Salón México… la leyenda

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Por Jesús Flores y Escalante

“Su majestad el danzón… Rey majestuoso que no entró de contrabando por La Antigua, ni vino en transatlántico de lujo… Es una expresión del pueblo cubano que luego fuera adoptada como suya por los mexicanos… se convirtió en su baile nacional de salón, al que nombro -junto con sus miles de adeptos- “Su Majestad el Danzón”, rey imbatible frente a todas las corrientes, contrarias a nuestra idionsincracia, que nos invaden”: Pancho Cataneo

ooOoo

En la primera mitad de la década de los veinte (del siglo pasado), desde la esquina de Santa María la Redonda se alcanzaba a escuchar la música del Salón México; música distinta cada vez que había baile. Aunque música la había por todos lados, ya que aquello era parte de la zona bohemia y de tolerancia que comprendía desde Arcos de Belem a Violeta y de 5 de febrero hasta Bucareli o Reforma. Era grande aquello, tan grande que casi abarcaba todo el primer cuadro de la ciudad.

El Salón México se inauguró el día 20 de abril de 1920 en las calles del Pensador Mexicano número 16, antigua de Recabado. Semanas antes, los periodistas capitalinos anunciaron la apertura de lo que con el tiempo sería el mejor salón de la ciudad, y por muchas razones, la catedral del danzón.

Normalmente todo el mundo lo conocía como “el México”, pero para todos los de ahí: bailadores, cantineros, músicos, empleados, padrotes y pirujas del Órgano y Libertad, era más fácil llamarle “El Marro”, ya que cuentan las malas lenguas que al entrar a las salas se dejaba sentir de golpe -como muro- un fuerte olor a sudor. Bueno, eso cuentan quienes lo conocieron y fueron fieles al salón que, desde que abrió sus puertas, siempre se distinguió por atraerse lo más granado entre los bailadores de vals, fox trot, tango, pasodoble, blues y el siempre exquisito danzón. Claro, ritmos de moda siempre interpretados por las mejores orquestas, bandas, conjuntos y danzoneras, entre las que se encontraban: Prieto y Dimas, Consejo Valiente Roberto “Acerina”, el yucateco Juan Concha, Juan S. Garrido, Leopoldo Olivares, “El Güero” Llamas, Juan Fernández “El Elefante” y Evaristo Tafoya, quienes amenizaban aquellos bailes de época o antología.

Sin embargo, lo efectivo, lo mejor de “El Marro” fue siempre aglutinar a casi todas las clases sociales del Defe, donde lo mismo acudían verduleros y comerciantes de Jamaica y La Merced, que carteristas y raterillos ocasionales que bailaban “espalda con espalda” con chachareros y detalladores de Tepito y La Lagunilla. Naturalmente, al “Marro” nunca faltaron los curiosos, hombres y mujeres, que solo por “chulada” iban a echarse una canita al aire para luego tener qué contarle a sus nietos; personajes inéditos y anónimos de aquella gran ciudad que los lunes, jueves, sábados y domingos, hacían resaltar sus “tacuches” domingueros al pararse al lado de los “nais”, extranjeros o intelectuales que de vez en cuando se dejaban caer por “El Marro” para experimentar en carne propia cómo se divertía “la chusma”, y además saturarse de los efluvios, las imágenes y olores, donde la vaselina y el perfume Mirurgia se confundían con los Chaneles y lavandas europeas de los mirones.

Los políticos y los artistas también se dejaban caer por “El Marro”. Los primeros para certificar el “pan y circo” de sus agremiados, y los segundos por pura puntada, o bien para ver las pinturas que sobre el baile folclórico disque había pintado, en el México, Diego Rivera. De María Félix, Lola Olmedo, Villaurrutia, Caso, Salvador Novo, “El Chango” García Cabral, mucho se dice, ya que fueron vistos por el lugar en incontables ocasiones, de donde luego partían para visitar a “santita de las veladoras con piquete” en el callejón de Izazaga y Chimalpopoca, para más tarde rematar en “los caldos de Indianilla” de la colonia Doctores, “para curar la herida que el licor dejó”.

Marga López, el “Indio” Fernández, Miguel Inclán y Rodolfo Acosta “a chaleco” aprendieron a bailar y a moverse entre las danzoneras paredes del México, ya que precisamente ahí se filmó la cinta “Salón México”, de la que a mí, por cierto, se me ocurre una buena pregunta: ¿Por qué en lugar de haber sido el Son Clave y Oro, el conjunto que interpretó el danzón de danzones “Nereidas”, de Amador Pérez “Dimas”, no lo hizo más real y espectacularmente la danzonera de Prieto y Dimas, Acerina, o la tropical del Salón México, dirigida por Juan Fernández “El Elefante”? Aquí pasó lo mismo que con la suite Salón México de Aarón Copland, que muchos creen estuvo inspirada en la música y las vivencias del célebre salón de baile, cuando en realidad es que fue hecha pensando algunas canciones y temas de carácter folclórico. Obras sinfónicas viérades, Sancho.

Mucho se ha hablado de un letrero que en forma intempestiva un día apareció en la sala popular (la de cebo) del Marro, que decía lo siguiente: “no tirar colillas porque se queman los pies las damas”. Los estirados, los empresarios y los medio quisquillosos niegan rotundamente su existencia, sin embargo, muchos bailadores viejos afirman sobre su presencia natural y lógica, ya que si en México durante los años cincuenta había mucha gente carente de calzado, imagínesela por los años veinte o treinta; además la aseveración está avalada por un artículo publicado por la “Compañía Mexicana de Espectáculos” propietaria del México en el año de 1937, y que dice ingenuamente lo siguiente: “En el Salón México siempre han existido tres salones para bailar y, aunque el buen aspecto y comodidad de dichos salones no difiere gran cosa uno de otro, el público que baila en ellos, sí es distinto. Todos pagan un mismo precio de entrada y todos entran por un mismo lugar, sin embargo solos se separan, y cada cual se instala en su salón favorito. Jamás la empresa ha ejercido presión alguna para que tal o cual persona baile en un salón u otro, no somos imposicionistas y en consecuencia respetamos los deseos y preferencias de cada quien. Quizá por esta democracia sea por lo que cada salón tenga su púbico, y si es así, hay que reconocer el civismo de estas gentes sencillas, y su respetuoso modo de ser al juzgarse a sí mismos”.

Hágame usted favor, muy retórica la nota pero con una enorme cola de segregación social que los nombres dados a los tres salones investigados por nosotros nos certifican: Uno era “el de cebo” (para absolutamente puros proletarios y gente sin zapatos, de donde se provocó el tan cacareado letrero); el segundo conocido como “el de manteca” (para los comerciantes y gentes de medio pelo que se podían fletar, aunque fuera prestada, una chamarra o “trabuco segundón”); y el tercero “el de mantequilla” (al que entraban los gringos, gabachos y otras clasificaciones nacionales y extranjeras, junto con políticos, ricos, intelectuales y “ricos pobres” empleados de quinta de la Secretaría de Fomento o Educación Pública que, por el hecho de portar la consabida corbata o una camisa floreada con palmeras, podían a sus anchas disfrutar del ridículo, o bien de las expertas rutinas de los bailadores y bailadoras de los tres salones del México.

Y el susodicho letrero sí existió. Habiendo uno más que decía lo siguiente: “favor de no limpiarse las manos (de vaselina) en la cortina”. Cuentan los bailadores de antaño que, en efecto, todo el mundo se limpiaba las manos en la cortina de la entrada.

Muchos fueron los atractivos que el Salón México tuvo para los habitantes de la ciudad de México; primero el espectáculo de los espejos cóncavos y convexos (para verse gordo, chaparro, flaco, enano o largo) que se encontraban a la entrada, además de sus tres salones decorados originalmente al estilo art-decó y posteriormente cuando su remodelación en 1936, en un estilo colonial californiano muy lujoso y espectacular; después, las famosas posadas que cada año se representaban con un burro auténtico, una Virgen y un San José de carne y hueso, pastorela de barrio que terminó cuando un “compa”, de aquellos que por pura puntada en un momento hacen un “rosario de Amozoc”, se alcanzó la “charada” de meterle al equino un piquete, quién sabe con qué cosa, provocando que lanzara sendas coces y patadas que alcanzaron a más de uno para terminar en la Cruz Roja.

Otro de los atractivos del Marro para los legos en asuntos de baile y barrios bravos, fue el ver a los grandes del baile como Ventura Miranda, “El Calcetín”, “El Muerto” (Jesús Palacios, quien todavía vivito y coleando se chancletea sus buenos danzones) reventarse un buen danzonazo cerrado, clásico o ligeramente floreado, a ritmo de “Teléfono a Larga Distancia”, “La Negra” o “Mérida Carnaval”, marcando escolásticamente su entrada, el descanso y el término del danzón.

A todas luces el Salón México fue toda una época, una realidad proletaria y un hecho significativo para la vida urbana de la ciudad capital, hecho que fue cortado de tajo por disposición del “regente de hierro” Ernesto P. Uruchurtu a finales de 1960. Finalmente los murales sobre la danza folclórica mexicana tentativamente pintados por Diego Rivera desaparecieron, no así los espejos que actualmente se encuentran en la parte baja del Castillo de Chapultepec.

Los bailarines por ahí andan todavía, contándonos los recuerdos sabrosones y llenos de historia urbana de una época que peligra históricamente en manos de distorsionadores fantasiosos y “exquisitos” que, de alguna manera -desde su punto de vista- pretenden recrear la vida alegre y noctámbula de nuestro “mexicalpán de los nopales”.

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2 Comments

  1. Fabian Jimenez 28/03/2018 at 11:25 am

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  2. Maria Hortensia Murillo 03/08/2019 at 10:45 am

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