El modelo de trabajo de monseñor Pedro Villegas

Ignacio Lagarda Lagarda, Recientes No hay comentarios en El modelo de trabajo de monseñor Pedro Villegas 114

¿Para qué sirve una utopía?, Le preguntaron una vez un grupo de estudiantes a Fernando Birri, un cineasta argentino conocido como el padre del Nuevo Cine Latinoamericano.

Luego de unos larguísimos segundos –contestó Birri- la utopía es como el final del arcoíris  está siempre en el horizonte,  Me le acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.

¿Para qué sirve la utopía?

Para eso sirve: para caminar, para avanzar.

Estoy plenamente convencido que las cosas en la vida se hacen solo por dos razones: Por amor o por necesidad, entendido el amor como la pasión por algo. La necesidad no necesita ser explicada, es la pobreza en toda su dimensión. Por eso,  es del seno de la pobreza de donde por lo común salen la ciencia, el ingenio y los talentos

El artista ve lo que otros no ven, y cuando el artista ve lo que nunca nadie jamás ha visto, ha creado una obra de arte.

Pero los que se dedican al arte y Thomas Alva Edison dicen que  “El genio es un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración”.

Desde mi perspectiva, las estrellas fugaces son ese 1 % del que habla Edison, y el 99% son todas las estrellas que conforman  el universo. Las estrellas fugaces aparecen solo un instante en el firmamento y dice la leyenda que hay que pedirles un deseo en el momento en que las vemos. Pero su paso es tan rápido que tendríamos que vivir eternamente con un deseo en los bolsillos preparados para cuando aparezca una de esas estrellas instantáneas.

Sin embargo, las otras estrellas que existen por millones, siempre están ahí frente a nosotros, noche tras noche para que nos sirvan de referencia de lo que hay que hacer día a día para lograr nuestras metas. Venus, el lucero de la mañana, siempre está en el oriente al amanecer y en el poniente al anochecer y nunca falta a su cita día tras día desde hace millones de años. Pero casi nunca volteamos hacia el cielo que Dios nos ofrece.

Una de aquellas tardes extenuantes de confesión, a la que decía lo tenía sometido, le pregunté a monseñor Pedro que cuando había sido aquel  instante cuando sitió o escuchó una  señal o vio pasar una estrella fugaz  con el llamado al servicio de Dios y decidió seguirla.

Se me quedó mirando con aquellos ojos firmes y determinantes que le caracterizaba y me hizo la misma pregunta pero en relación a mi decisión de dedicarme a la escritura.

Le dije que no sabía qué contestarle y el me replicó: yo tampoco.

Creo que a Pedro Villegas la estrella fugaz que se le apareció estaba encarnada en el padre Francisco Navarrete, cuyo carisma lo deslumbró  para siempre y tomó la decisión de seguir su vida. Esa fue su inspiración, es decir su amor, su pasión.

Pero lo que Pedro no sabía era que en Hermosillo lo esperaba otra estrella que representaba a todas las demás estrellas del universo: Juan Navarrete, que representaba la disciplina, el sudor, el trabajo, el esfuerzo. Esa fue su formación, su necesidad de ser.  El 99% de transpiración de la que hablaba Edison.

Hay una frase japonesa que dice: La disciplina, tarde o temprano, vencerá a la inteligencia. De ahí que estoy convencido que no hay seres humanos inteligentes, solo hay seres humanos dispuestos a aprender, pero para eso se requiere la fórmula que está en otra frase: La clave está en insistir, resistir y persistir, pero nunca en desistir.

Del mismo modo, los japoneses están convencidos que cuando fundan una empresa verán sus frutos hasta los 20 años, porque de acuerdo a su filosofía ellos crean empresas, no hacen negocios. Por eso tienen inundado el mercado mundial con sus productos de calidad insuperable.

Hace unos días me reuní con un empresario agrícola de la costa de Hermosillo para plantearme los problemas de su agrupación y creí que me hablaría de los precios de garantía, el agua, las plagas, pero me dijo que sus problemas eran la inseguridad, la descomposición social y la educación de los habitantes de los centros urbanos aledaños a sus campos agrícolas, donde viven sus trabajadores. Es decir, su problema es la calidad de los ciudadanos que son sus empleados. Ese es el gran problema de nuestros tiempos; la formación de ciudadanos y eso se logra a través de la educación, no de la instrucción, sino de la educación, de la formación integran de los ciudadanos.

Por eso cuando se habla de educación o de cultura muchos se preguntan ¿y eso para que nos sirve?, nos sirve para conocernos a nosotros mismos y por lo tanto para conocer a los demás, y al hacerlo seremos mejores seres humanos y como consecuencia mejores ciudadanos, que es lo que la actual civilización del espectáculo, como la llama el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, en la que se toma más en cuenta lo que exprese una estrella del espectáculo o del deporte que la de un pensador humanista, tanto necesita.

De ahí que la adolecente paquistaní, premio nobel de la paz 2014 Malala Yousafzai haya dicho ante la Asamblea General de la ONU.

“Un niño, un profesor, un libro y una pluma pueden cambiar al mundo. La educación es la única solución”.

Mi libro biográfico sobre monseñor Villegas empieza así:

El niño llegó al mundo con un presagio contradictorio en su vida: el 3 de mayo, día de la Santa Cruz, el símbolo del martirio de Jesucristo en el Gólgota, y en 1927, en plena guerra cristera. Cuando nació, la persecución religiosa estaba en todo su apogeo y todas las iglesias de Sonora clausuradas.

Desde entonces Monseñor Pedro vivió bajo el designio de las circunstancias o las casualidades si queremos pensar científicamente. Así conoció a Francisco Navarrete y así fue también cuando aquella madre moribunda le dio en custodia a sus tres hijos para que se los educara.

Durante su estancia en el seminario absorbió hasta la médula la disciplina, el orden, el método y el estilo pragmático de su mentor Juan Navarrete y éste se dio cuenta que Pedro era mucho más facultado para la administración que para ser un párroco de pueblo o colonia por eso lo nombró vicario cooperador y capellán de varias instituciones sociales y le encargó la construcción de una nueva parroquia: el santuario guadalupano. Quería comprobar de qué estaba hecho.

Desde sus años de seminarista, había Pedro escuchado de boca del Obispo y leído las vidas de dos personajes que le llamaron poderosamente la atención: Damián de Molokai y Eusebio Francisco Kino. Del primero había conocido su entrega total a la causa de Jesucristo y del segundo la férrea disciplina en el trabajo de los jesuitas. Esos eran los personajes que inspiraban al joven sacerdote.

El destino de su vida estaba trazado desde la perspectiva de su mentor, pero las circunstancias o diocidencias como suele decirse le tenían una nueva jugada: La formación de seres humanos, unos niños y otros jóvenes.

A partir de entonces Pedro echó mano de lo que más había aprendido de su mentor: La disciplina y el trabajo. Y eso fue lo que hizo cuando fundó el Hogar Estudiantil Kino, convirtiéndolo en una réplica del Seminario donde había estudiado, con la diferencia que éste se manejaba con pleno autogobierno de los estudiantes y lo que él bautizó como “una democracia dirigida”.

Creo que el secreto está en la formación de los jóvenes a través del formato del internado, donde se incluye la disciplina y el trabajo y como bien dice El principito: Todo es una cuestión de disciplina, cuando por la mañana uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta.

Y como decía George Washington: La disciplina hace formidable a un pequeño grupo, le da fuerza a los débiles y sube la autoestima de todos.

El fracaso no existe para el hombre que comprende su poder, que nunca sabe cuándo está derrotado; no existe el fracaso para el esfuerzo tenaz, para la voluntad inconquistable. El fracaso no existe para el hombre que se incorpora cada vez que cae, que rebota como una pelota de goma, que insiste cuando todos los demás abandonan, que avanza cuando el resto da media vuelta

Para terminar, retomando las palabras del recién fallecido escritor uruguayo Eduardo Galeano que nos dice:

¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar?

¿Qué tal si deliramos, por un ratito?

Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible donde:

 El aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones;

 La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor;

 El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o la lavadora;

 La gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar;

 Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;

 Los políticos no creerán que a los pobres les encante comer promesas;

 La muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero;

 El mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;

 La comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos;

 Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;

 La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;

 La policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;

 Serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma;

 Los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar.

Porque estoy convencido que una escuela cuesta menos que una estación de policía, demandemos más profesores, escuelas e internados; que balas y policías.

Retomemos la utopía de Pedro Villegas Ramírez que debería ser la utopía del siglo XXI, para poder avanzar.

Que Dios bendiga eternamente a nuestro querido Padre Pedro Villegas Ramírez.

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