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Por Macario Schettino

El martes 16 de julio, en la mañanera de ese día, se anunció el plan de negocios de Pemex. Incluyo la fecha, para que usted la guarde, porque será tan importante como el 29 de octubre de 2018, que fue cuando López Obrador anunció la cancelación de la construcción del aeropuerto (NAIM). Estas dos fechas serán recordadas en el futuro como los momentos en los que el nuevo gobierno decidió destruir la economía nacional. La de octubre, para dejar claro quién mandaba; la de julio, nada más por ignorantes.

Al momento de escribir estas líneas, el dichoso plan no aparece, pero en un boletín oficial de Pemex, que recibí a las 13:25, se referían a la presentación en la mañanera como el “plan de negocios de Pemex”. Existe la posibilidad de que el documento sea diferente de lo que dijeron por la mañana, pero es la información con que cuento ahora.

El plan consiste en reducir el pago que Pemex hace al gobierno por extraer el petróleo de los mexicanos, más la construcción de la refinería de Dos Bocas. Además de eso, incluye diversas ilusiones puestas en gráficas, con lo que parecen posibilidades. Pero no lo son.

Lo que es un hecho es que el gobierno mexicano tendrá menores ingresos por producción de petróleo. Pemex podrá quedarse con ese dinero, y recibirá además apoyo para invertir en exploración de petróleo. Como usted sabe, se trata de una inversión con riesgo. Uno busca, pero no siempre encuentra. El riesgo lo absorbe el gobierno mexicano. Sin embargo, se continúa con la construcción de la refinería, que es un proyecto que todos los que saben han criticado. No importa, la van a hacer, o al menos lo van a intentar.

Lo que eso significa es que Pemex va a tener un poco más de dinero, pero esencialmente lo va a tirar en Dos Bocas. La probabilidad de que incremente de forma relevante su producción no es alta. Su capacidad de pago se reduce, y eso significa que Moody’s, probablemente, coloque los bonos de Pemex en calidad de basura, como ya lo ha hecho Fitch.

Por otro lado, se debilitan las finanzas públicas, porque el dinero que el gobierno dejará de recibir de Pemex no saldrá de ningún otro lado. Aunque eso no significa que México vaya a dejar de pagar, la obligación de las calificadoras es avisar que esa capacidad de pago está en duda. Es seguro que muy pronto tengamos una reducción en la calificación del soberano (así se dice). Lo más probable es que nos muevan un escalón y quedemos arribita de la basura.

En estos momentos, la gran tasa de interés que se paga en México es lo que impide que miles de millones de dólares se vayan. La diferencia entre la tasa de México y la de Estados Unidos es de 6 puntos al año. Y, con el grado de inversión, el riesgo es prácticamente cero. Por eso están aquí. Con una calificación al borde de abandonar el grado de inversión, y la evidencia empírica de la incapacidad obcecada del actual gobierno, es muy probable que parte del dinero empiece a irse. Ahí terminará ese peso fuerte que celebra López Obrador.

Una economía debilitada por la pérdida de confianza, un gobierno que ha perdido capacidad de operación por una austeridad absurda, tienen que cargar con una empresa petrolera que jamás fue muy buena, pero que ahora está quebrada. Sin los milagros de Cantarell o Ku-Maloob-Zaap, no llegamos ni a un millón de barriles diarios. Si el plan confirma lo presentado en la mañanera, ¡Rataplán! Directo al tercer mundo de regreso.

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