptelas en el uso del poder de funcionarios de cierto rango (Virreyes, Presidentes de Audiencia, alcaldes y alguaciles), que consistía en que,  al término del desempeño, éstos  eran juzgados por su actuación en sus funciones de gobierno al someterlos a la revisión de sus actuaciones escuchando todos los cargos que hubiese en su contra. El funcionario no podía abandonar el lugar donde había ejercido el cargo, ni asumir otro hasta que concluyese este procedimiento.

El juicio de residencia era todo un evento público que se pregonaba a los cuatro vientos para que toda la comunidad participase y tuviese conocimiento del mismo. Estaba compuesto por dos fases: una secreta y otra pública. En la fase secreta el juez interrogaba de forma confidencial a un grupo de testigos para que declararan sobre la conducta y actuación de los funcionarios juzgados, examinaba también los documentos de gobierno y visitaba la cárcel. Con toda esta información el magistrado redactaba los posibles cargos contra los residenciados. En la segunda fase, la pública, los vecinos interesados eran libres de presentar todo tipo de querellas y demandas contra los funcionarios y estos debí­an proceder a defenderse de todos los cargos que se hubiesen presentado en ambas fases del proceso. Famosos fueron los juicios de residencia contra Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Pedro de Alvarado y otros muchos más. Los juicios de residencia fueron derogados por las Cortes de Cádiz de 1812.

En el México independiente, Iturbide hizo negocios turbios en sus años de general invicto, Santa Anna tuvo haciendas en México y Colombia, pero ambos fueron despilfarrados, desidiosos, descuidados. El dinero no estaba en su horizonte práctico ni axiológico. Además, de haber querido enriquecerse, el pobre erario se los hubiese impedido.

Los liberales de la Reforma tuvieron todas las cualidades cívicas, éticas y morales, incluida, la honradez, Benito Juárez pedía préstamos personales para sobrevivir y murió en la pobreza,  y no conformes con eso  crearon una Constitución que limitaba los posibles actos de corrupción con tres instituciones: la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados, la Suprema Corte de Justicia y una prensa libre, mismas que años después, en 1885, llamaron a cuentas al ex presidente porfirista Manuel González, quien había hecho negocios ilícitos en la construcción de los ferrocarriles. Don Porfirio, terminó por absolver a su compadre, pero casi le cuesta la consignación del secretario de Hacienda y el tesorero de la Federación.

En ésa época El Presidente, dueño de un dominio político absoluto, podía otorgar mercedes, prebendas, concesiones con la liberalidad de un rey, pero en lo personal tenía que ser, y parecer, honrado. Para que la Cámara, la Corte y la prensa no tuvieran que llamar a cuentas, las cuentas estaban a cargo del ministro de Hacienda, quien ejercería un manejo financiero responsable y auto regulado en el cual cabían ciertos favores y preferencias, pero no la corrupción.  Hay que reconocer que en el porfiriato los niveles medios del aparato judicial funcionaban con eficacia y honestidad, aunque los empresarios privados; los hacendados, “se sirvieron con la cuchara grande” apoyados por el gobierno.

Durante y después de la  Revolución muchos humildes comerciantes y empleados  se hicieron millonarios. El pueblo de la ciudad de México inventó el vocablo “carrancear” (de carrancistas) y “consusuñaslistas” (constitucionalistas) como sinónimo de robar, después de haberlos visto llegar y saquear casas y negocios en la ciudad. Se institucionalizaron los “cañonazos de 50 mil pesos” que disparaba Obregón para corromper a los generales revolucionarios. O bajo el lema “Que la Revolución me haga justicia”, los generales cobraron su participación revolucionaria mediante la incautación de haciendas. O el Banco Nacional de Crédito Agrícola, fundado en 1926, desvirtuó su vocación y arruinó sus finanzas otorgando los famosos e irrecuperables “préstamos de favor” a generales como Escobar, Amaro, Valenzuela y sobre todo Obregón.

Un caso aparte debe considerarse la etapa de Lázaro Cárdenas como presidente quien se mantuvo ajeno a la voracidad de sus correligionarios revolucionarios.

La corrupción moderna en México se inició en la presidencia de Miguel Alemán,  la crearon los licenciados, civiles universitarios preparados de traje y corbata que sustituyeron a los militares en el poder y a quienes el pueblo llamó los “tanprontistas”, porque tan pronto como se sentaron en el poder, comenzaron a servir con “la cuchara grande” a sus negocios privados. No había límites, sólo los débiles partidos de oposición, algunos viejos revolucionarios honrados, unos cuantos escritores independientes, la revista Presente, y el comediante Jesús Martínez “Palillo”, eterno denunciante de los “pulpos chupeteadores del presupuesto nacional”, levantaron su voz de protesta sin ser escuchados.

Los alemanistas crearon un paradigma para justificar su actuar: La riqueza mal habida se quedaba en México, creando nueva riqueza y empleo.

En 1952, Ruiz Cortines ejerció una administración honesta y eficaz que, aunque no castigó penalmente a los corruptos, al menos estableció barreras institucionales contra la corrupción y volvió al precedente porfiriano de la auto regulación.

La corrupción creció en tiempos del viajero López Mateos y tendió a limitarse un poco en los tiempos del austero Díaz Ordaz.

Con Echeverría se inauguró la etapa de los economistas en el poder, los cachorros de los cachorros de la Revolución becados en universidades norteamericanas y perfectamente preparados para servir a la Patria destruyendo su economía, conocidos como los “Chicago Boys”. Con la expansión del sector público en casi dos millones de plazas, cientos de organismos, programas, fideicomisos, la corrupción cambió de escala, ahora solo bastaba un puesto menor en un nivel estatal para servirse impunemente del mesón púbico.

En los tiempos de “la administración de la abundancia petrolera” de López Portillo, las historias de enriquecimiento ilícito se volvieron inconmensurables e indescriptibles. Por eso, el lema de campaña de De la Madrid; “La renovación moral de la sociedad” que lo llevó a ganar la presidencia, solo le sirvió para tomar  la tímida decisión  de volver al ejemplo de Ruiz Cortines, cuando pudo haber instituido el modelo juarista y pudo habernos librado de los vergonzosos extremos de corrupción a que se llegó en tiempos de Carlos Salinas y Vicente Fox.

Quienes proclaman que la corrupción es endémica en México, no saben que hubo mandatarios honestos y eficientes como  Benito Juárez (15 de enero de 1858-18 de julio de 1872), Lázaro Cárdenas del Río (1934-1940) y Adolfo Ruiz Cortines (1952 a 1958).

Adolfo Ruiz Cortines nació el 30 de diciembre de 1890 en Veracruz. Luchó con los constitucionalistas en la Revolución Mexicana. Cuando el asesinato de Venustiano Carranza, don Adolfo puso a salvo el tesoro nacional y lo entregó a Adolfo de la Huerta. Fue colaborador de los presidentes Lázaro Cárdenas, Manuel Ávila Camacho y  Gobernador de Veracruz y secretario de Gobernación con el presidente Miguel Alemán Valdés, de quien fue su sucesor.

Al día siguiente de anunciar su gabinete, el 2 de diciembre de 1952, Ruiz Cortines ordenó publicar la lista completa de sus bienes personales: Una casa en la ciudad de México, un rancho en Veracruz del que era copropietario, un automóvil marca Lincoln modelo 1948, el coche de su esposa, unos ahorros modestos en el banco y su mobiliario. El valor total de sus propiedades ascendía a $34,000 dólares. Ruiz Cortines exigió a los 250 mil funcionarios públicos que hicieran sus declaraciones patrimoniales, mismas que se verificaron al inicio y al término del sexenio en 1958.

Ruiz Cortines implantó mejoras sociales y su política se inclinó por la austeridad. Llevó a cabo además una campaña de moralización para contrarrestar la corrupción del sexenio anterior.

Durante su gobierno se dio un giro progresista y se tomaron medidas para la reforma agraria, expropió latifundios extranjeros en el norte del país y estableció precios de garantía para las cosechas, se fomentó la industria, formó el Programa de Progreso Marítimo, llamado Marcha Mar; y la Comisión Federal de Electricidad otorgó el servicio a más de seiscientas localidades. En 1954 instituyó el aguinaldo para los servidores públicos; y dio plenos derechos ciudadanos a la mujer. Era un modelo de mandatario, honrado, eficiente y trabajador. No favoreció a ninguno de sus amigos ni se hizo multimillonario. Cuando dejó la presidencia vivió austeramente. Se retiró de la política tras la muerte de su hijo en 1962. Falleció en Veracruz el 3 de diciembre de 1973.

Siendo presidente, con motivo del cumpleaños de su esposa María Izaguirre, le regalaron  a ella un lujoso automóvil Cadillac. Don Adolfo reaccionó: “Hace muchos años que mi esposa cumple años y nunca se acordaron de ella hasta ahora que soy presidente. Pueden regresarlo, porque no puedo prometer nada a cambio de este regalo”.

Esta claro que la corrupción no es una condición inherente al mexicano mestizo, era y es universal, y no se combate con slogans y logotipos sino con el ejemplo como forma de actuar: La austeridad en el ejercicio del poder y el presupuesto y con los mismos controles que los liberales introdujeron en la Constitución de 1857: diputados que revisan las cuentas, jueces independientes, una prensa libre, veraz y honrada y con ciudadanos que a través de las redes sociales o del sufragio efectivo otorgan, revisan o revocan su mandato sobre los gobernantes.

Hay que volver al precedente colonial: reinstituir el Juicio de Residencia en la persona de los gobernantes y de los empresarios que se hacen ricos al amparo del poder, porque la corrupción es de dos, el que da y el que recibe.

 

[1] Ingeniero, Maestro en Ingeniería y en Administración Pública. Historiador y escritor aficionado.

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